POR JOSE LUIS ARAGON PANES, CRONISTA OFICIAL DE CHICLANA DE LA FRONTERA (CÁDIZ).
El pan, tan imprescindible en la mesa en otros tiempos, fue la mecha que incendió a la villa para amotinarse en la noche del 9 de mayo de 1842, tal día como hoy. Un arbitrio que también incluía otros artículos de consumo de primera necesidad con el que no estaban de acuerdo la mayoría de los vecinos, impuesto por el Cabildo para cubrir un déficit que desde había tres o cuatro años entre ingresos y gastos, más de 80 000 reales.
De esta manera, se recargaron a la hogaza de pan con dos cuartos y un cuarto por cada cántaro de agua. El descontento surgió de entre las mujeres, según decía la prensa excitaban a sus maridos y hermanos «para que se rebelasen contra la esacción [exacción] (…) era ya un gravamen sobrado duro y demasiado terrible para el pueblo; el modo de su esaccion [exacción] era aun más tiránico y absurdo: parece que en cada panadería había una especie de alguacil ó sobrestante para cobrar el arbitrio no de las hogazas que se vendían, sino de las que se amasaban».
Todo comenzó aquella noche con la reunión de «un grupo de personas desarmados, la mayor parte gente del campo, y fueron á gritar á la puerta del ayuntamiento [calle de la Plaza junto a la iglesia de san Telmo] “abajo el alcalde Gil, abajo los arbitrios”. Acudieron después a casa de un anterior alcalde, Fernando Casas, para que interviniera, pero declinó, por lo que fueron a casa de un concejal, Pedro Tocino, que pidió que se dispensasen prometiendo hacer lo posible para atender su petición ante el alcalde.
El alcalde liberal, Gil Sánchez, «trató de reunir a la Milicia; pero no acudieron los milicianos». La negativa le llevó a telegrafiar al Jefe político [actual subdelegado del Gobierno] y este mandó al gobernador militar de San Fernando para que enviase la Milicia o un batallón de Marina, y de El Puerto de Santa María, una fuerza de cuarenta lanceros a caballo.
Y todo se precipitó en los siguientes días: provocaciones, cargas contra los vecinos, prisioneros, heridos… y muertos. Ha sido la mayor asonada conocida contra la autoridad a lo largo de la historia de Chiclana.
