LA GESTA DE LAS HEROÍNAS DE SÁLVORA Y CEBREIRO, ALMIRANTE DE LOS POBRES, EN EL TITANIC GALLEGO
Feb 09 2026

POR  XOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ PAZOS, CRONISTA OFICIAL DE RIBEIRA (A CORUÑA)

                                               

Este año, Salvamento Marítimo bautizaba con el nombre «Heroínas de Sálvora» el primer buque del mundo diseñado para operar con drones. Ha sido un homenaje, cual monumento flotante, al valor de tres jóvenes gallegas protagonistas una historia de tragedia, pero imbuida de épica.

Sucedía en la llamada Costa de la Muerte un nombre no metafórico, sino testimonial, porque durante siglos sembró Galicia de naufragios que, como cicatrices abiertas, recordaban la fragilidad humana frente a la inmensidad del Atlántico.

Allí se hundieron galeones cargados de plata en el siglo XVII, devorados por los mismos bajos que siglos después reclamarían al Serpent en 1890, dejando casi dos centenares de muertos en la playa de Camariñas. Más al sur, desapareció el HMS Captain en 1870 con medio millar de cadáveres. También en otras zonas de Galicia hubo trágicos accidentes como la lancha de Mugardos que chocó con un destructor en plena ría matando a mujeres humildes que llevaban el almuerzo a sus maridos obreros del astillero. Y ya en tiempos recientes, el infausto recuerdo del Casón y el Prestige que tiñeron de negro el mar gallego.

El vapor Santa Isabel, lujo y potencia
El vapor correo Santa Isabel, orgullo de la Compañía Transatlántica Española, había sido construido en los astilleros de Cádiz. Era robusto y moderno: ochenta y nueve metros de eslora, doce de manga, casi dos mil quinientas toneladas de desplazamiento, cuatro hélices alimentadas por dos calderas de vapor, y capacidad para cuatrocientos sesenta pasajeros y ochenta y cuatro tripulantes. Su interior de gran lujo, albergaba grandes salones. El capitán gijonés Esteban García Muñiz, de 33 años ya había hecho seis travesías con él. A sus órdenes, como segundo oficial, de 27 años y 130 kg de peso, estaba otro de los protagonistas de esta historia, el ferrolano Luis Cebreiro.

El hundimiento del Titanic, había influido en el diseño del vapor e incluía ocho botes salvavidas y más de cuatrocientos chalecos. Se dirigía a Vigo para recoger sobre todo a emigrantes que buscaban un porvenir en el Nuevo Mundo. Desde allí irían a Cádiz y enlazarían con el trasatlántico Reina Victoria Eugenia, que zarparía el 7 de enero rumbo a Buenos Aires. La nave había salido del puerto de Pasajes y, tras recoger pasajeros en Bilbao y Santander, la siguiente parada fue La Coruña, donde subieron más viajeros. El investigador Fernández Pazos, principal fuente de estas líneas averiguó que algunos con billete desde La Coruña, prefirieron ir despedirse del Apóstol Santiago y embarcar en Villagarcía, en la que hubiera sido su última escala del buque. Esa decisión marcaría sus destinos.

El temporal y el impacto
Y comenzando el 2 de enero de 1921, el buque enfilaba la ría de Arosa, la más extensa de Galicia surcada por corrientes, remolinos y bajos desafiantes. Frente a su entrada se alza la isla de Sálvora, perteneciente al ayuntamiento de Ribeira, habitada por sesenta personas que vivían del mar, de una tierra poco productiva y de la solidaridad entre vecinos. Contaba con un faro modesto, y esperaban en breve la construcción de uno moderno, de mayor altura, que aumentaría la seguridad de entrada y salida de buques.

Sálvora estaba rodeada de varios islotes con escollos de hermosísimos nombres- entre ellos A Filla de Pegar. Allí a la 01:30 de la madrugada la tormenta envolvió la nave y desapareció la visibilidad. El viento rugía, el mar golpeaba el casco con violencia y llegó el impacto contra los bajos de Meixide, a escasos 200 metros de las Isla de Sálvora. Se abrieron tres hendiduras por la banda de estribor, por las que el agua empezó a adueñarse del barco. Se inutilizó la dinamo y quedaron a oscuras y apenas pudieron emitir un SOS pidiendo auxilio, pero no pudieron dar la posición de la nave. Con el paso de las horas, al ver que se hundía la proa del buque, Cebreiro, con mano firme, decidía que los viajeros y tripulación se refugiaran en la popa. El capitán se hizo amarrar al puente para que las olas no lo arrastrasen y desde allí comenzó a dar órdenes y a pedir calma. Llevaba 268 personas a bordo. La mayor parte de los de tercera clase morirían atrapados por la oscuridad y el agua helada. De los ocho botes salvavidas, solo tres pudieron arriarse y los dos primeros fueron empujados contra las rocas muriendo todos sus pasajeros, incluyendo al primer oficial y el médico del barco..

Una despoblada Sálvora, se vuelca
En la isla, en cuanto se escuchó el estruendo, el farero corrió a la aldea. Solo había veinticinco vecinos, porque el resto celebraba el Año Nuevo en localidades cercanas. En Sálvora no había médicos, ni autoridades, ni medios de salvamento. Pero había dornas, esas pequeñas naves milenarias de origen vikingo y tres se hicieron al mar. Una se dirigió a Ribeira para dar aviso. Otra, tripulada por tres hombres, se lanzó al rescate. Y la tercera, pese a las advertencias la tomaron tres mujeres: Cipriana Oujo Maneiro, de veinticuatro años; Josefa Parada, de dieciséis; y María Fernández Oujo, de catorce. No eran ni marineras profesionales, ni mujeres curtidas por la pesca, pero eran fuertes y aguerridas mulleres do mar como las pintadas por el artista Abelardo Miguel.

Las jóvenes se echaron al mar y bogaron en plena noche, con un mar que amenazaba con tragar las frágiles dornas. Avanzaban casi a ciegas, guiadas por los gritos que llegaban desde la oscuridad y así pudieron llegar a las cercanías de la nave y comenzaron a recoger a náufragos que, al borde de la hipotermia, se aferraban a la embarcación y subían a bordo. Se cuenta que en situación crítica tuvieron que ser firmes y golpear con los remos a algunos que con la desesperación no atendían a razones e intentaban volcar la barca con violencia.

Realizaron varios viajes. Volvieron una y otra vez, sin pensar en sí mismas, sin medir el riesgo. Otra joven, Cipriana Crujeiras, se quedó en la orilla para atender a los ateridos supervivientes con mantas, comida caliente y ropa seca. Entre las cuatro salvaron al menos a veinte. Y la Benemérita, ya alertada, haciendo honor a su nombre, pronto organizó el operativo de salvamento.

En el momento en que en la costa se tuvo noticia del siniestro, varios pesqueros se dirigieron hacia el vapor. Lucharon horas para no ser arrastrados por el temporal, aguardando con desesperación la llegada del amanecer. El barco O Rosiña, de Ribeira, comenzó a transportar los primeros cadáveres que el mar devolvía y sus vecinos acogían en sus casas, sin preguntar nombres ni procedencias, a los 53 supervivientes.

Cuatro ángeles femeninos, Cebreiro y otros protagonistas
Pero en esta historia no solo hubo cuatro ángeles femeninos. Hombres de Sálvora también salieron al rescate y también a bordo se encontraban hombres que hicieron historia. Cuando la sala de máquinas estuvo a punto de estallar, el primer maquinista, Miguel Calvente, y el fogonero coruñés Manuel Flores, abrieron las válvulas de seguridad en el último instante, evitando la explosión. Sabían que con ello podían pagar con su vida, pero no dudaron.

Y la fuerza física y moral de Luis Cebreiro, conocido como «Tonelada» por su corpulencia y fuerza. Convencido de que, con aquella mar y oscuridad, el único bote que quedaba se estrellaría fatalmente contra las rocas, impidió que saliera hasta que hubiera algo de luz. Pero al desprenderlo del pescante, una ola colosal lo arrancó de los cabos. Cebreiro y tres marineros se arrojaron al agua y pudieron recuperarlo. Pero él rehusó embarcar: su peso podía hundir la embarcación ya sobrecargada. Era la lógica de los héroes: salvar a los demás, aunque uno quedase atrás.

Los tres sacerdotes del barco también se negaron a subir a los botes salvavidas para dejar su sitio a otros. El padre Antonio Pescador, mientras la nave se hundía, trepó por el palo trinquete sin dejar de rezar. Trató de llevar la paz a los pasajeros y, junto a los otros dos religiosos, que no lograrían salvarse, impartían la absolución a todo el que se lo pedía.

El bravo Cebreiro tras más de dos horas nadando pudo alcanzar la orilla y el joven capitán, García Muñiz, sería el último en abandonar el barco. Sobrevivió aferrado al mástil acompañado por un grumete y un pasajero de tercera clase. Cuando estaba a punto de fallecer, fue rescatado por un barco de Ribeira, con una pleuroneumonía, pero sobrevivió.

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Reconocimientos y Cebreiro, el Almirante del mar
Cuando todo pasó y se supo lo ocurrido, las cuatro mujeres fueron recibidas con júbilo en Vigo. La prensa las bautizó como «Las Heroínas de Sálvora». Recibieron la Cruz de Tercera Clase con distintivo negro y blanco del Consejo de Estado y la Medalla de Salvamento Marítimo. Por su parte, Luis Cebreiro López (1894-1969), fue condecorado con la Medalla de oro del Consejo Superior de la Sociedad Española de Salvamento, aunque renunció a la recompensa económica. Sería la primera de más de medio centenar de distinciones españolas, inglesas y alemanas que recibiría por los operativos en los que participó, convirtiéndose en el oficial de la Marina Mercante más condecorado del siglo XX. Ferrolano de nacimiento, y viveirense de adopción, dedicó su vida al mar y al servicio de los demás. Decían que «tenía un corazón tan grande como su cuerpo». Capitán de la Marina Mercante y capitán de corbeta de la Armada, fue precursor del salvamento marítimo, salvó decenas de vidas, y por su gran humanidad fue conocido como «el Almirante de los pobres». Entre otras acciones, creó una escuela para hijos de marineros, cursos para patrones y maquinistas de litoral, el Hogar del Marinero para jubilados, comedores y roperos para niños y marineros sin recursos, y medió para la construcción de viviendas sociales. y jamás cesó en su empeño por mejorar la vida de los trabajadores del mar.

Exculpación y maledicencias
Tras la tragedia, las autoridades competentes revisaron todo lo ocurrido. El capitán y Luis Cebreiro fueron exculpados de cualquier responsabilidad porque quedó probado que solo hubo un culpable: la furia de la costa gallega. Sin embargo, las envidias se despertaron y llegaron calumnias y murmuraciones. Resurgieron las viejas historias de los raqueiros, aquellos que hundían embarcaciones para poder robar su carga tras los naufragios. Esto hizo dudar de la honorabilidad de las heroínas que sufrieron, y decidieron callar para siempre. Sálvora con el tiempo acabó despoblándose.

El hundimiento del Santa Isabel, el segundo suceso marítimo más grave en número de víctimas civiles en Galicia, quedó grabado en el imaginario popular como el «Titanic gallego». Murieron 213 entre pasajeros y tripulantes. Incluso los cantares de ciego recogieron lo ocurrido en aquella noche trágica. Durante décadas, los buques de la Compañía Trasatlántica Española, en señal de respeto, hacían sonar sus sirenas al pasar frente a los bajos de Sálvora. Aún así, el recuerdo de la historia se diluyendo con el tiempo. Poco quedó del barco, solo algunas piezas, entre ellas un portillo que mostramos en exclusiva en El Debate.

La investigación crucial
Y siete décadas, aparecía otro héroe: el periodista Xosé María Fernández Pazos. Impulsado por las historias que su abuela contaba sobre «un enorme barco que había naufragado cerca de la isla coruñesa de Sálvora», investigó durante años el hundimiento y el silencio que lo rodeó e hizo justicia acallando maledicencias. Su trabajo cristalizó en 1998 en el libro «Sálvora: memoria dun naufraxio. La tragedia del Santa Isabel» una espléndida investigación científica, fuente de este trabajo, que devolvió a la memoria colectiva la gesta real y la dignidad de todos los que participaron en aquel rescate.

El nombre de «Heroínas de Sálvora» reapareció en un el colegio de Aguiño, en un jardín madrileño y en una plaza de Ribeira. Vivero, dedicó a Luis Cebreiro una calle y un monolito en Covas, pero en su ciudad natal, Ferro,l no tiene reconocimiento alguno.

Vuelve la calumnia, esta vez filmada
Pero las calumnias regresaron un siglo después de lo acontecido. En 2020, se llevó la historia al cine. Supuestamente homenajeaba el valor de las mujeres, pero a pesar del irrefutable trabajo de Pazos, la directora decidió no contar la verdad. La bondad no vende y la labor humilde, valiente y desinteresada de aquellas mujeres quedó mancillada por una ficción torticera que las convirtió en asesinas y a los habitantes de la isla y al farero en cómplice de la muerte de más de doscientas personas. Su título le iba como anillo al dedo. «La isla de las mentiras» Afortunadamente, como tantas películas españolas subvencionadas, pasó sin pena ni gloria. Es más, ni se estrenó por el Covid. Era ficción, sí, pero se utilizaron sus nombres reales ofendiendo a sus familias, a su memoria y a la Historia de Galicia.

Y es que que Sálvora no fue solo el escenario de un trágico naufragio. En aquella noche de tormenta, cuando todo parecía perdido, emergió lo mejor del ser humano: tres muchachas en una dorna poniendo en riesgo sus vidas remando hacia la oscuridad; un sacerdote rezando desde un mástil y dos más impartiendo consuelo; Calvente y Flores, los dos maquinistas que fueron hacia la muerte para salvar a los pasajeros; el capitán que no abandonó la nave hasta el final; la villa de Ribeira cuyos marineros salieron sin dudarlo y que acogió con calor a los supervivientes; la Benemérita, haciendo honor a su nombre, volcada en el rescate; y a Luis Cebreiro marino mercante y miembro de la Armada española, que actuó como un gigante de cuerpo y alma.

Por ello, la verdadera historia del Santa Isabel, pese al dolor por sus muertos, se ha escrito con el orgullo de la dignidad de sus héroes, nombrados y anónimos. Todos ellos articularon un testimonio de grandeza humana en una de las gestas más nobles jamás escritas en las costas españolas.

FUENTE:https://www.eldebate.com/historia/20260207/gesta-heroinas-salvora-cebreiro-almirante-pobres-titanic-gallego_381686.html

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