POR RAFAEL MARTÍN MARTÍN, CRONISTA OFICIAL DE ARAHAL (SEVILLA).
Tras los días festivos que nos ha brindado estas fiestas del Verdeo, Arahal vuelve poco a poco a su ritmo cotidiano. Y también esta crónica retoma su curso, fiel al compromiso de conservar la memoria y de acercar, a quienes la leen o escuchan, retazos de nuestra historia y de nuestra actualidad. Porque contar lo vivido es, en cierto modo, prolongar la vida de nuestro pueblo en las palabras.
Hoy os quiero presentar en mi comentario dos de las mejores huellas del barroco del siglo XVII en nuestra localidad, para conocer con cierto detalle lo que supuso este estilo arquitectónico y cómo llegó a evolucionar hasta nuestros días.
El siglo XVII marcó un paréntesis en la prosperidad que Arahal había disfrutado durante el XVI. Aquella etapa, que había sido de crecimiento y expansión, dio paso a uno de los momentos más duros de su historia. La villa se vio golpeada por repetidas epidemias, entre ellas la terrible peste de 1646, que dejó una huella imborrable en la memoria colectiva. A ello se sumaron unas condiciones climatológicas muy adversas: sequías, malas cosechas y un campo que no podía dar sustento a una población dependiente casi por completo de la agricultura. Todo ello provocó una crisis que paralizó el desarrollo del pueblo y redujo drásticamente el nivel de vida de sus habitantes y hasta frenó el aumento de población, que se estabilizó durante todo este período. Este contexto de inestabilidad favoreció que la religión adquiriera un papel central como mecanismo de explicación, consuelo y cohesión comunitaria.
Ya, desde principios de siglo, se intensificó la religiosidad popular que, siguiendo los preceptos de Trento ya en el siglo anterior, el Arahal se acogió en torno a una serie de cofradías que sirvieron para potenciar el culto público, Hermandades como la de la Misericordia, Veracruz, Santo Sepulcro ya figuraban como práctica devocional colectiva del arahalense del siglo XVI, y a ello, a inicios del siglo XVII comienzan a intensificarse otras que han continuado en el día de hoy como la de la Santa Cruz de Jerusalén, ( hoy de Ntro Padre Jesús Nazareno), la de los Treinta y Tres hermanos ( hoy Hdad de la Esperanza) o la del Santo Entierro, junto con otras de gloria como Ntra. Sra. del Rosario o Ntra. Sra. del Carmen, la de San Antonio y así hasta llegar a casi cerca de veinte.
Esas instituciones no sólo promovían el culto público mediante procesiones y rogativas, como el caso de la cofadía del Santo Rosario, que salía durante todas las tardes del año, al atardecer, al rezo del Santo Rosario por las calles de El Arahal, sino que también cumplían funciones asistenciales hacia los sectores más vulnerables de la población, como fue el ejemplo de la Cofradía del Santo Cristo de la Misericordia que llegó a acoger en el siglo XVII entre sus paredes del hospital de la Caridad a los hermanos del hábito de San Pablo, en 1630 o a los hermanos obregones en 1664 para que pudieran colaborar en la dirección de esta Institución, ante la gran demanda social, que imposibilitaba su atención por parte de los hermanos.
La vida cotidiana, en consecuencia, quedó profundamente influido por lo religioso, hasta el punto de que los ritmos sociales se articularon en torno al calendario litúrgico y a las prácticas devocionales colectivas, potenciadas por las congregaciones existentes en la villa de El Arahal en este período, ( mínimos, franciscanos descalzos, hermanas dominicas y obregones que se unieron en la segunda mitad de siglo).
El arte barroco desempeñó un papel fundamental en este proceso. Como lenguaje estético propio de la Contrarreforma, se convirtió en un medio eficaz para conmover al fiel mediante la exaltación visual y la teatralidad. En Arahal, los retablos mayores de templos como la iglesia de la Ntra. Sra. del Rosario o la Victoria constituyen un claro ejemplo de esta tendencia. Sus estructuras monumentales, el empleo de estípites y columnas salomónicas, la profusión de dorados y policromías, así como la expresividad de las imágenes, responden a la necesidad de transmitir de forma directa y emocional el mensaje de salvación cristiana en una sociedad profundamente castigada por la precariedad material.
De este modo, el sentido religioso del siglo XVII en Arahal debe entenderse como una respuesta colectiva a la crisis. La fe se manifestó tanto en el ámbito íntimo —a través de devociones particulares y altares domésticos— como en el ámbito comunitario, donde las celebraciones barrocas, las procesiones penitenciales y la erección de retablos constituyeron auténticas estrategias de resiliencia cultural. En definitiva, la huella religiosa de esta centuria no solo revela la centralidad de la Iglesia en la vida del pueblo, sino también la forma en que la sociedad arahalense supo proyectar su esperanza en lo trascendente como contrapeso a las adversidades del tiempo histórico que le tocó vivir.
El retablo es una de las expresiones artísticas más características del arte cristiano, especialmente en la Edad Media y el Barroco. Su estructura, como hemos expuesto, habitualmente situada tras el altar mayor, compuesta por múltiples imágenes y escenas que representan pasajes bíblicos, episodios de la vida de Cristo, la Virgen y los santos. Esta abundancia de imágenes no responde únicamente a un deseo decorativo, sino que cumple una función espiritual y pedagógica directamente vinculada a la vida contemplativa.
En primer lugar, el retablo es un instrumento de meditación visual. Quien lleva una vida contemplativa dedica gran parte de su tiempo a la reflexión espiritual, y las imágenes del retablo funcionan como guías para esta meditación.
En segundo lugar, el retablo actúa como una Biblia visual. En una época en la que gran parte de la población era analfabeta, las imágenes eran un recurso fundamental para transmitir los contenidos de la fe.
Además, la riqueza y multiplicidad de imágenes reflejan una verdad esencial para la vida contemplativa. Por ello, el retablo ofrece un amplio abanico de escenas y símbolos, que permiten al creyente elegir distintos caminos para elevar su espíritu: unos pueden meditar sobre la pasión de Cristo, otros sobre la ternura de la Virgen, y otros sobre el ejemplo heroico de los santos.
Finalmente, el retablo cumple una función de elevación estética y emocional. La vida contemplativa no se limita a la razón; también busca conmover el corazón y despertar el alma hacia la trascendencia. La belleza de las formas, el brillo del dorado, el dramatismo de las figuras y la armonía de la composición provocan una experiencia sensorial que predispone al recogimiento. La contemplación del retablo, por tanto, se convierte en una vía para la experiencia mística.
Hay dos ejemplos significativos en nuestra localidad de retablos de belleza factura y de riqueza ornamental, uno del primer cuarto de siglo, el de Ntra. Sra. de la Victoria y otro, de finales de siglo, el de la iglesia conventual de Ntra. Sra. del Rosario.
El retablo de la iglesia de Ntra. Sra. de la Victoria fue obra de Andrés de Ocampo, tras acuerdo de los frailes del citado convento el 27 de septiembre de 1621, estando al frente del mismo, el corrector fray Luis de Prados, tal como refleja Jordán Fernández en su artículo “ Una aproximación a la historia del convento mínimo de Nuestra Señora del Victoria de Arahal” . Una iglesia que se había levantado sobre una antigua ermita dedicada a San Sebastián. Según se refleja en el contrato el retablo mayor de la iglesia tendría de dimensiones once varas de alto por ocho de ancho, cerrándose con un precio de trescientos ducados, lo que equivalía a tres mil trescientos reales.
Esta obra de Ocampo forma parte de la fase tardía del artista, que trabajó entre el manierismo tardío y el barroco. Su estilo se caracteriza por máquinas arquitectónicas complejas, con uso de elementos clásicos, columnas, hornacinas y una cuidada integración de esculturas y pinturas.
El retablo mayor de la iglesia de la Victoria pertenece al barroco temprano. La fotografía histórica que se acompaña en el comentario del año 1925, nos muestra su aspecto original, muy distinto al actual, ya que tanto el retablo como sus imágenes sufrieron graves destrozos durante la Guerra Civil.
El conjunto se organizaba en tres calles y un solo cuerpo, rematado por un ático. En el centro destacaba el nicho principal, donde se veneraba la imagen de la Virgen de la Victoria, advocación que da nombre al templo y que constituía el núcleo de la devoción. En el ático, dentro de una hornacina, se situaba la figura de San Sebastián, mártir invocado contra la peste, lo que recordaba también a la antigua ermita dedicada a este santo sobre la que se levantó la iglesia. Su presencia reforzaba la dimensión protectora y apologética del conjunto, que unía la intercesión de la Virgen con la defensa del santo mártir.
El espacio central estaba flanqueado por delgados estípites, que separaban las calles laterales. En ellas se encontraban las imágenes de San Juan Evangelista y San Miguel en el lado del Evangelio, y de Santa Lucía y San Rafael en el de la Epístola.
Tras la Guerra Civil, el retablo fue reconstruido, sobre todo en su parte central. La primitiva Virgen de la Victoria fue sustituida por una imagen de vestir de la Virgen del Carmen, probablemente adquirida hacia finales de los años treinta o comienzos de los cuarenta, gracias a la colaboración de la entonces camarera Dª Dolores Zayas. A los lados permanecieron San Miguel y San Rafael, que ocuparon los lugares antes dedicados a San Juan Evangelista y Santa Lucía. En el manifestador se colocó una escultura de la Inmaculada, flanqueada por relieves de la vida de San Francisco de Paula. Finalmente, en el ático pasó a presidir una talla del mismo.
Retablo de la Iglesia de Ntra. Sra. de la Victoria. Año 1925 y época actual. Fotografías del archivo fotográfico de Alfonso Pereira y de Un paseo por Arahal de Manuel García Amador
La otra obra arquitectónica barroca es el retablo de la iglesia conventual de Ntra. Sra del Rosario.
A principios del siglo XVII y tal como se refleja en las crónicas de las hermanas dominicas, en el año de mil seiscientos y ocho a dos de enero comenzó la fundación del convento llevada a cabo por D. Bartolomé Arias de Reina y Dª Luisa de Hojeda en sus casas principales de su morada de esta villa en la calle de los Serranos que lindan con la calle de Álvaro de Paz ( actual calle de las Monjas), con invocación y título de Ntra. Sra. del Rosario, fundándose el once de abril del mil seiscientos doce y obteniendo la correspondiente licencia para la fundación del convento e iglesia.
Primero se construyó el convento y posteriormente la iglesia, quizás a mediados de siglo, completándose la misma con un retablo que fue encargado al maestro Cristóbal de Guadix, concertándose en enero de 1693 el contrato de la obra por un importe total de 34.000 reales de vellón, estableciéndose el plazo de terminación en el mes de octubre siguiente. En el citado contrato se especificaban todos los elementos que contendría el citado retablo, figurando así las imágenes que iban a formar parte del mismo, así lo refleja Herrera García, en su artículo “ el arquitecto de retablos Cristóbal de Guadix”. Al igual que en el caso del retablo anterior, presentamos en el comentario dos fotos de épocas diferentes, una, realizada en el año 1936 que reproduce el retablo tal como fue realizado y otra foto reciente, con pequeñas modificaciones, ya que esta pieza arquitectónica y, en especial sus esculturas no sufrieron los desmanes de las restantes iglesias de Arahal, parece ser que el patio interior del convento fue tapiado y cerrado completamente, llevando allí las imágenes de la iglesia y guardadas en el interior de este habitáculo completamente cerrado.
El retablo consta de un ático y tres calles, dos de ellas laterales y una central. En el ático aparece un cuadro del Crucificado y a ambos lados dos esculturas de los arcángeles San Rafael y San Miguel, que se repite de nuevo en este retablo, igual que en el caso del retablo de la iglesia de Ntra. Sra, de la Victoria.
La presencia de los arcángeles San Miguel y San Rafael en los retablos se colocan porque son signos visibles de la protección divina: Miguel, como defensor contra el mal, y Rafael, como guía y sanador. Ambos enmarcan el altar como un espacio donde el cielo y la tierra se encuentran, reforzando el carácter sagrado del culto.
El cuerpo, dividido en esas tres calles: una calle central, en cuyo primer se encuentra el conjunto de la Anunciación, realizado en bajorelieve, presidido por la paloma, como símbolo del Espíritu Santo y en la hornacina central la Imagen titular, Ntra. Sra. del Rosario, con una corona de plata repujada y rodeada de una aureola. En la parte inferior de esta hornacina figuran dos esculturas, la de San Francisco que les recuerda la fraternidad evangélica y la pobreza radical y Santa Teresa que les inspira en la oración profunda, en la unión con Dios y en la audacia femenina en la vida religiosa. Estas dos esculturas fueron añadidas posteriormente, igual que el boceto del actual Santo Cristo de la Misericordia, de finales de 1936, donada a la iglesia por la familia del capellán capellán D. Rafael Ramos Martín, como se puede observar en la comparativa de ambas fotografías.
En las calles laterales figuran las esculturas de Santo Domingo y Santo Tomás de Aquino, coronadas por medios cuerpos de Santa Catalina de Siena y Santa Rosa de Lima, entre esas grandiosas columnas salomónicas decoradas con pámpamos y racimos que aparecen en su fuste.
Estas esculturas laterales son reflejos de una iglesia conventual contemplativa, de ahí la proliferación de imágenes en el citado retablo, superando con creces a todos los retablos arahalense.
Santo Tomas de Aquino fue un genio de la fe y la razón. Su vida refleja la búsqueda de la verdad, la humildad y la contemplación.
Santa Rosa de Lima representa la santidad vivida en lo cotidiano, en el sacrificio, la humildad y la caridad.
Dentro de la espiritualidad dominica, Santo Domingo de Guzmán (fundador de la Orden), es el padre y guía de la vida dominica y Santa Catalina de Siena (gran mística y doctora de la Iglesia) la hermana y modelo. Son figuras clave, especial, ente para las dominicas contemplativas.
En otras palabras, Santo Domingo representa el origen y la misión; Santa Catalina, la vivencia y la plenitud de esa misión en clave femenina y mística
Por último, el banco destaca por su decoración, así como el resto del cuerpo del retablo con la profusión de frutos, hojas y tiras.
La gran afluencia de imágenes concretamente en este retablo no es un exceso decorativo, sino una herramienta espiritual profundamente ligada a la vida contemplativa. Permite meditar, enseñar, conmover y elevar el alma hacia Dios.
Hoy, más de tres siglos después, siguen cumpliendo su doble misión: elevar el espíritu del creyente hacia lo divino y preservar la memoria colectiva de un pueblo que ha sabido mantener viva su tradición religiosa y cultural. Así, los retablos de Arahal no son únicamente patrimonio artístico, sino también un reflejo de la identidad y la devoción de toda una comunidad.
