POR ANTONIO BOTÍAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.

Las últimas cuatro religiosas ya han solicitado a Roma su traslado a Valencia, dejando vacío el convento fundado hace cuatro siglos.
Pronto se cerrará en Murcia una puerta que se abrió por vez primera hace cuatro siglos. Y al cerrarse, no será solo el portón de un convento lo que cruje, sino el propio corazón de clausura de la ciudad, ese que latía entre rezos, silencios y campanas. Las agustinas del Corpus Christi, las últimas guardianas de una fe inmemorial, hacen las maletas del alma. Y lo peor de todo: también las de su monasterio.
No habrá estruendo en este adiós. Ningún titular de escándalo. Solo la melancolía densa de lo irreparable, el rumor sordo de una pérdida que llega sin aspavientos. Hace un tiempo, las religiosas pidieron a Roma -al Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada- permiso para marcharse. La razón es tan sencilla como devastadora: solo quedan cuatro monjas, tres de ellas mayores y enfermas, en un convento enorme y silencioso. ¿Cuándo se irán? En cuestión de meses.
A ver: ¿Y por qué no se vienen las monjas aquellas a Murcia?