MURCIA CONQUISTA CON NUESTRO ENTIERRO LA QUINTA AVENIDA
Oct 11 2026

POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.

                                                   

Hay ciudades que necesitan levantar monumentos para explicar quiénes son. A Murcia le sobra tanta tontería. Porque tiene una matrona en la fachada del Almudí que lleva siglos contando lo que significa apartar al hijo que amamanta para darle su teta, que así se llama, al extranjero. Representa esa incontestable virtud murciana de abrir los brazos al que llega, incluso cuando el necesitado no lleva nuestra misma sangre. Ni falta que le hace. En dos semanas estará disfrutando de nuestra generosidad como si hubiera nacido en La Albatalía. Porque Murcia no pregunta de dónde vienes antes de echarte una mano.

En este mismo instante, cerca de doscientos sardineros ya están en Nueva York. Allí, en la Quinta Avenida, desfilarán el próximo domingo, en la celebración del Día de la Hispanidad, llevando consigo una de las fiestas más singulares de España.

Podrían limitarse a pasear sus trajes, exhibir sus colgantes y regresar con unas cuantas fotografías para el recuerdo. Pero los sardineros tienen una costumbre que los delata: allí donde van, reparten juguetes, que son sinónimo de ilusión y confraternidad. Y eso cambia por completo el sentido del viaje.

No hay mejor embajada que aquella que solo habla de las virtudes de su tierra, que son muchas, sino que las practica. Y pocas maneras más espléndidas de representar a una ciudad que llevar un regalo para un niño al que seguro no volverás a ver, cuya lengua no entenderás y cuyo nombre nunca llegues a conocer. Ni falta que hace.

Dar sin esperar nada a cambio. Esa es la esencia de esta bendita Murcia que lo demuestra en su Semana Santa, en sus Fiestas de Primavera y su magnífico Bando de la Huerta y cuando llega la Pascua, que no pocas bandejas de dulces se reparten al son de aguilandos.

Regalar, señores, por la sencilla razón de hacerlo, de que hay alguien al otro lado que puede sonreír. Eso, que parece tan fácil, es una de las cosas más difíciles de encontrar en un mundo empeñado en ponerle precio a casi todo.

En el desfile de este año, el del 175 aniversario, se repartieron más de dos millones y medio de juguetes. La cifra impresiona, desde luego, pero a mí me interesa más lo que esconde. Detrás de cada regalo hay una voluntad de compartir. Detrás de cada gesto, una manera de entender la fiesta como algo que no termina en uno mismo. El sardinero disfruta, sí, pero disfruta sobre todo haciendo disfrutar. Y esa diferencia, que pudiera parecer pequeña, explica muchas cosas.

Ahora llevarán esa misma generosidad hasta Nueva York. Daría años de la vida de cualquier de ustedes, queridos lectores, porque ya no ando sobrado en años, por presenciar ese desfile en la Roma de estos tiempos. Aquella inmensa urbe está acostumbrada a contemplar espectáculos de todos los rincones del planeta, vale.

Pero sospecho que quedará sorprendida ante la generosidad de un pueblo remoto al que, por cierto, sus antepasados ayudaron mucho tras la riada de Santa Teresa, un 15 de octubre de 1879. Pero me encanta pensar en esos juguetes cruzando el Atlántico. En la imagen de un niño neoyorquino recibiendo un obsequio de manos de un sardinero murciano. En ese instante, por breve que sea, la distancia entre la plaza de Belluga y la Quinta Avenida deja de tener importancia. Murcia cabe en un regalo. Y a veces una ciudad entera cabe en la sonrisa de un niño.

Hay una frase del historiador murciano Juan Torres Fontes que merece regresar a nuestra memoria cuando hablamos de estas cosas. Al referirse a la Matrona del Almudí, la describió como «la expresión simbólica de la tradicional caridad murciana». No hace falta añadir explicaciones. Ahí está la idea: una virtud que no se proclama, sino que se demuestra; una generosidad que no necesita aplausos para existir, aunque bien merezca nuestro reconocimiento.

Y es que el orgullo de ser murciano no debería medirse únicamente por la belleza de nuestros monumentos, la antigüedad de nuestras tradiciones o la capacidad de nuestras fiestas para llenar hoteles y titulares. Todo eso importa.

Pero hay otra medida mucho más humana: lo que somos capaces de dar a los demás. Sin sentir miedo a proclamar lo que somos: un pueblo de gentes sencillas que hacen cosas extraordinarias. Prueba de ello será el desfile del próximo domingo.

Por eso me parece tan importante esta aventura neoyorquina. Y la conozco bien, porque Pablo Ruiz Palacios, al frente de la Agrupación Sardinera, se ha dejado la vida por cruzar el charco y darle sopas con onda de juguetes y ilusión a aquellas gentes.

Porque los sardineros no llevan únicamente una sardina imaginaria, un pito o el colorido de nuestras carrozas. Llevan una forma de entender la vida que nos honra. Una manera de celebrar que no consiste en guardar la alegría para nosotros, sino en repartirla entre quienes quieran recibirla. Y, de paso, recuerdan que las tradiciones populares no son piezas de museo: siguen vivas mientras haya personas dispuestas a trabajar por ellas y a compartirlas con los demás.

Porque hay quien cruza el océano para hacerse ver. Y hay quien lo cruza para regalar. Los sardineros pertenecen a esta segunda estirpe. Que la Quinta Avenida se prepare. Este domingo, Murcia no irá a Nueva York solamente a desfilar. Irá a demostrar que la alegría también puede ser generosa, que la tradición puede tener un corazón enorme y que repartir juguetes es, en el fondo, una forma muy seria de repartir esperanza en este mundo de locos.

Y si alguien pregunta qué tiene Murcia para ofrecer al mundo, que mire a los sardineros. Que vea sus manos repartiendo regalos. Que escuche las risas de esos niños que, por vez primera en sus vidas, abrirán los ojos y extenderán las manos como cualquiera de nosotros, quienes hemos tenido la dicha de nacer aquí, lo hicimos de pequeños. Después, si todavía le quedan dudas, ya le explicaremos dónde está Murcia en el mapa.

FUENTE:https://www.laverdad.es/murcia/ciudad-murcia/lamurciaquenovemos/murcia-conquista-entierro-quinta-avenida-20261010084425-nt.html

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