POR CARLOS AZNAR PAVÍA, CRONISTA OFICIAL DE ASPE (ALICANTE).
Hoy quiero invitaros a realizar un pedagogico viaje al pasado, concretamente a la segunda mitad del siglo XIV, cuando Aspe ya se encontraba bajo administración cristiana, aunque la inmensa mayoría de su población continuaba siendo musulmana.
Se trataba de Mudéjares aspenses, muchos de ellos agricultores que permanecieron en estas tierras conservando buena parte de sus costumbres, sus conocimientos y una cultura del agua heredada de generaciones anteriores. Los Cristianos, sabedores de este potencial, que ellos no podian sustituir, decidieron dejarles sus tierras y gran parte de sus costumbres.
Las ilustraciones que presento, recrean cómo pudo ser en aquel entonces «La Ráfica», su utilidad y el funcionamiento de este ingenioso sistema hidráulico construido junto al río Tarafa en su cauce medio.
Un azud —también llamado rafa, de ahí «Rafica»— no era una gran presa destinada a almacenar enormes cantidades de agua. Su función consistía en remansar la corriente del río para elevar ligeramente la lámina de agua. Cuando está alcanzaba la altura adecuada, una parte rebosaba por encima de la presa en cascada continuando su camino por el cauce, mientras otra era desviada por una toma lateral por decantación hacia una acequia que nacía ahí precisamente.
A partir de ese momento, la gravedad hacía todo el trabajo. El agua avanzaba por canales o acequias que seguían las curvas y pendientes naturales del terreno, llevando vida a las huertas sin motores, electricidad ni ninguna otra fuerza que no fuera la propia inclinación del suelo.
La Ráfica tenía una particularidad que la convertía en un sistema especialmente interesante: en este tramo del Tarafa existieron dos azudes o dos rafas situadas a poca distancia entre ellas, cada una con su correspondiente acequia tambien.
La presa inferior —la que aparece en la recreación— recibió distintos nombres a lo largo del tiempo: Rafa del Durdux, Rafa Vieja y, más tarde, Rafa de la Tía Ignacia. Desde ella se desviaba parte del caudal del Tarafa hacia la acequia descrita anteriormente.
Aproximadamente 150 metros aguas arriba se encontraba la segunda presa de más altura, la que acabaría dando nombre a todo el paraje de La Ráfica. De ella, como apunté anteriormente, nacía otra acequia que discurría también por la margen derecha, paralela a la anterior, aunque a una cota más elevada debido a la mayor altura de su punto de captación.
De esta forma, dos corrientes de agua canalizadas en sendas acequias avanzaban por la misma margen derecha del Tarafa, pero a diferente altura. La acequia superior tenía además fuerza suficiente para mover un molino harinero próximo al puente del Baño. Allí, en las cercanías de aquel puente, las dos acequias terminaban confluyendo en una sola, conducción que continuaba hacia la Huerta Mayor regando su basta extensión.
Las flechas de la lámina explicativa ayudan a entender este funcionamiento: el agua llegaba por el Tarafa, el azud elevaba su nivel, la parte sobrante rebosaba y regresaba al río en cascada, mientras otra parte, por decantamiento desaguaba en la acequia. Era un sistema sencillo solo en apariencia, porque detrás de él había un profundo conocimiento del terreno, de las pendientes y del comportamiento del agua.
El arqueólogo aspense Felipe Mejías, con varios escritos publicados sobre «La Rafica», considera medieval el origen de los sistemas hidráulicos vinculados a las huertas históricas del Tarafa. Sin embargo, también advierte de que todavía no puede establecerse con seguridad la fecha exacta de construcción de cada una de estas presas. Por eso, la escena que contemplamos debe entenderse como una recreación histórica verosímil de La Ráfica durante la segunda mitad del siglo XIV, no como una reproducción arqueológica exacta de un año concreto.
También debemos recordar que aquellas primeras estructuras no permanecieron intactas. Las a veces violentas avenidas del Tarafa destruyeron repetidamente Rafas, acequias y otras construcciones hidráulicas. Cada generación reparó, reforzó o volvió a levantar lo que el agua se llevaba. Por esa razón, gran parte de los muros y sillares que han llegado hasta nosotros corresponde a reconstrucciones efectuadas entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, aunque el origen del sistema de riego sea mucho más antiguo.
* «Estudio arqueológico de Felipe Mejías, Universidad de Alicante»
La segunda fotografía nos devuelve a La Ráfica actual, en 2026. La vegetación ha ido cubriendo las piedras, el musgo esconde parte de sus muros y ya resulta difícil comprender a simple vista todo aquel entramado de ambas presas y acequias. Sin embargo, el agua continúa cayendo y llenando el paraje con el mismo sonido que tantas generaciones de aspenses conocieron.
La Ráfica no es únicamente una antigua presa: es memoria, paisaje y sabiduría acumulada a lo largo de los siglos; el testimonio de quienes aprendieron a conducir y aprovechar cada gota de agua, logrando transformar una tierra marcada por la escasez y la irregularidad de las lluvias en una huerta fértil, diversa, desestacionada y llena de vida.
La Ráfica ha sido siempre para los aspenses mucho más que un paraje junto al río. Durante generaciones fue un lugar de encuentro, recreo y celebración; escenario de meriendas familiares, jiras, monas, Primero de Mayo y tantos otros días festivos que tradicionalmente se disfrutaban en el campo. En torno al agua y bajo la sombra de la vegetación quedaron guardadas muchas horas de convivencia y numerosos recuerdos compartidos.
La Ráfica es ahora más accesible gracias a la apertura del «sendero del Tarafa» por el que cualquiera puede acercarse a contemplar el agua cayendo sobre sus piedras, como lleva haciéndolo desde hace siglos. Este sendero, convertido en un verdadero pulmón para Aspe y un libro interactivo de su historia local, no se limita a seguir geográficamente el curso del río que vio nacer y crecer a nuestro pueblo: recorrerlo es adentrarse en buena parte de la historia y la memoria de Aspe.
