POR BIZÉN D’O RÍO MARTÍNEZ , CRONISTA OFICIAL DE COMARCA DE LA HOYA (HUESCA)
Miguel Servet Conesa, villanovano del reino de Aragón, era una mezcla de autodidacta y de libre creyente, y esta independencia es lo que constituye precisamente su valor y su gloria, aunque igualmente constituirá su tragedia. En ella está contenido su prodigioso descubrimiento, aunque también el suplicio final.
Resultó sospechoso a católicos y protestantes tras su libro “De Trinitatis Erroribs”, que fue publicado en Haguenau en 1531. Por otra parte, en España, la Inquisición, la nobleza, y su propia familia lo consideran heterodoxo. De ello, nos queda como prueba irrecusable, un retablo expiatorio en el templo parroquial de Villanueva de Sijena dedicado precisamente a la Trinidad, no a Santa Catalina, como se ha dicho por algunos historiadores, realizándose esta ofrenda por unos horrorizados familiares de Servet que habían visto quemar su imagen por orden de la Inquisición ante las puertas de ese mismo templo, por ello, son quienes lo sufragan y es consagrado en 1558 solamente cinco año después de su ejecución, con lo que es previsible hubiera sido encargado al poco tiempo de su muerte en expiación de su libro “De Trinitatis Erroribus”. Retablo que está presidido en su cuerpo central por un lienzo con la imagen de Santa Catalina mártir, coronado por la representación de un descendimiento, y a ambos lados, representados la madre, Catalina Conesa, infanzona, viuda y su hijo Juan Serveto de Revés, Rector de Poleñino. El texto de la dedicación y el escudo de la familia.
Fue la publicación de este libro le que hace sufrir a Servet una sañuda persecución, haciéndole cambiar de apellido durante su permanencia en Francia, allí se hace llamar Michel de Villeneuve (Miguel de Villanueva) hasta que el mismo Calvino, al paso de Miguel por Ginebra camino de Italia donde esperan al perseguido en la casa franciscana de Porticella, olfatea la verdadera personalidad del aragonés antitrinitario, lo manda prender, y lo procesa como heresiarca, es decir, promotor de herejía.
¿Pero en que consistía la herejía de Servet?
En su negación de las tres personas de la Santísima Trinidad; pues según Servet; se trataba de tres aspectos diferentes de la Divinidad.
En su obra “De Cristianismi Restitutio” Servet ya se había manifestado libre creyente y en unos de los pasajes de esta obra, hace la descripción científica de la circulación pulmonar. Por otra parte, importantísima había sido la colaboración de Miguel Servet a la “Geografía de Ptolomeo”, una obra considerada en la Edad Media como verdadero monumento de ciencia y que las sucesivas ediciones con la incorporación de algunos relatos apócrifos y demenciales añadiduras, habían llegado a falsear el texto auténtico. Trabajo que le fue encargado por los hermanos editores Melchor y Gaspar Trechsel deseosos de restituir el texto primitivo de Ptolomeo y al cual se entregó Servet haciendo eruditas investigaciones. Eliseo Rude asombrado de la ciencia geográfica del aragonés, aseguró de él que era “uno de los hombres de adivinación científica de los que, apenas se encuentran diez o doce en la historia de toda la humanidad”.
En 1537, Servet, aconsejado por Sinforiano Champier, se había trasladado por segunda vez a París para estudiar medicina. Allí escribe su conocido Tratado Universal sobre los Jarabes, el “Syroporum Universa Ratio” del que se imprimieron varias ediciones.
Calvino acusó al pensador aragonés del panteísmo. Castelar, que dijo que “Servet es el Copérnico de la fisiología, como Copérnico es el Servet de la Astronomía”, es igualmente quien nos relata en su obra “La Revolución religiosa”, como yendo a visitar Calvino el reformador, el acusado, dio con el pie en el suelo y preguntó: ¿Te atreverás a decir que este suelo que piso es Dios? ; ¿Puedes dudarlo? Replicó el testarudo aragonés.
Calvino para acumular los cargos sobre la cabeza de su perseguido, le llegó a acusar de hombre de costumbres disolutas, calumnia inútil y no comprobada, porque existían numerosos datos referentes a la laboriosidad y bienhechora vida del aragonés. Por ora parte, Servet había escrito a Calvino 17 cartas confidenciales “sub sigillo secretie” con las que el reformador traicionó a Server entregando esta correspondencia al Tribunal laico de Viena al objeto de que encontrara argumentos decisivos para condenar al autor.
El 26 de octubre de 1553 se pronunció el fallo en el que se condenaba: “Miguel Servet Conesa, convicto de herejía y de blasfemias, se le condena a ser conducido a Champel y allí a ser quemado vivo, y sea ejecutada la sentencia mañana y sus libros quemados”.
Aquél trágico mañana resultó que era domingo, día en que no se ejecutaba a los reos; pero la feroz ira e impaciencia de Calvino intentando acabar lo antes posible con el aragonés (su víctima), prescindió de esta consideración legal.
Así fue como en el amanecer dominical del 27 de octubre se consumaba una de las mas espantosas iniquidades que se han registrado en la Historia.
Servet creyó que todo lo que puede ser pensado puede ser dicho y lo que puede ser dicho, puede ser hecho. Así fue que acababa de cumplir veintiún años y tenía tal inquietud que Lutero dijo de él, con escaso espíritu de tolerancia cristiana, que: “ Servet merece le sean arrancadas las entrañas de su cuerpo viviente”. La muerte de Servet no fue el primer asesinato religioso de la Historia, pero sí es el primer suplicio que despertará las conciencias en el mundo Cristiano acerca de la injusticia que supone cercenar la libertad de pensamiento. Pronto otros humanistas, con Sebastián Castellio a la cabeza, mostrarán públicamente su indignación por la muerte de Servet. En su Contra Libelum Calvinum (Contra el Libelo de Calvino), el clérigo protestante Castellio escribirá una de las más bellas diatribas o improperios en contra cualquier intento de acallar la palabra por medios represivos:
“Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna doctrina, sacrificaron a un hombre. Y no se hace profesión de la propia fe quemando a otro hombre, sino únicamente dejándose quemar uno mismo por esa fe”.
FUENTE: EL CRONISTA
