POR ANTONIO LUIS GALIANO LOPEZ, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA (ALICANTE).

Este topónimo imaginario, a la vez lleno de realidad, fue acuñado por el novelista Gabriel Miró. Alicantino, por su lugar de nacimiento el 28 de julio de 1879, alcoyano por parte de su padre el ingeniero de Caminos, Juan Miró Moltó y oriolano por parte de madre, Encarnación Ferrer Ons. El cual falleció en 1930. Lapso temporal, en que la Historia de España vivió los momentos de la Restauración, el reinado de Alfonso XIII como Monarquía Parlamentaria desde 1902 a 1923, y la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera. Sin olvidar las crisis de 1898 y 1917, la Primera Guerra Mundial y la Guerra de África.
Por parte de Orihuela, en los primeros años de vida de Gabriel Miró, estuvo presente la Riada de Santa Teresa de 1879 y sus consecuencias económicas, y la llegada del ferrocarril. Hecho que sucedió, en 1884, y que era como una esperanza de progreso, viéndose en ello una posible mejora económica al favorecerse el comercio con diferentes poblaciones, permitiendo la salida de los productos agrícolas y manufacturados hacia otras tierras.
Por entonces, la antigua Universidad oriolana ya inexistente para enseñanza superior, estaba regida por la Compañía de Jesús como Colegio Santo Domingo, en el cual Gabriel Miró desde 1887 a 1892 fue alumno interno. Cosechando, debido a la rigidez de las técnicas didácticas de los jesuitas un mal sabor de boca en sus recuerdos infantiles que, indudablemente quedarían reflejados en algún momento de sus novelas.
En ellas, «Nuestro Padre San Daniel» publicada en 1921 y en 1926 «El obispo leproso», el escenario en el que se desarrolla el argumento, es como decía la imaginaria Oleza, trasunto de Orihuela, al igual que el río que la abraza es el Segral (Segura), el colegio es «Jesús» (Santo Domingo) y el ferrocarril (F-O-C-E). Los personajes, en muchos casos son reales a pesar de sus nombres imaginarios. A veces, refiere momentos vividos por ellos utilizando la técnica de licencia histórica, como en el caso que narra al descubrir el obispo de su novela a los pajes jugando a los naipes en el tinelo, cuando en realidad este hecho está atribuido a Antonino Sánchez de Castellar, prelado que gobernó la Diócesis de Orihuela, entre 1679 y 1700.
La primera novela de Oleza, aparentemente no creó ninguna polémica. Sin embargo, la segunda dio lugar a controversias motivadas por antagonismos no sólo literario sino también ideológicos. Lo cierto es que el mismo año de su publicación y hasta mediados de 1927, la prensa de Madrid en primer lugar publicaba artículos contrarios como los de Juan Chevás, Melchor Fernández Almagro, Ernesto Giménez Caballero y Ortega y Gasset, entre otros. Estos dieron lugar a un movimiento a favor del novelista, que desde el «Heraldo de Madrid» se promovió un homenaje para resarcirlo de las críticas que había tenido, sumándose para ello, entre otros, Juan Ramón Jiménez, Ramón María del Valle Inclán y Ramón Pérez de Ayala.
En muchos casos, lo que sucedió fue una reacción clerical, que se traducía en una defensa hacia los jesuitas. De hecho, a Gabriel Miró le llegaban los recuerdos de niño en el internado del Colegio Santo Domingo (Jesús en su novela, como decíamos), y algunos malos momentos vividos en el mismo. A nivel oriolano, se interpretó que la novela atacaba a Orihuela y sus gentes, lo que motivó una reacción en contra suya por parte de Justo García Soriano, en la prensa local.
A modo de ejemplo, podríamos recordar uno de los hechos que podría haber justificado la discrepancia ideológica ocasionada, que tiene como motivo el color del pelo de traidor Judas Iscariote, que iconográficamente se había considerado que era pelirrojo, lo que probablemente pudiera tener su origen en la cita evangélica de San Lucas (22, 3), «entró Satanás en Judas», y que así fuera representado por los artistas siguiendo la trayectoria simbólica: rojo-fuego-Infierno-Satanás-Judas.
El hecho a que nos referimos acaece en «El obispo leproso», concretamente en la escena que se desarrolla en el jardín de Lourdes del «Jesús» (Colegio Santo Domingo), en que el imaginario monseñor Salom, que en realidad era el capuchino Francisco de Orihuela, en el siglo Francisco Simón Ródenas, nacido en La Aparecida el 30 de septiembre de 1850 y que falleció en el convento capuchino de Santa María Magdalena de Massamagrell (Valencia) el 22 de agosto de 1914.
El 30 de julio de 1904 fue preconizado obispo de Santa Marta en Colombia por Pío X, tomando posesión de la Diócesis el 6 de noviembre de dicho año. Estando efectuando una visita pastoral por aquellas tierras en la que evangelizaba a los indígenas, cayó de un caballo y lastimado se vio obligado a regresar a su patria el 10 de septiembre de 1912, presentando su renuncia como prelado, siendo nombrado como obispo dimisionario de Equino.
Regresando al hecho novelado por Miró, Monseñor Salom iba a ser obsequiado con una comida en su honor, estando acompañado por su familiar y el guardián de los Capuchinos de Oleza, (en la novela P. Francisco de Agullent), «docto botánico, corpulento, de barba bellida». En cierto momento, el jesuita padre Neira, profesor de Física, «murmuró con voz muy delgada»:
– «Repare, monseñor, que el P. Francisco de Agullent: tiene la barba roja, como Judas.
El capuchino tocó suavemente sus vellones bermejos, y dijo con simplicidad:
-¿De veras, de veras que resulta comprobado que Judas fuese rojo? ¡Quién sabe, Dios mío! No hallé ningún texto que lo afirme. Ni si era flaco, ni mermado, ni orondo: ¡nada! ¡Lo único cierto es que Judas perteneció a la compañía de Jesús».
Pero el topónimo Oleza, a lo largo del tiempo ha calado de muchas formas para bien entre los oriolanos. Recordamos, poéticamente a aquella «Angustia de Oleza», publicada en la revista de Semana Santas de 1947, en la que su autor Justino Gutiérrez nos dice, sintiendo esa mágica ósmosis Oleza-Orihuela en Gabriel Miró: «Oleza duerme. Duerme sin recato sin privar al cielo de su vista. Su ofrenda es suave, sin violencias, mezclada con olores de novia huertana: azahar y tomillo, aspereza de membrillo y dulzura casi agria de manzana». Y para el articulista, Oleza despertaba, «y lo hace con las mil campanas de sus mil torres».
Eso es lo que ocurre con Orihuela en Cuaresma, en la que el despertador son los clarines, tambores y trompetas que anuncian su Semana Santa. Y con ellas, también despierta todos los años la revista Oleza, creada en 1960 por inspiración del periodista Joaquín Ezcurra Alonso que, pasaba a ocupar una parcela en el mundo cultural de la ciudad de Orihuela, en momentos en que carecía de otras publicaciones. Revista que se ha mantenido durante sesenta y seis años, siendo en la historia de Orihuela, al margen del Boletín Oficial del Obispado, la cabecera que más ha perdurado, surcando momentos de la vida oriolana, al publicarse en distintos momentos del año. Su singladura, desde 1989, continuó al timón de su hijo Joaquín Ezcurra Gilabert, periodista y político, siguiendo una línea editorial similar a su antecesor. Desde 2010, bajo la dirección de quien suscribe hasta la fecha. Si bien el pasado año la portada de Alfonso Ortuño tuvo como protagonista a un aguerrido «armao» de pocos años, Antonio Sánchez Ezcurra; en 2026, es un pequeño «nazarenico del Perdón», Martín hermano del anterior. Ambos forman parte de lo que podríamos considerar como parte de la cuarta generación de la familia Ezcurra en Oleza, al ser hijos de Mar Ezcurra García, nietos de Joaquín Ezcurra Gilabert y biznietos del fundador de la Revista, Joaquín Ezcurra Alonso.
Oleza, mantiene como objetivo la difusión de la Semana Santa, la Historia y el Arte Pasionario ya no sólo de Orihuela sino también de otras poblaciones de España. Así como cumpliendo otra vez con su compromiso internacional publicando artículos recibidos desde la ciudad hermana de Zacatecas (México), donde será presentada en unos días, merced a la intervención de su Cronista, Manuel González Ramírez. Oleza-Orihuela, ya no duerme; despierta con el aroma del azahar y el tomillo, y con el sonar los clarines y tambores anunciando la proximidad de la Semana Santa en esta tierra.
FUENTE:https://www.informacion.es/opinion/2026/03/08/oleza-127656084.html