POR GOVERT WESTERVELD, CRONISTA OFICIAL DE BLANCA (MURCIA).

Acerca de esto, lo que parece necesario advertir es que los testigos que hablan en contra de esta gente suelen hacerlo de manera muy general, juzgándolos únicamente por la presunción de su nacionalidad, y ni siquiera aquellos que tienen mucha información se atreven a condenarlos. Si algunos hablan con más detalle, es por sospechas y con una pasión conocida y probada. Aun considerando lo que dicen, no he podido averiguar nada que los condene de manera manifiesta, porque juzgarlos por su nacionalidad común, sin pruebas de infidelidad, no parece justo en personas de las que hay tantos fundamentos para diferenciarlos de los granadinos y valencianos. Este es, de hecho, el consenso general de quienes hablan de ellos. Al diferenciarlos, se mostrará la justificación con la que Su Majestad actúa en todo, especialmente después de haberse querido informar al respecto para tomar una decisión con seguridad de conciencia. No obstante, la nulidad y conformidad que mantienen entre sí es la misma con la que han sido denunciados y castigados otros culpables de su nacionalidad, incluso estos mismos, en los primeros 70 años después de su conversión. En cuanto a las confesiones, de entre los tantos confesores que he examinado, que son hasta 50, solo dos expresan alguna duda y sospecha sobre un solo lugar, y de este modo no comprenden a todos ni se atreven a condenarlos. Los demás dicen que, si tienen pecados mortales, los confiesan de manera completa y sencilla.
El hecho de que algunos hablen arábigo o tengan un acento particular, se nieguen a comer tocino, o tengan una forma particular de llorar, muchos lo excusan diciendo que son muy pocos los que presentan estas características, y solo los más viejos que aún no han logrado desprenderse de las costumbres bárbaras de sus antepasados. Sin embargo, algunos argumentan que esto es general en todos los lugares donde hay diferencias de estatus y calidades, como entre hidalgos y labradores, quienes los tratan de manera áspera e imperiosa. Además, ha surgido una mayor sospecha de que ayudan a su expulsión, lo que parece indicar que este punto necesita alguna reforma. En cuanto a la negativa a casarse, algunos justifican que, en general, no se atreven a pedirlo por las malas y humillantes respuestas que reciben, y que solo la gente pobre y desvalida desea casarse con ellos. Sin embargo, también me parece que ha habido mucho desvío en los lugares del tercer género. En lo que respecta al maltrato por parte de los curas, encontré que esos cuatro casos podrían suceder en cualquier lugar de cristianos viejos. Los testigos que hablan a su favor no lo hacen por sospechas ni de manera general, como quienes hablan en contra, sino con certeza, testificando sobre su buen modo de vivir, su virtud y su cristianismo, a través de todos los actos positivos que suelen tener ordinariamente los cristianos viejos, sin diferenciarse de ellos en nada. Es cierto que muchos hablan con piedad y algunos con más énfasis del que la precisión de la verdad requiere, considerándolos mejores que los cristianos viejos. En mi opinión, hay suficiente testimonio para considerarlos aprobados como buenos cristianos y fieles vasallos de Su Majestad.
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