POR ANTONIO HERRERA CASADO, CRONISTA OFICIAL DE GUADALAJARA.
Analizando en detalle todos los elementos que podemos contemplar en el coro de la catedral de Sigüenza, la silla episcopal nos ofrece la posibilidad de ejercer nuevamente el discurso que Panofsky a través de su Instituto de Warburg nos propuso para conocer esencialmente una obra de arte: el proceso de análisis formal, iconográfico e iconológico de cualquier pieza patrimonial.
El coro de la catedral de Sigüenza se construyó en el último decenio del siglo XV. Su fábrica funcional, (me refiero a la talla y ensamblaje de sus estructuras que componen los sitiales), está tallada en madera de nogal lustroso. Fue hecho por orden directa del Cardenal don Pedro González de Mendoza, obispo de la diócesis, ordenado en la ocasión de la visita a la ciudad del alto Henares por los Reyes Católicos en 1487.
La planta es rectangular, con tres lados, estando el cuarto de ellos abierto al crucero. Se compone de 84 estalos formando dos órdenes: el primero es bajo y el segundo se coloca en un plano más alto que el anterior. Ambos órdenes están finamente tallados, desarrollando unos espaldares de arrebatado lujo ornamental con estética gótica abstracta consistente en filigranas geométricas, sin imaginería, y una profusión de formas que son únicas para cada silla. El orden superior estaba destinado a los canónigos, huéspedes o personas seglares invitadas, o con derecho a sentarse en el coro. Los respaldares están separados por finas pilastras que rematan en agujas, y el conjunto, visto de lejos, parece uniforme decorativamente hablando, aunque luego, al observarlo en detalle, nos damos cuenta de esa individualidad ornamental de cada silla. El orden inferior del coro estaba destinado a los beneficiados y cantores, y sus respaldos, más reducidos, llevan también tracería entreverada de arcos góticos y círculos lobulados, sobre los que descansan los atriles de los sitiales altos. El decorado de las sillas bajas es de menor importancia que el de las superiores, aunque en algunos de ellos, en principio sin un orden determinado, aparecen algunos escudos, que son de los títulos eclesiásticos del Cardenal Mendoza, de su linaje familiar, y en un par de ocasiones aparece el escudo de Fernando Alonso de Coca, canónigo fabriquero del cabildo en el momento de construirse el coro.
Como los tableros para sentarse son giratorios, al levantarse aparece un segundo asiento, formado por un trozo de madera en forma de repisa o soporte conocido con el nombre de paciencia o misericordia, que servía a los canónigos para descansar cuando se estaba en pie; la mayoría están decoradas con motivos de capiteles y ménsulas lisas, aunque hay alguno con elementos antropomórficos, zoomórficos y fitomórficos. El de Sigüenza es, en este sentido, un coro sencillo, comparado con otros (Plasencia, Ciudad Rodrigo, Coria, Zamora, Toledo…) en los que la iconografía de las paciencias es extraordinariamente variada y de significados sorprendentes.
En este coro, el elemento más importante es la silla episcopal, puesta en el centro del nivel alto de sitiales. Es elegante y severa, y en su dorsal aparece tallado el escudo del comitente, el cardenal don Pedro González de Mendoza, tenido por dos ángeles, que conserva la policromía original, y los relieves de dos profetas bajo sendos arcos de medio punto. Este trono del obispo tiene pomos y una misericordia en la que aparecen tallados un par de individuos peleándose. Estas tallas de la gran silla coral seguntina fueron hechas por Rodrigo Alemán.
Rodrigo Alemán es un entallador de origen centroeuropeo, aunque hay quien le hace español, y algunos hasta han pensado que sería nacido en Sigüenza.
Comienza a trabajar en Toledo, en la catedral, venero de todas las artes, enclave donde nacen todos los grandes artistas españoles.
Viene desde Toledo a Sigüenza, donde le es encargado por el Cardenal Mendoza o sus gentes la talla de un púlpito en madera. Pero al morir don Pedro González de Mendoza, los canónigos prefieren que el púlpito sea hecho en alabastro, incluyendo los títulos cardenalicios que tuvo el Mendoza. El artista protesta por lo que le supone de pérdidas por el cambio de materiales, y entonces los canónigos (Alonso de Coca, quizás) le encargan que talle la silla episcopal, en madera. Con escudo, pareja de sabios, pareja de contendientes. Es obra de finales del siglo XV.
Luego Rodrigo se va a Ciudad Rodrigo y Plasencia, donde talla sus coros. En Plasencia, dice la leyenda que la Inquisición le condena a encarcelarle en la torre de la catedral, y allí se construye un artilugio de maderas al que le pega plumas de ave, para escaparse volando, y en el intento final, muere estrellado contra el suelo.
El debate entre la Sabiduría y la Estulticia es antiguo como el mundo. En la tradición bíblica/judaica, y en la estoica clásica de griegos y romanos, el choque de ambas posturas es directo y excluyente. Mientras que a la Sabiduría se la considera el motor de la paz interior, de la templanza y de la toma de decisiones éticas, permitiendo al hombre elevarse sobre sus instintos básicos, la Estulticia se asocia con la soberbia, la avaricia y otros vicios, más la impulsividad, la lucha, y la incapacidad de aprender de los propios errores. El neoplatonismo recoge estos conceptos de antiguo contemplados en la tradición filosófica medieval y los adopta sumándolos a la idea de un orden racional del mundo o «conocimiento universal».
Otra perspectiva que en el Renacimiento se adopta por parte de los más críticos es la que expresa Erasmo de Róterdam en su clásica obra “Elogio de la locura”: En ella propone la idea de la Estulticia como motor de la vida, y en un enfrentamiento irónico la pone frente a la Sabiduría, considerando la inutilidad del sabio y el valor de la ignorancia. Por esta, y otras cosas, la Iglesia rechazó siempre el erasmismo como una corriente en sí misma perjudicial.
El arte ha representado tradicionalmente a la Sabiduría (compendio de la Virtud, la Razón y el Orden Divino) y la Estulticia (la Ignorancia, el Pecado y la Irracionalidad) como una lucha alegórica. Se ha manifestado, desde la plena Edad Media en muchas portadas románicas, y sobre todo góticas, a través del triunfo de la Virtud sobre el Vicio, y eso es lo que parece representar esa doble escena en el coro catedralicio de Sigüenza. Colocadas ambas actitudes en el orden lógico de su consideración: arriba la Sabiduría y la Virtud, abajo la Estulticia y el Vicio.
Aunque sea anacrónico respecto a lo que en este trabajo analizo, quiero recordar la más contundente imagen de la estulticia que en el arte español se ha dado nunca, y es el cuadro “Duelo a garrotazos” de Francisco de Goya, incluido en sus “pinturas negras” y en el que dos hombres se golpean a muerte enterrados hasta las rodillas en el fango, representando lo absurdo de la violencia inútil y la destrucción mutua.
Pero en la interpretación del conjunto de imágenes emparejadas que ilustran esta silla episcopal, cabe aportar otra visión, más escolástica y quizá por ello más arcana hoy en día, pero no el siglo XV cuando se talló el conjunto. Esta sería la de considerar a la pareja de ancianos que hablan y muestran sus libros como la representación de la Concordatio, y a los dos fulanos que andan peleándose con palos y patadas en la paciencia, como la representación de la Disputatio. Esas dos actitudes, que en principio parecen opuestas, son en realidad complementarias en el proceso de análisis de la verdad, en el camino de la Filosofía. Porque muestran dos maneras diferentes, pero al final convergentes, de alcanzar la sabiduría: realmente son las fases complementarias de la investigación académica para resolver problemas intelectuales. Mientras que la Disputatio era el corazón del procedimiento escolástico en las universidades medievales, consistiendo en un debate formal y dialéctico para descubrir la verdad sobre un tema dudoso (su herencia, todavía viva, es la esencia de las Tesis Doctorales que hoy se presentan y defienden en las Universidades), la Concordatio era la culminación del proceso argumentativo, siendo su objetivo el resolver aparentes contradicciones entre textos, leyes y/o autoridades que parecían defender distintos presupuestos.
En cualquier caso, sea la dualidad Sabiduría vs. Estulticia, o la de Concordatio vs. Disputatio, la representación personalizada que Rodrigo Alemán tallara en la silla episcopal de la catedral de Sigüenza es hoy por hoy un monumento relevante dentro de nuestro patrimonio, al que debe dirigirse nuestra mirada, con poderío analítico, siempre que se pueda.
