POR FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE PARRES-ARRIONDAS (ASTURIAS)
Mediado el siglo XIX el pueblo de Arriondas solo tenía 125 habitantes y ocupaba el número 22 entre todos los pueblos del concejo. A todo el que pudiese trabajar se le impedía pedir limosna. A los forasteros que no tuviesen oficio o modo de vivir conocido se les expedía pasaporte para el pueblo de donde fuesen originarios. Los pobres nacidos en el concejo llevaban un documento y una chapa acreditativa para que los vecinos lo supiesen, mientras los que venían de otros lugares carecían de ella. Estremecedoras eran algunas historias de niños y niñas huérfanos y de personas ancianas.
– Algunos hornos de pan eran sancionados por fraude en el peso, de modo que se requisaba su producción y se repartía entre los pobres. Las tabernas tenían orden de cerrar a las ocho de la tarde en invierno y a las nueve en verano. Multados eran los vecinos de los pueblos que no acudiesen a la plantación comunal de árboles.
En 1846 el pueblo de Arriondas tenía sólo 26 vecinos (unas 125 almas o habitantes) y ocupaba el puesto número 22 entre todos los pueblos del Concejo de Parres según el número de vecinos Se consideraban vecinos todos aquellos varones que fuesen cabeza de familia, mientras el campo numérico de las almas expresaba la suma de personas que vivían en el mismo hogar, normalmente el matrimonio y los hijos, pero en algunas ocasiones había que añadir a la familia básica a hermanos, suegros, sobrinos, criados, etc.
Hay que tener en cuenta, además, los casos especiales de viudas, clérigos, célibes y nobles, entre otros.
La parroquia de Parres de mayor población, en 1842, era Viabaño, con 1.118 almas, seguida por Sto. Tomás de Collía, con 887 y los Montes de Sevares, con 837. San Martín de Cuadroveña tenía 165 vecinos y Castañera 96. En el concejo de Parres de hace ciento setenta y nueve años había 1.644 vecinos y 7.061 almas. En un bando municipal con fecha 7 de mayo de 1850 se hacía saber que: A todo el que pudiese trabajar se le impedía pedir y “a los forasteros que no tengan oficio o modo de vivir conocido, se les expedirá pasaporte para el pueblo de su naturaleza”.
Muchos no vivían en la pobreza, sino en la más absoluta miseria. La cantidad de personas que pedían limosna por pueblos y caminos era tal, que varios vecinos acudieron al Ayuntamiento solicitando que se les otorgase una credencial a los pobres del concejo, puesto que muchos de los que iban pidiendo por los pueblos decían ser de Parres, no siendo cierto.
Gran controversia provocó esa decisión, pero acabó tomándose. Los pobres del concejo llevaban un documento y una chapa acreditativa, mientras los que venían de otros lugares carecían de ella. Algunos concejales se dolían y escandalizaban de lo que veían por los caminos, con mendigos, tullidos y personas “que muestran sus llagas y enfermedades al transeúnte”.
Si al cronista que hoy escribe estas líneas le preguntasen cómo definiría a los que vivieron en el pasado de su concejo de Parres, la respuesta sería: trabajadores, muy pobres y solidarios. Se encoge el corazón con los miles (sí, miles) de casos de necesidades y privaciones de aquellas pobres gentes, según aparecen reflejadas en las actas del Ayuntamiento, tanto del siglo XIX como de la primera mitad del siglo XX.
Siempre el Ayuntamiento carecía de medios económicos, pero nunca para ayudar a sus vecinos pobres. La lista de “pobres de solemnidad”, con sus nombres, apellidos y lugar de residencia, era interminable cada año. Eran los interesados, sus vecinos o los alcaldes de barrio, quienes presentaban los casos a la consideración del alcalde y de la corporación correspondiente.
No he encontrado en el archivo ni una sola vez la excusa de que -por falta de dinero- no se les atendiese; pero ¡cuántas veces me he encontrado escritas expresiones como las siguientes!: “Para que pueda tomar aguas medicinales”; “para que se pueda trasladar al Hospital Provincial”; “para ayuda de este vecino que tiene que ingresar en la malatería (leprosería) de Vallobal, en Piloña”; “para que lo lleven a un hospital a Madrid”; “para que ingrese en La Cadellada”; “para que lo acojan en el Hospicio de Oviedo“; “para que pueda comprar unas muletas, unas gafas, una prótesis”; “para que compre algunos alimentos…”etc. etc.
La historia de algunos casos -especialmente la de niños huérfanos y ancianos- es, a veces, estremecedora. Además, el Ayuntamiento pagaba al farmacéutico de turno, trimestralmente, las medicinas que necesitasen los muchos “pobres de solemnidad”. Años hubo en los que, la partida dedicada a beneficencia, se agotó en los tres primeros meses del año, y tuvieron que acudir al “fondo de imprevistos”.
En otro orden de cosas y en el mismo contexto haremos notar que las tabernas (así se llamaban) tenían orden de cerrar sus puertas a las ocho de la tarde en invierno y a las nueve en verano, bajo multa si no se cumplía con el bando municipal hecho público el 7 de mayo de 1850. Además, en el mismo bando se anunciaban sanciones a quienes depositasen estiércol en los caminos; a quienes lavasen ropas en las fuentes; a los dueños de edificios, ruinas y paredes con amenaza de que su exposición causase alguna desgracia; a quienes no cuidasen las zarzas, árboles y otros cierres de sus heredades que estorbasen en los caminos a las gentes que pasasen a pie, a caballo o en carros; a quienes hiciesen cierres y ensanchasen sus fincas y propiedades con terrenos de dominio público (muchas fueron las denuncias por este motivo).
Multados eran los vecinos de los pueblos que no acudiesen a la plantación de árboles, los que diesen libre suelta a mulas y caballos “que no sean de marca”, o los que no cumpliesen la ley de pastos comunales. Sancionados eran quienes hiciesen préstamos especulando de manera usurera, o que abusasen con el fiado en el comercio de granos.
El Ayuntamiento intervenía cuando descubría inexactitud en pesos y medidas, algo habitual en ciertos puntos de venta, siendo los “tablajeros” (carniceros) y -muy especialmente- los panaderos, los gremios contra los que más protestas y denuncias se acumulaban. En algunas ocasiones -en medio de tanta miseria- se intervenían los hornos de pan, por mentir en el peso del mismo, y se requisaba su producción, la cual se repartía de inmediato entre los muchos pobres del concejo.
