FABADA ASTURIANA ¡EN CONSERVA! DEDICADO A JOSÉ ANTONIO FIDALGO
Dic 06 2025

POR MIGUEL ANGEL FUENTE CALLEJA, CRONISTA OFICIAL DER NOREÑA (ASTURIAS)

Dedicado a nuestro compañero el profesor y cronista oficial de Colunga, José Antonio Fidalgo Sánchez, asiduo colaborador en  estas páginas de la Web de RAECO,  fallecido el pasado día 1 de diciembre en Gijón a los 86 años de edad. DEP

Tuvo que haber sido un gran invento en su día, sencillamente porque lo sigue siendo hoy, acierto para nostálgicos y apaño para los que disponen de poca mano y menos tiempo a la hora de preparar una comida, y donde su única habilidad culinaria, no exenta de cierta torpeza manual, es darle al viejo explorador girando sobre la hermética  hojalata.  Y si es cierto que la fabada ya cumplió su primer siglo, esta elaboración que hoy comentamos, no tardará mucho tiempo en celebrarlo.

Surgió la iniciativa de cocinar fabes para enlatar, de la entrañable familia Campanal de la villa de Avilés, y aunque no tengamos datos ni fechas al respecto, si disponemos de copia del cuidado reclamo publicitario, que la empresa utilizó a través de su representante  en Cuba hacia el año 1920, llamándonos la atención, que al igual que indicaba la popular copla del ovetense mercado del Fontán, donde decían que por tres cuartos te dan, fabes, tocín y morcilla, en los inicios de esta fabada en conserva, se elaboraba igualmente sin chorizo, lo cual debía de ser lo habitual, pues asegura el texto publicitario, que llevan todo el acompañamiento que exige el típico plato regional de Asturias; pero,  lo que la hace más interesante y práctica, es la distancia de su origen y confección… 

 Así lo apreciamos en el anuncio-jeroglífico que ilustra este comentario, que bajo la marca La Conservera Asturiana, indica claramente y en el interior de la figura del perfil de un cerdo, que esta “conserva popular” contiene fabes, tocín y morciella de fama, rematando el dibujo la popular frase vaticanista: “Urbi  et orbi”, que debe de significar más o menos “para todos y para todo el mundo” – y de lo contrario, que me disculpe mi querido profesor Don Tomás de la Ascensión Recio- que en paz esté, lo cual querría decir, digo yo, que rozaba ya un sabor celestial destinado a llenar de satisfacción, todas las colonias que la emigración asturiana se formó por tierras ultramarinas, pues fue una de las formas sagradas de mantener intacto el espíritu culinario del pueblín, de cuantos se vieron en la necesidad de abandonar el Principado, en aquellos tiempos donde eran escasos los productos que se embarcaban  desde nuestra tierra norteña, a excepción claro está, de la sidra champanada, por lo cual, es de suponer, que estos dos productos resolvían aunque mínimamente y a la espera de tiempos mejores –aunque a algunos no les  hayan llegado nunca-  la morriña gastronómica en el día de la fiesta del pueblo, y tanto debían consumir como solucionar, ya que hubo varias marcas que desde el nuevo continente, especialmente en México, se decidieron a elaborar igualmente “fabadas a la asturiana”, que a su vez eran un sucedáneo de voluntades, que desentonaban claramente con los resultados, en los  cuales, cualquier parecido con la realidad, era siempre pura coincidencia, pues los ingredientes se apartaban de los que habitualmente utilizamos en esta otra orilla atlántica, y en cambio, si contaba con añadidos cuyo resultado positivo ponemos en duda, pero ¡que concho! La necesidad era la necesidad.

Sin buscar recetas en otros países, aquí mismo, en España, los prolíficos manuales de cocina,  incluyen variedades en tan antigua fórmula, tales como perejil, laurel, cecina, cebollas, orejas, rabos y ajos, por lo cual un servidor, a la hora de valorar cualquier recetario, lo primero que me sirve de orientación, es leer los ingredientes del correspondiente a la fabada, y a partir de ahí, valoro la credibilidad del contenido restante, ya que es fácil encontrar muchas sorpresas sin ir a libros editados en México o en Venezuela, por citar solamente unos ejemplos, o aquel otro que comentó en su mejor estilo Juan Cueto Alas y que le había sucedido al ilustre polígrafo y estudioso del tema, el ya desaparecido Juan Santana, a quien le habían ofrecido una fabada elaborada con  judiones de La Granja segoviana, compangada con  chorizos de Cantimpalo y morcilla de arroz burgalesa, receta similar que se encuentra en comercios asturianos enfocados al turismo, donde ofrecen paños de cocina y platos indecorosos con textos de tan sabrosa receta, pero con embutidos de otras latitudes. O se es, o no se es, que la fabada es muy purista y no se le permiten innovaciones geográficas, ni folclóricas de las que tanto abundan.

A lo que íbamos: Un amante de la fabada enlatada o en conserva, como uds.  prefieran denominarla, lo teníamos en el desaparecido escritor Manuel Vázquez Montalbán, a quien trasladamos personalmente en Oviedo nuestra particular satisfacción,  al conocer su devoción por les fabes en lata,  devoción repito, afición u obligación, pero con apego demostrado que otros muchos ocultan, tambien por afición o por perentoria necesidad, tal y como sucesivamente le ocurría  al detective Carvalho -que también la adulteró con su particular receta- , que un día del incipiente otoño de 2003, hizo mutis por el foro yéndose del mundo terrenal y para siempre, desde un aeropuerto lejano, cuando regresaba de sus labores por las antípodas de la fabada. ¿Sería la nostalgia?  Porque esto le ocurre tambien a cualquier asturiano, que en cuanto nos apartan dos días del terruño, ya notamos que nos  falta algo, y siempre lo resolvemos con las fabes que dicen los foráneos, que en nuestra tierra decimos les fabes, sin más motivo que por “apoyar la consonante” que diría Camilo José Cela al respecto.

Nosotros que no hacemos ascos a las culturas gastronómicas allí donde se desarrollan con cierta fiabilidad, antes de comer estas fabadas falsificadas que diría el escritor Paco Ignacio Taibo I, nos inclinamos por la popular y pionera que citamos en este artículo: “Si me das la lata, dámela de Campanal”  tal como decían con sorna y retranca asturiana en las tertulias gijonesas de aquellos, dicen, felices años veinte, en homenaje y gratitud hacia una marca que debería haber sido considerada como de Interés Gastronómico Internacional, y que de no existir tal titulo, habría que haberlo inventado, creación gastronómica que mereció aplausos en la OTAN, públicos reconocimientos en Ginebra, gratitudes antes y después de Fidel, agradecidos carraspeos y sonoros y dudosos ruidos por la Gran Bretaña, menú dominical en los marines de la VI Flota, además de estar considerada  como el plato más pacifista, y reconocido como embajador permanente de la “Asturias que guapina yes…  y lo bien que sabes”. El periódico

FUENTE: Miguel A. Fuente Calleja

 

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