POR ANTONIO LUIS GALIANO PÉREZ, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA (ALICANTE).

No me voy a referir a la alta costura ni a nada que tenga que ver con los complementos que la acompañan, durante el corto espacio de tiempo de su vigencia. Ni por supuesto, a otros hábitos o manías gastronómicas, tal como está sucediendo en las interminables «colas del hambre» en los restaurantes japoneses que sirven el ramen.
Sin embargo, recientemente aunque no sea una moda en su estricto concepto, se ha comprobado la práctica de la falsificación. Sobre ella, si en este periodo estival, probablemente de vacaciones alguna persona se aburre, una buena distracción aconsejable es recurrir a la visualización en la tele de películas sobre este asunto, de las que yo aconsejaría «El caso 880» de 1950, interpretada por Burt Lancaster y Edmund Gwenn.
Este último, en el papel de falsificador de dólares de poca cuantía, recordándolo como científico en la película de 1956, rodada en Peñíscola por Luis García Berlanga, e interpretada también por Pepe Isbert y José Luis Ozores.
Pero, esta moda que nos ocupa es la que está surgiendo en relación a la enseñanza y por extensión a los curriculum vitae. Algo indecoroso y contra la sociedad por el engaño que supone y por perjuicios que pudieran o hubieran podido causar a terceros. Mas, al parecer todo vale y, seguramente es más fácil falsificar un título de haber realizado y finalizado unos estudios que, haber dedicado cuatro o más cursos académicos para una licenciatura, confeccionar y presentar una memoria de licenciatura con grado, dos años en cursos de doctorado, pasar varios años en la redacción y defensa de una tesis doctoral, e incluso haberla publicado.
Eso sí, sin «corta y pega», sin plagiar dicha tesis. Caso éste último que ahora resultaría casi imposible al exigirse la comprobación de un anti plagio como el «turnitin» que, por cierto, al parecer lo han actualizado para detectar la intervención de la inteligencia artificial. Lo cierto es que aquellos que, como moda utilizaron la falsificación de documentos acreditativos de unos estudios, ahora le resultaría más difícil efectuar dicho fraude. Aunque, seguramente inventarían otras formas. Puesto que, por desgracia, todo vale.
Hay un caso gracioso de falsificación o suplantación de información que me contaba un buen amigo. Se trata de un joven humilde dedicado al noble arte del trueque de trapos viejos por santicos de barro. Éste, para poder ligar, disfrazaba su origen modesto y con pocos estudios acompañándose de unas tarjetas de visita con su nombre y apellidos, indicando «Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos». Era, tal vez un hecho inocente de falsificación, pero un engaño para las mozas que pensaban que las cortejaba un profesional cualificado y de buen porvenir.
Pero, la falsificación no es de ahora. Nuestra historia nos ofrece algunos ejemplos en Orihuela. Más concretamente, durante la Guerra Civil, algún o algunos muchachos con cualidades como dibujantes falsificaban los billetes de peseta y cincuenta céntimos, emitidos por el Ayuntamiento oriolano el 1 de febrero de 1937.
Un siglo antes, entre unos “graffitis” que cronológicamente abarcaban entre 1785 hasta 1802, que se encontraban en unos cuartos existentes sobre la antesacristía y la capilla de San Pedro, actualmente bajo la advocación de San Judas Tadeo, de la Iglesia de las Santas Justa y Rufina, que tuvimos ocasión de tomar nota de ellos antes de que desaparecieron al ser enlucidas las paredes, con objeto de adecentar los citados cuartos para dedicarlos a impartir en estos la catequesis de Confirmación, entre 1991 y 1998. De entre los «graffitis», nueve de ellos, correspondían a ajusticiados en la horca, indicando día y mes, y en algún caso lugar de procedencia y el delito. Así, localizábamos el siguiente: «Dia 26 de maio, año 1800 aorcaron en esta a Matias Balero i lo quemaron por monedero», o sea por fabricante de moneda falsa.
FUENTE: https://www.informacion.es/opinion/2025/08/10/moda-120476702.html