POR MARÍA DEL CARMEN CALDERÓN BERROCAL, CRONISTA OFICIAL DE CABEZA LA VACA (BADAJOZ).
Las cotorras se han convertido en una presencia habitual en muchas ciudades. Sus vuelos entre los árboles, sus llamadas estridentes y sus grandes nidos despiertan sentimientos encontrados: hay quienes disfrutan de su colorido y de su vitalidad, y quienes las consideran una amenaza para el arbolado, la biodiversidad o la tranquilidad de los barrios. Con demasiada frecuencia, sin embargo, el debate se cierra con una palabra que parece justificarlo todo: plaga.
Pero ¿y si, en lugar de contemplarlas únicamente como una invasión, nos detuviéramos a pensar en ellas como parte de un mundo natural que está cambiando? ¿Y si su presencia nos obligara a revisar nuestra manera de entender la naturaleza, las ciudades y nuestra propia responsabilidad?
Las cotorras no han trazado las fronteras de los continentes ni han decidido dónde deben vivir las especies. No han creado el comercio internacional de animales, no han transformado los paisajes ni han elevado las temperaturas del planeta. Han llegado a nuestras ciudades, en muchos casos, como consecuencia de la acción humana: fueron capturadas, criadas y comercializadas como animales de compañía; algunas escaparon, otras fueron liberadas y, una vez en libertad, encontraron condiciones que les permitieron sobrevivir y reproducirse.
Su presencia es, por tanto, inseparable de nuestra historia. Y también de la profunda transformación que estamos provocando en el medio natural.
Un planeta que cambia, unas especies que se adaptan
El cambio climático está modificando las condiciones de vida de numerosas especies. Las temperaturas aumentan, las estaciones se alteran, los periodos de sequía se prolongan y los ecosistemas experimentan transformaciones que afectan a la disponibilidad de alimento, agua y refugio. En ese escenario, muchas especies modifican sus comportamientos, sus áreas de distribución o sus ciclos biológicos.
Las ciudades tampoco permanecen al margen de estos cambios. El llamado efecto isla de calor urbana hace que, en numerosos núcleos urbanos, las temperaturas sean superiores a las de su entorno. Los parques, jardines, árboles ornamentales, fuentes y espacios verdes pueden ofrecer alimento y refugio a distintas aves. La presencia humana, además, proporciona en ocasiones recursos abundantes y relativamente constantes.
Las cotorras han demostrado una notable capacidad para adaptarse a estos ambientes. Su expansión urbana no puede atribuirse exclusivamente al cambio climático —también intervienen el comercio de mascotas, las liberaciones, la disponibilidad de alimento y las características de las ciudades—, pero sí debemos situarla en un contexto de transformación ambiental global.
La naturaleza que conocíamos está cambiando. Las especies responden a esos cambios de distintas maneras: algunas desaparecen, otras se desplazan y otras encuentran nuevas oportunidades. Las cotorras forman parte de esta realidad compleja.
Y aquí surge una cuestión fundamental: si el ser humano está transformando el clima y los ecosistemas, ¿no debería también transformar su percepción de los animales que aparecen en esos nuevos escenarios?
Quién decide qué especie pertenece a un lugar?
La expresión «especie invasora» tiene un significado ecológico concreto. Se refiere a especies introducidas fuera de su área de distribución natural que pueden establecerse y causar impactos ambientales, económicos o sociales. No es una categoría que deba utilizarse a la ligera, ni significa que cada individuo de esa especie sea, por sí mismo, una amenaza.
En el lenguaje cotidiano, sin embargo, la palabra invasora puede adquirir un sentido moral. La especie deja de ser un organismo vivo y se convierte en una intrusa, alguien que está donde no debería estar. Entonces parece que su eliminación no solo es aceptable, sino necesaria.
Pero ¿quién ha decidido que una ciudad pertenece exclusivamente a los seres humanos? ¿Quién determina qué aves pueden habitar sus árboles y cuáles deben desaparecer? ¿Con qué criterio contemplamos como parte del paisaje a unas especies y rechazamos a otras?
La ciudad es también un ecosistema. En ella conviven animales y plantas que han aprendido a utilizar los espacios construidos por nuestra especie. Algunas aves son consideradas agradables y familiares; otras, en cambio, se convierten en motivo de alarma cuando su número aumenta o cuando su presencia genera molestias.
Las cotorras nos obligan a reconocer que la naturaleza urbana no es una realidad estática. Es un espacio vivo, dinámico y cambiante. La presencia de una especie puede plantear dificultades reales, pero esas dificultades no deberían convertir automáticamente a sus individuos en enemigos.
De la condena a la responsabilidad
Defender a las cotorras no significa negar los posibles efectos de su expansión. En determinadas circunstancias pueden competir con aves autóctonas por los lugares de nidificación, causar daños en el arbolado o generar molestias por el ruido y la acumulación de residuos. Estos impactos deben estudiarse y abordarse con rigor.
Lo que debemos cuestionar es la facilidad con la que se pasa del diagnóstico a la eliminación. Antes de recurrir a medidas letales, resulta necesario evaluar la magnitud del problema, conocer la dinámica de las poblaciones y considerar alternativas eficaces que reduzcan el sufrimiento animal. La gestión de las especies debe apoyarse en evidencias científicas, en criterios de proporcionalidad y en una responsabilidad ética que no desaparezca cuando un animal resulta incómodo.
También es imprescindible actuar sobre las causas. El comercio irresponsable de animales, las liberaciones y los abandonos no pueden quedar al margen del debate. Si los seres humanos hemos contribuido a que estas aves se encuentren en nuestras ciudades, tenemos la obligación de asumir nuestra parte en la solución.
No basta con señalar a las cotorras. Hay que preguntarse qué hemos hecho para que estén aquí y qué podemos hacer para evitar que el problema se agrave.
Cambiar nuestra mirada
Tal vez el mayor desafío no consista únicamente en gestionar la presencia de las cotorras, sino en modificar nuestra manera de relacionarnos con la naturaleza. Durante demasiado tiempo hemos considerado que el mundo natural debía permanecer inmóvil, ajustado a nuestras preferencias. Hemos aceptado la presencia de los animales cuando nos resultaban útiles, bellos o silenciosos, y los hemos rechazado cuando han alterado nuestras costumbres.
Pero el clima cambia. Los ecosistemas cambian. Las especies cambian sus comportamientos y sus áreas de distribución. Pretender que la naturaleza permanezca exactamente como la conocimos es desconocer su historia y, sobre todo, ignorar la magnitud de nuestra propia intervención.
Las cotorras no son una metáfora del cambio climático, ni su expansión puede explicarse únicamente por él. Sin embargo, su presencia nos recuerda que vivimos en un planeta profundamente alterado por la actividad humana. Nos invita a reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos ante los seres vivos que encuentran refugio en los espacios que hemos construido.
Quizá debamos aprender a mirar de otro modo a estas aves. No como intrusas que han invadido una ciudad que nos pertenece, sino como animales que intentan sobrevivir en un entorno transformado por nosotros. No como culpables de una situación que no han creado, sino como parte de un conflicto ambiental que exige conocimiento, sensibilidad y soluciones responsables.
El ser humano debe cambiar su percepción de las cotorras porque el mundo que habitan ya ha cambiado. Y si somos capaces de reconocer nuestra responsabilidad en esa transformación, también podremos aprender a convivir con ella sin recurrir automáticamente a la violencia.
Las cotorras tienen un lugar en la ciudad porque han encontrado en ella las condiciones para vivir. Que ese lugar deba gestionarse con criterios ecológicos es indiscutible. Que esa gestión deba hacerse desde la crueldad y la indiferencia, no.
La verdadera medida de nuestra relación con la naturaleza no está en la facilidad con que eliminamos aquello que nos incomoda, sino en nuestra capacidad para comprenderlo y actuar con responsabilidad. En un planeta que cambia, también debe cambiar nuestra mirada.
Porque las cotorras no han cambiado el mundo por sí solas. El mundo ha cambiado, y ellas están intentando vivir en él.
