POR JOAQUIN MUÑOZ CORONEL, CRONISTA OFICIAL DE CORRAL DE CALATRAVA Y POZUELO DE CALATRAVA (CIUDAD REAL).
Hablamos de Córdoba… ¡Hablemos de Córdoba! De lo que fue luz para el mundo, su singularidad, su estilo, su clase, su Guadalquivir, sus platos y sus vinos… Pero sobre todo hablemos de su Mezquita-Catedral (Así quieren que la llamemos…). Porque lo es… nada que reprochar… Apenas porfiar… Sólo creer… Acaso ver también. Cosas de las que no ven los mortales, pero sueñan los elegidos. Como nosotros. Nadie puede amar lo que no conoce… Pues eso, voy a ver lo que nadie ve, para sentir lo que nadie sintió. Allí, en lo más invisible de la parte menos visible de la Mezquita, se nos descorre el velo, se precipita el cielo. Un pase privado.
Con Maribel -de Prosegur– como experta cicerone, con su Tablet en ristre. Mejor dicho en la cintura. Y las manos libres para gesticular, orientar, dirigir, encauzar al intrigado grupo… Un sonido de excepcional grabación, con perfecta sincronización de luces que se abren al paso de los afortunados visitantes nocturnos… ¡Ahí es nada! Tras cinco minutos de audiovisual, 55 minutos de recorrido por el interior de la joya-catedral. Me embarga la emoción. ¿Desde cuándo lo soñaba? Pero es ahora. Porque si la visión de la Mezquita-Catedral impresiona siempre, de noche extasía, sobrecoge, emociona, enaltece y hasta minimiza… He llegado y lo contaré.
La verdadera iniciación ocurre, cuando las puertas del templo se cierran para el resto del mundo, y la penumbra de la Mezquita se vuelve confidencial. Es allí, en ese bosque sagrado de arcos y columnas, donde lo invisible cobra forma. Entre el silencio estupefacto y la sombra complaciente, el cielo parece precipitarse bajo las cúpulas del mihrab. Las doctas explicaciones enmarcadas en una música casi celestial, lo dejan todo claro. No hay lugar para la duda ni para el debate: solo queda la fe en el arte, la contemplación pura, y el temblor reverente de saberse elegido para contemplar lo que la mayoría tan solo puede intuir… Imposible de reproducir. Preciso es vivir la experiencia en primera persona…
‘LA LLANA’ Y ‘LA SULTANA’
Córdoba posee cuatro inscripciones en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO (la Mezquita, declarada en 1984; el centro histórico cordobés; la Fiesta de los Patios, y la ciudad palatina de Medina Azahara). Pero en 2014, en el 775 aniversario de la conversión de la Mezquita en Catedral, ésta fue declarada igualmente por la UNESCO “Bien de Valor Universal Excepcional”. Una nueva calificación, de la que el Cabildo de la Catedral de Córdoba ha sido directo responsable, reconociendo que “el uso religioso del templo ha asegurado la preservación de un monumento, que viene cuidando escrupulosamente desde hace más de 775 años”. Y que promueve habitualmente, el conocimiento más completo de este excepcional conjunto monumental. Habiendo inaugurado recientemente, un completísimo ‘Centro de Interpretación de la Mezquita’, en el Patio de San Eulogio, dependencia del Cabildo frente al propio monumento de la Mezquita-Catedral.
No es posible cuestionar que toda la ciudad de Córdoba es una joya singular. Sin embargo, el alma de la ciudad se concentra inevitablemente en la Mezquita-Catedral. Entrar en ella es cruzar una frontera temporal. El bosque de arcos de herradura, bicromos en rojo y blanco, genera una perspectiva infinita que parece flotar sobre el visitante. La posterior inserción de la catedral cristiana en su centro, genera un contraste arquitectónico único en el mundo: el diálogo, a veces tenso y siempre fascinante, entre la sobriedad geométrica del Islam, y la verticalidad exuberante del Barroco y el Renacimiento.
Pero Córdoba es mucho más, es una ciudad con el murmullo del agua en la piedra, y la media docena de Iglesias Fernandinas, o templos medievales construidos por Fernando III ‘el Santo’, tras la conquista de Córdoba en 1236. Aunque Córdoba es también el aroma de mil jazmines y flores de azahar, damas de noche, geranios y gitanillas… Porque Córdoba no se pisa, se respira, al caminar por las calles estrechas de la Judería, el blanco encalado de las paredes rebota una luz limpia, casi cegadora, que solo se tregua bajo la sombra de los geranios en los patios. Esta ciudad, que en el siglo X fue el faro cultural de Occidente, bajo el Califato Omeya, conserva un misticismo que no se encuentra en los libros de historia, sino en el eco de sus esquinas.
Córdoba. Mezquita. Alminar y Patio de los Naranjos. Coronel
Alminar y Patio de los Naranjos del bello monumento / Coronel
A pocos metros, el Guadalquivir sigue su curso bajo los arcos del Puente Romano, ajeno a los aconteceres seculares y milenarios de la ciudad a la que abraza… Al atardecer, la piedra caliza se tiñe de un tono dorado, y los lugareños se mezclan con los viajeros, contemplando cómo el río arrastra los siglos, con la misma calma con la que Córdoba atesora y mima su legado.
CONVIVENCIA MÁS POSIBLE QUE REAL
A menudo se idealiza la Córdoba califal como el paraíso idílico de las «tres culturas», un lugar donde musulmanes, cristianos y judíos convivían en perfecta y utópica armonía. La realidad histórica, rigurosa y compleja, nos dice que aquella convivencia tuvo más de pragmatismo político y tolerancia tributaria, que de igualdad moderna.
Sin embargo, reducir Córdoba a un mito romántico es un error; restarle valor a lo que allí ocurrió, también. Lo verdaderamente revolucionario de Córdoba no fue la ausencia de tensiones. Fue el hecho de que, en una Europa sumida en la oscuridad medieval, una ciudad decidió que el conocimiento, la traducción de los clásicos, la medicina y la poesía, eran un terreno común en el que valía la pena encontrarse.
La Mezquita-Catedral es el monumento perfecto a esa complejidad. Hay quien ve en ella una profanación o un parche histórico; yo prefiero verla como una cicatriz hermosa. Es el testimonio físico de que las culturas no se anulan por completo, sino que se superponen, se contagian y, finalmente, se heredan. Córdoba nos recuerda que la identidad no es pura, sino un sedimento de muchas verdades pasadas…
DONDE HABITAN DOS CREDOS
La Mezquita-Catedral es el bosque donde habitan dos credos.O tal vez mucho más que dos… Hay lugares en el mundo donde la arquitectura desafía la lógica y se convierte en teología pura. La Mezquita-Catedral de Córdoba es, sin duda, el más imponente de ellos. Al cruzar el Patio de los Naranjos e ingresar al templo, el ruido exterior desaparece, sustituido por una penumbra inmensa, que alberga centenares de columnas de mármol, jaspe y granito.
Este espacio, concebido inicialmente por Abderramán I en el año 786, y ampliado sucesivamente por los califas omeyas, se diseñó como un reflejo del infinito. Sus famosos arcos dobles —que superponen un arco de medio punto sobre uno de herradura, alternando dovelas rojas y blancas— solucionaron un problema técnico de altura, pero crearon, de paso, un efecto óptico que da la sensación de un techo flotante y eterno. Al fondo, el mihrab brilla con mosaicos bizantinos que el oro aún hace resplandecer, orientando el rezo hacia el sur, un misterio geográfico que rompe la norma islámica.
Sin embargo, el gran giro dramático del edificio aguarda en su centro. En el siglo XVI, tras la reconquista cristiana, se construyó una catedral gótica, renacentista y barroca, justo en el corazón de la estructura califal. Carlos V, quien inicialmente autorizó la obra, pronunció al verla terminada una frase que quedó grabada en la historia: «Habéis destruido lo que era único, para hacer lo que se ve en todas partes». El emperador se equivocaba a medias: no se destruyó lo único; se fusionó con otra cosa, creando un híbrido arquitectónico que no existe en ningún otro rincón del planeta. Y logrando una perfecta conjunción entre la anchurosa horizontalidad del templo musulmán, y el ímpetu vertical del gótico catedralicio.
MÁS DE MIL COLUMNAS
La Mezquita-Catedral es un monumento que incomoda a los puristas y enamora a los heterodoxos. Durante décadas, su propia denominación ha sido objeto de debates políticos y religiosos casi identitarios: ¿Es Mezquita, es Catedral, es ambas cosas a la vez? La respuesta no está en los despachos, sino en el espacio físico. Intentar separar el alma islámica del cuerpo cristiano de este templo, es un ejercicio inútil que solo empobrecería su significado. Su valor universal no radica en la pureza de sus líneas, sino en la genialidad de su yuxtaposición. Es el reflejo arquitectónico de la historia de España: una historia de conquistas, rupturas, superposiciones y mestizajes.
La inserción de la nave cristiana rompe el ritmo hipóstilo (el orden de las columnas) de la mezquita original, es verdad; creando un choque visual casi violento. Pero en esa tensión estética reside su genialidad. En lugar de demoler el pasado para imponer el presente —la práctica habitual de la época—, los constructores encajaron un templo dentro de otro. El resultado no es un monstruo, sino una ‘tregua artística’. La Mezquita-Catedral es la prueba de que el arte puede dialogar por encima de los dogmas, y que la belleza más conmovedora nace, casi siempre, de la contradicción.
Pero ya que hablamos de columnas, este encrespado mar de fustes tan distintos, exige un pormenorizado estudio. El reputado Guía Turístico cordobés Nacho Calero Clavero, de la empresa Amedina. Córdoba, debidamente autorizado por el Cabildo, ha realizado dicho estudio: “Consideramos como estructurales todas las columnas que sustentan las arcadas (637), la fachada del oratorio (93), y el patio (62). La mezquita tiene 792 columnas que la soportan”. Añadiendo las de los lucernarios de Al-Hakam II: “96 en las tres cúpulas de la macsura (el recinto privado construido por este rey en el siglo X para su uso personal y el de su séquito durante la oración), y 36 en la del primer tramo de su ampliación, de menor tamaño pero parte fundamental del templo musulmán, totalizan 924 columnas estructurales”.
Y denominaremos secundarias o decorativas, a todas aquellas que forman parte de las capillas y altares distribuidas por la sala de oración (202) y por los muros perimetrales (123). “También incluimos las que embellecen el perímetro exterior, algunas de forma exenta, en sus muros, puertas y fachadas (138), y un fuste visigodo expuesto en el museo de San Vicente”. De este modo, según Nacho Calero, “podemos concluir que la Mezquita tiene 924 columnas estructurales, y 467 decorativas. En su totalidad, la Mezquita-Catedral de Córdoba tiene 1391 columnas.
ORIGEN DEL ARCO DE HERRADURA
Existe la creencia popular de que el arco de herradura —ese arco ultrasemicircular cuya curva se cierra más abajo de la mitad de su radio— es una invención puramente árabe traída desde Oriente. Sin embargo, la historia de la arquitectura revela un origen mucho más mestizo y cercano: cuando los musulmanes llegaron a la península ibérica en el año 711, el arco de herradura ya llevaba siglos aquí. El origen del arco, que hoy vemos repetido infinitamente en la Mezquita de Córdoba, responde a una evolución en tres fases:
1. Las primeras semillas (El Imperio Romano y Oriente)
Aunque algunos investigadores encuentran los ejemplos más antiguos, en estructuras ultrapasadas en la arquitectura persa (sasánida) y en zonas de Capadocia, los romanos ya jugaban con esta geometría.
Se han encontrado estelas funerarias del siglo II d.C. en el norte de Hispania, y relieves paleocristianos del siglo V en la Galia, donde ya aparecía la silueta de la herradura. Utilizada inicialmente como un recurso puramente decorativo o escultórico, y no tanto con fines constructivos.
2. El puente visigodo (La verdadera inspiración)
El salto del arco decorativo al arco arquitectónico estructural lo dieron los visigodos. Entre los siglos VI y VII, el reino visigodo adoptó este arco como su principal seña de identidad, en templos como la Iglesia de San Juan de Baños (Palencia) o Santa Comba de Bande (Orense). Cuando los omeyas comenzaron a levantar la Mezquita de Córdoba, sobre los restos de la antigua Basílica Visigoda de San Vicente, quedaron fascinados por la ligereza visual y la gracia de estos arcos. Astutamente, en lugar de borrar la tradición local, la absorbieron.
3. La perfección Omeya: El «Arco Califal»
El genio del arte andalusí no estuvo en inventar el arco de herradura, sino en perfeccionarlo y llevarlo a su máxima expresión estructural y estética. Los arquitectos cordobeses introdujeron modificaciones clave, que lo diferenciaron para siempre del visigodo:
Mayor peralte y cierre: El arco visigodo se cerraba sólo un tercio del radio; el musulmán se prolonga la mitad del radio, haciéndolo mucho más cerrado y ultrasemicircular.
La bicromía: Alternaron ‘dovelas’ (las piedras del arco) de color rojo (ladrillo) y blanco (piedra caliza). Este truco visual —copiado en realidad del acueducto romano de Los Milagros en Mérida— rompió la monotonía, y dio al bosque de columnas de la mezquita una sensación constante de movimiento.
El ‘alfiz’: O recuadro del mundo árabe. Enmarcaron el arco dentro de una moldura rectangular, convirtiendo un elemento puramente sostenedor, en un imponente lienzo decorativo.
En resumen, el arco de la Mezquita de Córdoba es el hijo perfecto del mestizaje: geometría con raíces romanas, adoptada por el mundo visigodo, y dotada de genialidad, color y matemática por el arte islámico.
GEOMETRÍA DEL CIELO EN LA TIERRA
Entrar en la Mezquita-Catedral de Córdoba por primera vez provoca un sutil ‘síndrome de Stendhal’. (Y diremos que El ‘síndrome de Stendhal’ o ‘síndrome de Florencia’, puede catalogarse como “la enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardíaco, felicidad, palpitaciones, sentimientos incomparables y emoción, cuando el individuo es expuesto a obras de arte, especialmente cuando éstas son consideradas extremadamente bellas”). Pues bien, en la Mezquita-Catedral puede llegar a afectarnos este síndrome, porque el ojo humano está acostumbrado a buscar las paredes, los límites, el final de algo…
Sin embargo, en este templo califal, la mirada se pierde en un laberinto de piedra, que parece expandirse infinitamente hacia los lados. Las columnas no son meros soportes: son los troncos de un bosque mágicamente petrificado. La gran revolución de este espacio ocurrió en el año 786, cuando los arquitectos de Abderramán I se enfrentaron a un reto monumental: debían construir un templo imponente, utilizando las columnas y capiteles romanos y visigodos que habían rescatado de las ruinas de la ciudad (incluida la basílica de San Vicente). Pero estas piezas eran demasiado bajas, para la altura que requería una gran mezquita… La solución no fue cambiar los materiales, sino desafiar a la gravedad.
Inspirándose en el acueducto romano de Los Milagros, de Mérida, los constructores idearon un sistema de doble arquería superpuesta. Abajo, el arco de herradura —heredado de los visigodos y estilizado por los omeyas— actúa como un tirante para dar estabilidad; arriba, un arco de medio punto eleva el techo a las alturas. Para aligerar el impacto visual de semejante mole, alternaron el ladrillo rojo y la piedra caliza blanca. El resultado es una obra maestra de la ingeniería medieval que, en lugar de transmitir el peso de la piedra, da la impresión de que el techo flota sobre las cabezas de los visitantes, como una carpa bicolor.
EL ORIGEN QUE NOS UNE
… Es también “el mito que nos separa”. Solemos caer en el error de compartimentar la historia en cajones estancos y limpios: aquí lo romano, allá lo visigodo, más allá lo musulmán. Y nos reconforta la pureza de las etiquetas, porque simplifican el pasado… Sin embargo, el ‘arco de herradura’ de la Mezquita de Córdoba es una bofetada de realidad, contra cualquier intento de chovinismo cultural o religioso. Que el elemento más icónico del arte andalusí no naciera en los desiertos de Arabia, sino en las iglesias visigodas del norte de la península, y en los relieves de la Hispania romana, es una maravillosa lección de humildad histórica.
Los Omeyas no llegaron para arrasar con la cultura local y empezar de cero; llegaron, miraron a su alrededor, admiraron lo que ya existía, y tuvieron la genialidad y la generosidad artística de mejorarlo.
Este arco es el símbolo perfecto de lo que de verdad significa la evolución cultural. No es una copia, ni es una invención de la nada: es una conversación entre civilizaciones a través del tiempo. Frente a la época actual, donde nos empeñamos en levantar muros identitarios, y buscar qué nos separa de los demás, el arco califal cordobés nos demuestra, que las obras humanas más bellas y duraderas surgen “cuando somos capaces de tomar lo mejor del enemigo, del vecino o del antepasado, y ponerlo a brillar bajo una nueva luz”. Como en Córdoba, “la llana y la sultana”.
FUENTE:https://www.lanzadigital.com/sociedad/mezquita-de-cordoba-de-todos-los-siglos-para-todos-los-dioses/
