MASCOTAS, HIJOS Y ESTADÍSTICAS TRAMPOSAS
Jul 31 2026

POR MARÍA DEL CARMEN CALDERÓN BERROCAL, CRONISTA OFICIAL DE CABEZA LA VACA (BADAJOZ).

                                               

En los últimos años se han publicado encuestas, reportajes y artículos que ponen el foco en un dato tan llamativo como aparentemente revelador: en algunos territorios hay más animales de compañía registrados que menores de cierta edad. La conclusión, a menudo insinuada y a veces formulada sin demasiados rodeos, es que las mascotas estarían ocupando el lugar de los hijos, como si una sociedad con muchos perros y gatos fuera necesariamente una sociedad que ha renunciado a la maternidad y la paternidad. Es una lectura vistosa, fácil de convertir en titular y muy eficaz para provocar conversación, pero profundamente equivocada. No porque los datos sean falsos, sino porque se los obliga a decir algo que en realidad no dicen.

Lo primero que conviene aclarar es que comparar el número de animales de compañía con el número de menores no permite extraer ninguna conclusión seria sobre el deseo de tener hijos. Son magnitudes distintas, elaboradas a partir de lógicas diferentes y referidas a realidades que no compiten entre sí. Un censo de animales registrados no mide proyectos de vida, del mismo modo que el número de menores de dieciséis años no mide por sí solo ni la fecundidad futura ni la voluntad de formar una familia. Convertir esa comparación en una especie de duelo entre mascotas e infancia es un artificio retórico, no un análisis demográfico.

La trampa empieza en el propio punto de partida. Cuando se afirma que en un territorio hay más animales de compañía que niños, se están enfrentando dos “stocks” administrativos que no son equivalentes. Por un lado, un registro de animales que incluye perros, gatos y otras especies, con sus altas, sus errores, sus bajas no comunicadas y sus peculiaridades administrativas. Por otro, una franja de población concreta, la de los menores de determinada edad, que responde a una dinámica completamente distinta. Que una cifra supere a la otra puede resultar sorprendente, pero no demuestra nada acerca de la relación entre ambas. Del mismo modo que el número de vehículos matriculados tampoco explica por sí solo la tasa de natalidad, el número de animales registrados no puede presentarse como prueba de que una sociedad prefiere cuidar perros antes que criar hijos.

Además, cuando se observan con un poco de atención los territorios en los que este tipo de comparaciones arrojan resultados más llamativos, aparece una explicación bastante más sólida que la de la supuesta sustitución afectiva. En comunidades con un fuerte peso del mundo rural, de la caza, del pastoreo o de las tareas de guarda, el número de perros registrados tiende a ser más elevado por razones que nada tienen que ver con la renuncia a la maternidad o a la paternidad. No todos los animales que figuran en esos censos responden al modelo urbano de mascota entendida como compañía doméstica y sustituto emocional de otras relaciones. Hay perros vinculados a actividades cinegéticas, a explotaciones ganaderas, a labores de vigilancia o a formas de vida en las que la convivencia con animales cumple funciones prácticas, tradicionales y laborales. Ese factor, por sí solo, altera por completo el sentido del dato.

También hay otro aspecto que suele quedar borrado por el sensacionalismo estadístico: las mascotas y los hijos no son categorías excluyentes. No existe una ley social según la cual quien convive con un animal renuncia automáticamente a tener descendencia, ni tampoco al revés.

Las familias con hijos tienen a menudo animales de compañía; las parejas jóvenes pueden adoptar un perro y seguir queriendo ser madres o padres; una persona que vive sola puede tener un gato y desear formar una familia; un hogar rural puede contar con varios perros y, al mismo tiempo, con hijos. Presentar ambas realidades como si fueran opciones incompatibles revela una visión empobrecida de la vida familiar y afectiva, además de una idea bastante rudimentaria de cómo funcionan las decisiones reproductivas.

Porque, si de verdad se quiere hablar de natalidad, fecundidad o deseo de tener hijos, el debate debería desplazarse hacia donde están las causas reales.

La caída de la natalidad en España no se explica por la presencia de animales en los hogares, sino por un conjunto de factores económicos, sociales y demográficos sobradamente conocidos: la dificultad de acceso a la vivienda, la precariedad laboral, la inestabilidad salarial, la falta de políticas eficaces de conciliación, el coste de la crianza, el retraso de la maternidad y la paternidad, la salida de población joven de determinadas regiones y el propio envejecimiento de la estructura demográfica. Es ahí donde se juega la posibilidad de tener hijos, no en la correa de un perro ni en el rascador de un gato.

Por eso resulta tan problemático convertir a las mascotas en una explicación cultural de la baja natalidad. Hacerlo no solo simplifica en exceso una realidad compleja, sino que además desplaza el foco de los verdaderos obstáculos que encuentran quienes sí querrían tener hijos y no pueden o no se atreven a hacerlo en las condiciones actuales.

Es mucho más cómodo culpar a una supuesta infantilización de los adultos urbanos, a una cultura del capricho o a un afecto hacia los animales que preguntarse por qué tantos jóvenes no pueden acceder a una vivienda digna, por qué formar una familia supone hoy una carga económica tan difícil de asumir o por qué la conciliación sigue siendo, en tantos casos, una promesa incumplida.

A esa simplificación se añade otro problema metodológico: ni siquiera los registros de animales son una fotografía perfecta de la realidad.

En España, como han señalado en numerosas ocasiones profesionales del ámbito veterinario, la identificación y el registro de animales presentan carencias, incumplimientos y desajustes. Hay animales que no están dados de alta, otros cuya baja por fallecimiento no se comunica y diferencias entre especies y territorios en cuanto al grado de cumplimiento de las obligaciones registrales. Es decir, incluso tomando por buenos los órdenes de magnitud, conviene recordar que estamos ante una aproximación administrativa, no ante una radiografía sociológica capaz de explicar la estructura afectiva de los hogares ni sus decisiones de reproducción.

La pregunta de fondo, por tanto, no debería ser si hay más mascotas que niños, sino qué se pretende insinuar cuando se formula así la comparación.

Si lo que se busca es analizar la natalidad, hacen falta estudios que comparen hogares, trayectorias vitales y condiciones materiales; que distingan entre tener hijos, querer tenerlos, posponerlos o renunciar a ellos; que crucen edad, renta, empleo, tamaño del municipio, acceso a vivienda y estructura familiar. Y, solo entonces, si se quiere, que incorporen la convivencia con animales como una variable más, no como una explicación automática ni como una caricatura generacional.

Las mascotas, la familia no humana, pueden formar parte de una vida plena, del mismo modo que los hijos también pueden hacerlo. En muchas ocasiones, ambas cosas conviven sin el menor conflicto. El error está en convertir una estadística llamativa en un relato moral sobre las prioridades de una sociedad.

Tener animales de compañía, tener familia no humana, no excluye el deseo de tener hijos, como tampoco tener hijos invalida el vínculo con los animales. Lo que sí excluye, con demasiada frecuencia, la posibilidad de formar una familia es la inseguridad económica, la falta de tiempo, la ausencia de apoyos y la sensación, cada vez más extendida, de que criar a un hijo exige unas condiciones que hoy demasiada gente no tiene.

Las estadísticas, cuando se utilizan bien, ayudan a entender el mundo. Cuando se fuerzan para sostener una tesis preconcebida, solo sirven para fabricar espejismos. Y uno de los más insistentes de nuestro tiempo es ese que enfrenta mascotas e hijos como si fueran bandos rivales de una misma batalla cultural. No lo son.

Lo que existe, en realidad, son sociedades con problemas demográficos serios, hogares con formas de convivencia muy diversas y personas que toman decisiones complejas en contextos muchas veces adversos.

Reducir todo eso a una falsa elección entre un perro y un niño no solo es demográficamente pobre: también es intelectualmente deshonesto. Es una falacia, una falsedad manifiesta y para el propio Gobierno una cortina de humo donde esconder los problema que no sabe o no quiere realmente solucionar.

FUENTE:https://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/5968825/mascotas-hijos-estadisticas-tramposas

Calendario

julio 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  

Archivos

UN PORTAL QUE CONTINÚA ABIERTO A TODO EL MUNDO