POR PEPE MONTESERÍN CORRALES, CRONISTA OFICIAL DE PRAVIA (ASTURIAS).
Estoy de Rodríguez y hoy, domingo, cociné garbanzos con bacalao: freí ajos cortados a cuchilla, como hacía Paulie Cicero (Paul Sorvino), en “Uno de los nuestros”; ajo morado Huerta de Carabaña, de Madrid; añadí un sofrito de tomate Cidacos, de Autol, La Rioja; migas de bacalao capturado entero en fondos de Islandia, de Feroe o de Noruega; desmigado por Mercadona; cocí dos huevos, ignoro procedencia, supongo que de gallina, y añadí los garbanzos cocidos, Grao de Bico; se refiere a su forma característica, en portugués, redondeado y con pico, el bico.
Lo comí de la pota, porque estoy solo y me gusta la comida hirviendo. Lo acompañé con un aperitivo de chorizo picante y salchichón de Ezequiel, con chapata de Zumaya, Guipúzcoa, y vino de Rosal, que me regala un amigo de Pontevedra.
Comer a solas suele asociarse al aislamiento, la falta de vínculos o la tristeza, y genera compasión. Pero hace un tiempo que comer solo no es para mí sinónimo de desamparo sino una oportunidad de desconexión y de ejercer el vicio a mis anchas, bien caliente.
La foto no hace justicia a lo bien que lo paso a solas.
