POR FULGENCIO SAURA MIRA, CRONISTA OFICIAL DE FORTUNA Y ALCANTARILLA (MURCIA).
Con estas premisas bueno es bajar de la atalaya donde se vive y tomar la calle, una vez que el ascensor nos deje en libertad de miradas y comencemos a observar los mensajes de la barriada pasando por las sombras de las acacias con su verde primaveral, llegar a los confines del río y ver los reflejos de los pocos árboles salvados del viejo Parque de Ruiz Hidalgo que nos envuelve en añoranzas juveniles, cuando ya la vejez, como dice Seneca, nos invade sin el remedio de atajarla. Pues que enseguida damos con el Puente Nuevo o de Hierro, trayecto necesario para dar con la ciudad que nos ilustró en la juventud. Un puente que se inicia el 27 de abril de 1893 y se acaba en den 1901, que se hace por iniciativa de Don Joaquín López Puigcerver y Don Angel Giménez Baeza jefe del Partido Liberal. Puente del que se hace una copia exacta por Diego Tomás Celdrán con sus 24. 000 piezas que se expone en Valencia. Dos nombres de enjundia, Lopez Puigcerver (1841-1906) que lució en la época de María Cristina y Alfonso XIII. Diputado por Murcia. De suyo Giménez Baeza personaje liberal y excelente médico que fuera alcalde deja una huella imborrable en la ciudad; personajes ambos que contribuyen a su engrandecimiento, las calles que los reconocen quedan como referencias necesarias
Frente al Puente de los Peligros que es un mirador hacia el río se advierten edificios, unos persisten en sus rasgos de una arquitectura modernista bajo el estilo del arquitecto José Antonio Rodriguez, autor prolífico de excelente memoria. Regocija a la mirada el empaque de las construcciones de ladrillo rojizo que no cuadran con los edificios colindantes que se prolongan a derecha e izquierda. Lo que confirma la falta de una planificación sincronizada, que deja de funcionar en los años cincuenta, momento en el que se rompe de un tajo la ciudad. Queda en el lateral derecho que converge con el Ayuntamiento y Gobierno Civil, el edificio de la Convalecencia proclamando su crónica plena de efemérides, fundado por el Chantre Rivera en 1912. El cronista José María Ibáñez nos ha dejado su historia a partir de ese año, su fin era ser un centro de la salud de los clérigos que recuperados del Hospital pasaban al mismo, hospital sito en San Juan de Dios del que tan solo queda su memoria. El edificio poseía capilla cuidada por las monjas, donde se hizo la primera misa en 1915. Pasa por diferentes etapas estudiadas por Rafael Fresnada ( 5), desde su origen a 1987 en que forma parte del Rectorado universitario, hospital que con anterioridad acogió a los soldados del desastre de Annual, convirtiéndose en refugio en 1936. La estructura del edificio, portada, balcones y laterales proporcionan amables secuencias dignas de contemplarse y más cuando se observa desde una perspectiva adecuada. Hoy se puede contemplar con sus cuatro bolas que nos dejan viejos sabores costumbrista
Cabe sin duda una reflexión a este respecto al señalar el edificio de la Convalecencia como signo de una evolución urbana que va a dar aire renovado en su reforma de del siglo XX, como centro de cultura, cita de intelectuales que como Vargas Llosa le inyectan savia revitalizadora. Un edificio consolidado que carga tintas en una excelente arquitectura desde la autoría de José Antonio Rodríguez, y como medio de relación social. Su misma situación señala un espacio colindante con el río, eje de comunicaciones edilicias que van designando un viejo trazado urbano transformado que conocimos en la niñez con sus calles estrechas como la de Escopeteros a la espalda del edificio comentado, untada de penumbra que los viejos faroles aliviaban a los pocos transeúntes que se deslizaban por allí con el cuidado de no caer de bruces al empedrado de sus calles. Que por su trayecto evocador del gremio aludido se incide en otros al llegar al escueto jardín que mantiene el busto de Rubén Darío envuelto en soledad de ciprés que llora sus noches noctívagas entre el ruido del tráfico implacable que estalla por la avenida del Teniente Flomesta colindante con el centro de la Cruz Roja abatido por la soledad. Una institución que se constituye en la ciudad en 1873 instada por don José Meseguer Huerta.
UNA MIRADA AL BARRIO DE SAN JUAN
Bien vale inmiscuirse por los recovecos, aledaños que nos lleva a saborear lo que fue el barrio de San Juán de Dios evocando la presencia del Hospital con su vieja portada, ya desaparecido en el sitio donde quedaba el Alcazar Nasír de resonancia arabesca. Hospital al que se refiere fray Juan de Dios en su obra de 1716 consecuencia de una subasta de terrenos en la plaza de Santa Catalina, lugar que fuera Santa María la Real donde estaban los restos del Rey Sabio que se trasladaron después a la catedral. Templo de San Juan de Dios que ocupa la sede del Cristo de la Salud que podemos admirar en procesión la noche del martes Santo, talla del siglo XVI de gran devoción (6).
Deja trazas la iglesia del siglo XVIII en un ritmo ovalado que cobija una imaginería religiosa tan bella como profunda con retablo de jaspes y mármoles y obras de Sistori y Gonzalez Moreno. Museo recogido que salpica a quien lo contempla una estética angelical que embriaga el alma. La portada con sus dos torres es una viñeta romántica que trasciende la plaza, deja encuadres en perspectivas cercanas. Pormenorizar su estructura sería afincarse en su interior en contemplación personalizada, lo que llamamos inmiscuirse entre piedras metafísicas como reducto de un más allá. La ciudad inserta zonas religiosas para espíritus selectos, monumentos históricos, espacios de ocio, jardines en una conjunción de buen convivir. Los recodos, calles que se unen a la plaza dejan restos de un pasado dieciochesco unido al Arco del barrio y la Casa Asilo hoy de Jesús Abandonado, cita de los vagabundos y pobres de solemnidad que están a la espera de la sopa boba.
Un conjunto de calles nos llevan a diversas direcciones para avistar zonas urbanas de la mejor estirpe junto al Palacio Episcopal dieciochesco con el blasón de curioso formato y la socializada plaza del Cardenal belicoso, autor de fundaciones luminosas en la región, alma de la potencia estético religiosa de la catedral, inmensa mole de piedras sagradas, efigie fáctica del Obispado de Cartagena. Bueno es apartarse un tanto de la hipérbole y lisonja de los monumentos que nos colman de pasión, y asistir a realidades que nos ciñen a mantener sentimientos contrarios en nuestro curso por la ciudad.
Vale el entusiasmo ante los relajos urbanos contemplativos, que la plaza del Cardenal lo merece por su profusión de edificios, significado de los mismos, asiduidad en su delectación de la gran mole que nos impacta sobremanera, lo que exige un relato desde dentro. Cuando lo urbano se hace referencia cabe asimilar lo esencial, entronizar con el pasado, indescifrable cuando se dispersan sus renglones deshaciendo el entorno que lo comprende, como difuminando su elocuencia enlazando con aledañas calles y plazas que presentan una semiótica ciudadana diversa.
ANGULOS CATEDRALICIOS
El cronista puede circunvalar la plaza catedralicia rozar espacios que rondan con la de Cetina que contiene los nombres de señeras figuras murcianas, descargar anécdotas en los muros colaterales catedralicios cabe sus portadas más señeras que nos lleva al mágico ábside de la capilla de los Vélez en un afán de inundarse de sensaciones estéticas, aunque también recibir destellos de monótona fealdad en sus construcciones desmadradas colindantes, o simplemente estrambóticas…El circulo urbano de la catedral, torre e imafronte, emana rayos de belleza inundando sus ángulos como un clamor que subyuga. Se puede escribir lo que se desee sobre el monumento que acoge a los cuatro santos murcianos, vocear la hermosura del conjunto, más si no se sabe mirar esta pieza de piedra sagrada, fundirse el espíritu en su alma, llenarse de esa luz dorada del sagrado sol de todos los días, integrarse en su interior entre las gasas que los rayos funden en sus vidrieras, es imposible conocer el don que contiene esa angular piedra dádiva del Sumo Creador, inspiración de una mente sensible e iluminada como la de Jaime Bort que en su estancia en la ciudad desde octubre de 1736 a 1748, dejó su legado de artista genial combinando sus dotes de arquitecto escultor, y también de urbanista visionario. Sus obras urbanas son piezas de la más prístina traza del barroco urbano que se perfilan reveladoras de un modo de hacer desde dentro, tan necesario para entender su legado barroco acomodado a las necesidades de la época, unos gustos del clamor popular vertidos entre los espacios que identifican el Puente Viejo y la plaza de Camachos, rotundo emblema de un goce de la mirada y de la fiesta.
Todo un siglo de fiebre constructiva consolida el estilo autentico desde los ensamblajes secretos de un barroco vivo que es de espectacularidad ciudadana, donde la potencia del movimiento deja cabida al auto representativo presidido por la gran portada, frontera hacia lo imposible investida de alados ángeles regordetes y rostros de cielo entre coros y danzas de maternal virginidad, como en los lienzos y música sinfónica de un arte de máxima religiosidad, Se puede adivinar en ello el sentimiento expansivo de una forma de enfocar el mundo por el artista blandiendo sus armas en delectaciones varias donde la escultura se arrima a la arquitectura en amigable convivencia, pertinaz desasosiego que se eleva al infinito y deja sugerencias anímicas.
Es la potencia espiritual la que da rango a los edificios con el relumbre de lo noble, categoría inherente en el ser del murciano. La nobleza perfila su empaste dignificada en los blasones que asoman sobre viejas construcciones, la mayoría desaparecidas como sus mansiones, palacetes que son estancias amparadas por el sonoro repertorio de una cultura asimilada, fragancias de lejanas épocas sostenidas por el flujo de una sensible calidad de ser humano. Moradas de la anciana ciudad de leyendas y lecturas recogidas en la paz del hogar, palacios a la hechura de familias ilustradas en las convicciones de sus antepasados que se pierden en los anales de la historia, academias refrendadas por el paisaje de bonanza de los jardines de huerta donde surge la poesía y el coloquio de amadores junto al perfume de los naranjos bajo la efigie de Polo de Medina.
El siglo XVIII marca en la ciudad un hito desde el flujo del arte y la convivencia sujeto a veces a lamentables sucesos que dañan la economía y desdora la afluencia de gente, atracción de los mercados y otras oportunidades una vez que los gremios van desapareciendo, en especial el de la seda cuya marca queda `patentizada en la fábrica de la Piamontesa que testifica la bella portada de la casa de los Nueve Pisos.
. Se abre en ese tiempo un caudal de fuentes de estética urbana de grandes referencias que van a marcar su personalidad, bastas con gozar de algunas obras de la mejor estirpe de la ciudad nazarí que ha ido dejando en el aire su don de ciudad arábiga.
NOTAS BIBLIOGRAFICAS
- M.l. Colean es un urbanista investigador de la ciudad que se introduce en sus raíces, no solo históricas, mas a su vez recalca los males que la abaten en este tiempo de civilización en progreso, con lo que se une a los urbanistas que instan recrear la ciudad desde la razón planificadora, lo que vale en nuestro ensayo sobre la ciudad.
- Brix. “ Urbanismo”.1924.
- Apelamos a lo viejo, antiguo, como una necesidad de respetar el casco histórico de la ciudad , todo lo que fue y expresa a lo largo de los años. Nos referimos a los angostos callejones, plazas recoletas, edificios selectos perdidos por la máquina destructora.
- Pasquier. “ Los abogados del paisaje”.E.E.V.L.1943
- R. Fresnada” convalecencia en Murcia, referencias históricas”.
- Fray Juan Santos.”Crónica Hospitalaria de San Juan de Dios”.1716.
- Nos referimos al magnífico Cristo de la Salud con sede en San Juan de Dios, con la Cofradía de la Pontifical, Real, Hospitalaria y Primitiva Asociación del S. C. de la Salud, cuyo origen data de 1540 con la presencia de Mateo Lang que la instituye, después con el Obispo Sanahuja y Mrcé se recupera la cofradía y sale en procesión en 1957. EL Cristo parece ser obra de Gutierre Gereiro.
FUENTE: CRONISTA F.S.M.