POR JOSE LUIS ARAGON PANES, CRONISTA OFICIAL DE CHICLANA DE LA FRONTERA (CÁDIZ)
«Lluvia de febrero llena cuba, tinaja y granero», dice un refrán castellano. Las lluvias caídas en la madrugada del 7 de febrero de 1963, tal día como hoy –se registraron doscientos cincuenta litros por metro cuadrado– llenaron el cauce del Iro y lo desbordó. Solo en dos horas dejó todas las calles del centro inundadas, según informaba el «Diario de Cádiz», en su edición a primera hora de la mañana: «El caudal bajaba a 29 nudos de velocidad arrastrando gran cantidad de materiales.
Ciento cincuenta familias tuvieron que ser evacuadas ya que las aguas alcanzaron más de un metro en algunas calles», así como más de cien hectáreas de tierra de labor o sembradura.
Los daños fueron cuantiosos. Las aguas arrastraron enseres y mobiliarios, y algunas viviendas sufrieron daños en su estructura. El periódico «El Adelantado» en un despacho de la agencia «Cifra», señalaba: «Han quedado sin hogar muchas familias, agudizando la escasez de viviendas que se sentía en Chiclana. Las autoridades de Chiclana, cuyo vecindario está constantemente expuesto al azote de las riadas, se proponen gestionar de la Superioridad la adopción de las medidas oportunas para alejar definitivamente de la población el riesgo de las riadas».
Más bien poco se hizo. Antes, en diciembre de 1962, Chiclana se había visto afectada por otra inundación, y casi dos años después volvió a repetirse, pero con mayor intensidad: la gran riada de octubre de 1965.
