POR MANUEL GARCÍA CIENFUEGOS, CRONISTA OFICIAL DE MONTIJO Y LOBÓN (BADAJOZ)
La timidez de la luz invernal se posa sobre los flameros y esgrafiados exteriores del convento de San Francisco. La blanca belleza de la nieve ha cubierto la ciudad. La lluvia bautiza el empedrado de la Ronda de las Almenas, Altamirano, Plaza de los Moritos, calleja de los Mártires, del Castillo, de la Academia, plazuela de las Jerónimas, San Pedro, Santa Clara, Sofraga, San Miguel, Parra, ruinas de Santo Domingo y la Plaza Mayor. Las gárgolas lloran mirando al suelo.
El invierno es una tarta de frío donde la memoria se hace pulso, corazón, amor y familia. Porque la memoria así lo dicta. Se alegran las puertas: Triunfo, Coria, San Juan, Vera Cruz, San Andrés y Santiago, abriéndose a la hospitalidad del paisanaje. La calle Tiendas muestra su actividad comercial. El testimonio impreso habla de un pasado gremial trujillano: Carnicerías, Romanos, Herreros. Olleros, Sillería, Tintoreros, Zurradores, Cambrones, Ballesteros, Cabreros y Canteros. Las decisiones desacertadas silenciaron el nombre del Horno de los Corrales, que ahora rescato.
Estoy en la Plaza Mayor. No hay visitante que se resista en sacar imágenes de tan extenso, monumental y populoso espacio. Arquitectura civil y religiosa. Casas del Concejo, palacio de Chaves Cárdenas, casa del Peso Real, de la Cadena, iglesia de San Martín. Palacios del Marqués de la Conquista, Duque de San Carlos y Marquesado de Piedras Albas, con gracejo florentino en su logia. Palacios y casas capaces, amplias, sólidas y robustas. Camino por los portales, que dan cobijo columnas de diversos órdenes. Portal del paño, del pan, verdura y lienzo.
En la plaza, nuestro fotógrafo colorea las emociones. Plaza tostada por el sol, en esta tierra que dice ser extrema en sus extremos. Desde el alma, dura y tierna, sosegada las más veces, inquieta menos, siempre tenaz en su ser. La historia, aquí, no ha perdido impulso, se expande en conquistas, acontecimientos, reivindicaciones, festejos, y celebraciones. Punto de encuentro y admiración desde su hermosura. Testigo de cortejos y emociones. Francisco Pizarro todo lo conoce, por eso calla.
Deseo observar su fachada norte, porque entre dos torres del castillo, vigila el lucero del alba y de nuestra esperanza, la Virgen de la Victoria. Que así efigia el escudo de la ciudad en la que tantas grandezas y bellezas quedan.