LAS ROMERÍAS DE JESÚS DEL MONTE Y VIRGEN DE LA FUENSANTA, UNIDAS POR EL ESCULTOR D. DOMINGO SÁNCHEZ MESA (I)
Ago 24 2025

POR MANUEL LÓPEZ FERNÁNDEZ, CRONISTA OFICIAL DE VILLANUEVA DEL ARZOBISPO (JAÉN).

Romeria-Jesús-del-Monte-

Introducción

Vicente Sánchez Vañó fue un entusiasta defensor de la Romería de la Cañada de la Madera y escribió una gran historia de todos los cortijos y personajes de esta  zona. He aquí mi reconocimiento y homenaje a su gran aportación a la vida y recuerdos de los Cortijos de la Cañada de la Madera y de la Romería de Jesús del Monte.

D, Domingo Sánchez Mesa unió las imágenes de la Virgen de la Fuensanta y el Ecce Homo de la Ermita de la Cañada. A unos kilómetros y acompañados del río Guadalquivir, Santuario, Ermita e imágenes convergen en devoción e imaginero.

La talla fue restaurada por el Departamento de la Universidad de Granada en 1984. El pasado año, el escultor iliturgitano José Luis Ojeda Navío, realizó un nuevo trabajo de  restauración, casi cuarenta años después. El Ecce Homo recibió el culto de todos los fieles en el Santuario, durante el periodo estival. Aplaudiré las celebraciones, pero más aún la conservación y mantenimiento de tan destacado tesoro imaginero de la localidad.

Para el regreso a su Ermita en la Cañada de la Madera se convocó a las distintas asociaciones de nuestra localidad, para que realizasen  carrozas, que partirían en comitiva  desde el Santuario hasta la iglesia de la Cañada y celebrar allí su fiesta. Éste es el texto que nos dejó Diego Jiménez: “Jesús del Monte tocó el cielo de las Villas, el de su sierra y la Cañá. Lo hizo con las manos de un pueblo que se volcó con una Romería histórica e inolvidable desde el Santuario de la Fuensanta a su ermita con numerosas carrozas”.

Estos son los recuerdos de D. Vicente Vañó de las celebraciones en aquellos años cincuenta; los cuales trasladó a ordenador Vicente Guijarro para que perdurara su recuerdo y se pudiera difundir, leer y conocer esta parte de la historia local.

“Desde mi más tierna infancia quiero recordar cómo se celebraba la Fiesta de Jesús del Monte. Esta pequeña fiesta siempre fue celebrada para finales del mes de agosto; es decir, el día 30, la víspera y el día 3,1 el día de Jesús del Monte.

Suele siempre decirse “que cualquier tiempo pasado fue mejor” y para mí, recuerdo esa fecha del treinta y uno de agosto con mucha alegría y parece ser que la guardo grabada en mi pensamiento como una fecha imborrable.

Recuerdo aquellas lejanas fechas de la primera veintena del siglo XX, que nos juntábamos toda la panda de niños y lo pasábamos admirablemente; cómo nuestras madres nos ponían las mejores ropas para ir a la Fiesta, por lo que nos encontrábamos un poco molestos con aquellos trajes nuevos, junto con el dolor que nos producían al andar con las botas nuevas, a lo que no estábamos hechos.

La víspera de la Fiesta, desde la madrugada, los pájaros con sus dulces trinos parecían anunciar con sus cantos mañaneros la diana festiva de aquel hermoso día de Nuestro Padre Jesús del Monte.

Las campanas de la vieja ermita desde muy temprano no cesaban de repicar, en la víspera, anunciando la fiesta mayor de La Cañada, de La Servalea, o de la Toba, de la de Fuencaliente y de toda la Sierra de las Cuatro Villas mancomunadas.

Recuerdo especialmente la gente de todas estas comarcas como si lo estuviera viendo. Estas gentes se despertaban temprano para asistir a la Fiesta y empezaban a venir por todos los caminos y veredas que conducen a la ermita, en grandes o pequeñas caravana; unos andando, otros cabalgando en caballerías bellamente atalajadas con pintorescas mantas multicolores, terciadas sobre las monturas de sus animales. Las mujeres solían cabalgar sobre los lomos de los borriquillos sobre barquillas que les daban más estabilidad y adornaban las monturas con bonitas colchas blancas de ganchillo o colchas de seda con dibujos de varios colores de filigrana. Las señoras llevaban sombrillas o quitasoles para reservarse de los rayos de sol en aquella época, que es cuando más calienta.

El día treinta de agosto, por la tarde la gente acudía a rendir culto toda la noche, acompañando a Jesús unos y otros a pagar la promesa que tenían pendiente durante el año. En esta fecha, por la noche se celebraba ya la verbena con música de guitarra y acordeón y las mozas y mozos cantaban y bailaban al son de la música el baile suelto, jotas, seguidillas, fandangos o sevillanas. A veces, con sus cantos, las mozas y los mozos, a porfía se decían los unos a los otros los defectos que sentían por sus amores contrapuestos y ellos les contestaban con otras coplas más puestas; era admirable para aquellos que tenían la suerte de presenciar tal acontecimiento.

Otro de los alicientes de la Fiesta para grandes y chicos era la “cucaña”, ésta era una especie de poste de unos ocho metros de altura, le daban al palo con jabón o cera para que estuviese bien escurridizo, teniendo en su cúspide un banderín y aquél que se subiera a por él y lo bajase al suelo, le solían dar la cantidad de veinticinco pesetas en premio (que entonces era mucho dinero).

También había carrera de sacos. Esto era más universal y más divertido para grandes y chicos; consistía en que los que concursaban (gente joven), se metían de pie en sacos de yute atados en la cintura y recorrían cierto tramo y el que llegaba y volvía de nuevo a meta señalada, solía darle el primer premio, que serían unas diez pesetas en plata. También había otra modalidad que consistía en soltarles un pollo y el que lo cogiera era para él, lo que daba lugar a grandes porrazos, cayendo al suelo unos encima de otros, por los encontronazos para ver quien cogía primero el pollo, y las gentes se reían bastante y sobre todo era la mayor diversión para los pequeños.

Había también otro festejo también muy divertido, llamado “el moja bobos”, que consistía en un trapecio que sostenía a un tío de madera con una chistera hueca de chapa, donde se depositaba un gran cubo de agua; el tío de madera giraba solamente con apenas tocarle y en el ombligo tenía un gran agujero que era la clave para ganar, el meter la punta de la pértiga por dicho agujero al deslizarse por una especie de rampa con un carrillo, pero si no atinabas, solamente con tocarle, te vaciaba la chistera del agua encima; así una y otra vez para ganar veinticinco pesetas y aunque era muy difícil este juego, eran muchos los mojabobos que picaban y en cambio eran muy pocos los que se libraban de que los mojara.

Recuerdo la Fiesta. El día último de agosto con la ermita repleta de gente y la alegría del señor Cura Párroco, Don Melchor de ver tantos feligreses; el altar repleto de flores y albahacas traídas de las huertas para aquella fiesta y lleno de velas encendidas, producto de promesas de aquellas gentes sencillas.

La Fiesta era solemne y grandiosa y la procesión después era de un encanto inenarrable; las campanas tocando incesantemente durante la procesión, los cohetes tronando con grandes detonaciones, que eran más atronadores por el eco que se reproducía en aquellas montañas maravillosas de la Sierra de las Cuatro Villas, los fieles no cesaban de dar vivas a Jesús del Monte, su Patrón, hasta meterlo en la ermita.

Para aquellas gentes la fiesta de Jesús del Monte era el máximo de sus ilusiones anuales y también el punto de encuentro de los conocidos o familiares”.

FUENTE: ,M.L.F. Del Libro de Fiestas 2025, en  imprenta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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