POR JOSÉ ANTONIO RAMOS RUBIO, CRONISTA OFICIAL DE TRUJILLO (CÁCERES).

La trujillana cambió el curso de la agricultura en el Perú colonial, donde introdujo prácticas agrícolas que perduran hasta hoy. Fue protagonista directa en la historia de los primeros años del virreinato, involucrándose en los momentos más convulsos de este periodo.
En los albores del siglo XVI, Trujillo vio nacer a una mujer que, con una determinación excepcional, cambiaría el curso de la agricultura en el Nuevo Mundo. María Escobar nació en 1520, en el seno de una familia noble, en el Palacio de los Escobar, cerca de la iglesia de San Andrés. A lo largo de su vida, María no solo fue una testigo del proceso de colonización del Perú, sino que, además, fue una de sus protagonistas más activas, introduciendo prácticas agrícolas que perduran hasta nuestros días.
María Escobar dejó Trujillo para acompañar a su esposo, Diego de Chaves, quien se encontraba al servicio de Francisco Pizarro, el conquistador del Perú. Al llegar al nuevo continente, la pareja se asentó en el Virreinato del Perú, que en esos años aún estaba en plena fase de colonización. Sin embargo, mientras su marido formaba parte de las actividades militares y políticas de la época, María Escobar no se limitó a ser una simple acompañante. Su curiosidad y visión pragmática la llevaron a explorar aspectos más allá de la esfera militar.
María Escobar, consciente de que la economía del virreinato debía diversificarse más allá de la explotación minera, decidió concentrarse en el estudio de las tierras que su marido había recibido de Francisco Pizarro. Lejos de limitarse a las tierras de su encomienda, Escobar mostró una aguda capacidad para observar la naturaleza del terreno y comenzó a identificar cuáles de estas tierras podían ser fértiles para la agricultura.
Medio almud de trigo desde España para comenzar su siembra
Con una mirada de agricultora más que de noble, Escobar no solo evaluó las tierras, sino que también comprendió la necesidad de introducir cultivos que no eran nativos de América. El trigo, uno de los cereales más importantes en Europa, fue el elegido por la trujillana, quien mandó traer medio almud de trigo desde España para comenzar su siembra.
El primer paso hacia la revolución agrícola que cambiaría la historia de la región fue el reparto del trigo entre los agricultores de Lima y Cañete. María Escobar distribuyó entre 20 y 40 gramos de trigo a cada agricultor, con la esperanza de que este cereal pudiera propagarse en la tierra peruana. A pesar de las condiciones geográficas y climáticas que dificultaban la siembra, María Escobar no se dio por vencida y fue persistente en su empeño.
El éxito inicial fue modesto, pero la semilla comenzó a germinar. Cañete, una región agrícola cercana a Lima, fue la primera en cultivar trigo peruano. Sin embargo, el gobierno colonial no permitió su consumo inmediato. El trigo debía ser preservado para propagar la gramínea en otras regiones del virreinato. El consumo del trigo se prohibió durante tres años, un periodo de espera que al final dio frutos, pues al cabo de ese tiempo ya se contaba con suficiente producción como para iniciar la molienda del trigo y la elaboración de harina.
El éxito de María Escobar
El éxito de María Escobar en la introducción del trigo en Perú no pasó desapercibido. El virrey otorgó a la pionera el derecho a recibir una encomienda en reconocimiento a sus logros, lo que implicaba un importante beneficio económico y social. Sin embargo, esta concesión no estuvo exenta de dificultades. El gobernador Vaca de Castro, contrario a la idea de que las mujeres pudieran ejercer funciones de poder, le arrebató la encomienda a Escobar, lo que reflejaba las tensiones de género que marcaban la sociedad colonial.
Lo verdaderamente curioso es que María Escobar, sin tener formación en agricultura, se convirtió en una especie de ‘científica agrícola’ autodidacta. Fue capaz de observar, estudiar y evaluar la calidad de la tierra, determinando cuáles eran las parcelas más aptas para sembrar trigo, algo que sorprendió a muchos de sus contemporáneos. Fue su visión y conocimiento empírico los que llevaron a que la semilla de trigo enviada desde España fuera plantada en lugares tan diversos como Lima y Cañete.
Este detalle es interesante porque, en una época en que las mujeres casi nunca eran consideradas para participar en la toma de decisiones económicas o agrícolas, María Escobar rompió con las normas de género de su tiempo. Ella misma supervisó la siembra, la distribución de las semillas entre los agricultores y la gestión del proceso para garantizar que el trigo creciera en el clima y las tierras peruanas.
Aparece en los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega
La semilla de trigo que Escobar trajo desde España no solo cambió el panorama agrícola del Perú, sino que también introdujo una práctica agrícola que perduraría durante siglos. Es impresionante que una mujer de su época tuviera la determinación y el conocimiento necesarios para transformar una de las bases de la alimentación en el continente.
El cronista Inca Garcilaso de la Vega escribió en sus Comentarios Reales que María Escobar fue quien introdujo el cultivo del trigo y la cebada en el Perú y la compara con la diosa romana Ceres: «Ya que se ha dado relación de las aves, será justo la demos de la mieses, plantas y legumbres de que carecía el Perú. Es de saber que el primero que llevó trigo a mi patria (yo llamo así a todo el imperio que fue de los Incas) fue una señora noble, llamada María de Escobar, casada con un caballero que se decía Diego de Chaves, ambos naturales de Trujillo. A ella conocí en mi pueblo, que muchos años después que fue al Perú se fue a vivir a aquella ciudad; a él no conocí porque falleció en los Reyes. Esta señora, digna de un gran estado, llevó el trigo al Perú, a la ciudad de Rimac. Por otro tanto adoraron los gentiles a Ceres por diosa, y desta matrona no hicieron cuenta los de mi tierra; qué año fuese no lo sé; mas de que la semilla fue tan poco que la anduvieron conservando y multiplicando tres años, sin hacer pan de trigo, porque no llegó a medio almud lo que llevó, y otros lo hacen de menor cantidad; es verdad que repartían la semilla aquellos primeros tres años a veinte y a treinta granos por vecino; y aún habían de ser los más amigos para que gozasen todos de la nueva mies».
En su obra, Garcilaso de la Vega continúa: «Por este beneficio que esta valerosa mujer hizo al Perú, y por los servicios de su marido, que fue de los primeros conquistadores, le dieron en la ciudad de los Reyes un buen repartimiento de indios, que pereció con la muerte de ellos. El año de mil quinientos y cuarenta y siete aún no había pan de trigo en el Cuzco (aunque ya había trigo) porque me acuerdo que el obispo de aquella ciudad, don fray Juan Solano, dominico natural de Antequera, viniendo huyendo de la batalla de Huarina, se hospedó en casa de mi padre con otros catorce o quince de sus camaradas, y mi madre los regaló con pan de maíz; y los españoles venían tan muertos de hambre que mientras les aderezaron de cenar tomaban puñados de maíz crudo, que echaban a sus cabalgaduras, y se lo comían como si fueran almendras confitadas; la cebada no se sabe quién la llevó; créese que algún grano della fue entre el trigo, porque por mucho que aparten estas dos semillas, nunca se apartan del todo (Del trigo, capítulo XXIX, año 1609, por Inca Garcilaso, en Comentarios reales que tratan del origen de los incas)».
La muerte de Francisco Pizarro en Lima y su papel en la Historia
La vida de María Escobar no estuvo exenta de tragedias. En 1541, el mismo año en que logró su encomienda, Francisco Pizarro, el hombre que abrió el Perú a la conquista española, fue asesinado en su palacio. Tras este acontecimiento, Escobar, junto a Isabel de Rodríguez, se encargó de recoger el cadáver de Pizarro, un acto que subrayó su involucramiento en los momentos más convulsos de la historia colonial. Fue la única persona que enterró a Pizarro en la iglesia que luego sería la catedral de Lima. Al enviudar, María Escobar se permitió, en una etapa posterior de su vida, concentrarse aún más en la agricultura. Decidió trasladarse a Cuzco, donde se dedicó plenamente a los cultivos de trigo y cebada. Durante sus últimos años en la ciudad imperial, María Escobar consolidó su legado agrícola, que perduraría en el tiempo y contribuiría a la formación de la base alimentaria del Perú colonial.
Su tercer matrimonio fue con el capitán Pedro Portocarrero. Su labor en los primeros años de colonización europea en el continente americano fue premiada con una encomienda cerca de la actual Lima, que incluyó un repartimiento de indios. Este beneficio le fue retirado por el gobernador Cristóbal Vaca de Castro, quien no era partidario de dar posesiones a las mujeres.
El legado olvidado de María Escobar que ha relegado la historia oficial
A pesar de su trascendental aporte a la agricultura en el Perú, el nombre de María Escobar ha sido en gran medida relegado al olvido por la historia oficial. Sin embargo, su historia es un recordatorio de la importancia de las mujeres en la construcción de sociedades, incluso en un contexto dominado por hombres y donde las oportunidades para ellas eran limitadas.
María Escobar, como muchas otras mujeres en la historia, desempeñó un papel fundamental en la creación de una infraestructura económica y cultural que permitió al Perú prosperar en los siglos venideros. Aunque su encomienda le fuera arrebatada, su verdadera victoria radicó en haber sido capaz de introducir el trigo y la cebada en una tierra que, hasta su intervención, dependía mayormente de cultivos nativos como el maíz y la papa.
María Escobar no solo fue una mujer adelantada a su tiempo, sino también un ejemplo de lo que significa romper con los roles tradicionales asignados a las mujeres en una época profundamente patriarcal. A lo largo de su vida, se mostró resiliente, estratégica y profundamente comprometida con el progreso de la sociedad que la rodeaba. Fue una mujer de acción, cuya visión agrícola sentó las bases para una de las principales producciones alimentarias de América Latina: el trigo.
Si bien la historia oficial ha sido, en gran parte, ajena a su contribución, María Escobar merece ser reconocida no solo como una figura relevante en el proceso de colonización, sino también como una de las precursoras de la agricultura moderna en el continente americano.