POR MANUEL GARCÍA CIENFUEGOS, CRONISTA OFICIAL DE MONTIJO Y LOBÓN (BADAJOZ).
He aquí la ambrosía del diario cincelado en la memoria y los recuerdos bajo una emoción antigua cargada de sobriedad y penitencia, casi diríamos, con atrevimiento, lujo ascético, que nos adentra en la madrugada, en la que aquellos hermanos, a raíz de la Contrarreforma, se congregaban en busca de la penitencia y disciplina, bajo el carisma de los conventos cercanos de los hijos de San Francisco de Asís, que proclamaban en sus sermones penitenciales, antes de que el Santo Crucifijo saliese del templo, esta exigencia: “Hermanos, nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor; en él está nuestra salvación, vida y resurrección, Él nos ha salvado y libertado” (Ga. 6,14).
Salta la memoria bajo siglos revividos. Suena una campanilla. Nace la madrugada. El silencio se muestra sin pudor. Ya es Viernes Santo. Es tiempo sagrado. Habita la contemplación. El ajuar está concebido por la austeridad, como si todo fuese roca desnuda e intacta de Monte Calvario. “Aprended a estaros vacíos de todas las cosas, y veréis como yo soy Dios” (San Juan de la Cruz).
Impresiona su imagen que nos evoca el lugar que un día presidiera; donde están los nuestros, lo más queridos, los más recordados. Los costaleros levantan la cruz y el cuerpo del Cristo de las Misericordias.
Hombros bien dispuestos, valiente el gesto que recuerdan otros tiempos, en el que cargaban con el fenecido cuerpo del cofrade-hermano, en caritativa labor hasta conducirlo a la sepultura, no olvidando con ello la piadosa intención originaria de enterrar honradamente a los hermanos, disponiendo así los capítulos que miran a la vida, el sacramento de ese nacer-vivir-morir-resucitar que somos.
Avanza la madrugada. Una sábana blanca ilumina la penumbra. Se mueve como las velas agitadas por el viento de un galeón en el océano, en la que entrevemos el verso barroco quevediano “En el hoy y mañana y ayer, juntos pañales y mortaja” (¡Ah de la vida! Francisco de Quevedo). Suenan las horquillas de los costaleros. Hay lágrimas en las esquinas. El tiempo se sucede. La esencia del ser está en el existir. Dios es la luz de ese ser.
¿Cabe mayor y alta exigencia? Desde los adentros, por los laberintos de la memoria, a trazo de gubia, rezamos su humanísimo Credo. Aquí está el encuentro de Dios con el hombre, entre la cruz y la muerte que le aguardaba desde que se cerraron las puertas del paraíso, que nos lleva a pregonar sin titubeos “Nosotros predicamos a un Mesías crucificado, escándalo para unos y locura para otros” (I Cor. 1, 23-25).
Suena de nuevo la campanilla. Este es el “Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. Certeza y sentimiento. Gotea la cera quemando sus reflejos. Pasa un tiempo sin tiempo. Las capas y las túnicas recién planchadas son el hábito de la solemnidad, de la penitencia y el recogimiento.
El cortejo se detiene. En esta sociedad nuestra del ruido, mientras muchos se divierten o duermen, para otros es la hora de las confidencias. La hora de la plenitud. “Sí esto hacen con el leño verde ¿qué harán con el seco?” (Lc. 23, 31).
Palabra a palabra, hasta siete, desde la cruz. La cruz. El lugar de la muerte de Dios. Habla Dios. “Perdónalos, no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34). Siempre el perdón infinito, “Estarás hoy conmigo en el paraíso“ (Lc. 23, 43). En medio de la oscuridad del Calvario una espada atraviesa el corazón de una madre: “Vosotros, los que ahora pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor cómo el mío” (Lam. 1,12).
El martirio, la fiebre, el agotamiento, la desnudez y su condición humana lo llevan a la desesperación, a la consumación y a la entrega más absoluta. Así es la madrugada de Dios con nosotros.
El dolor de la memoria habita en la hora en la que desesperan las vigilias. La Vera Cruz entra en el convento de las clarisas. Atmósfera serena sólo perturbada por el leve sonido en el desahogo al pasar las páginas de la Liturgia de las Horas. Brota el salmo penitencial más intenso, como un canto estremecedor, “Miserere mei, Deus”. El canto del pecado y del perdón, la meditación más profunda sobre la culpa y su gracia. “Misericordia, Dios mío” (Sal. 50). Un suspiro lleno de arrepentimiento y de esperanza dirigido a la bondad de Dios. Porque, aunque sea grande nuestra miseria, mayor es su misericordia.
Y así cruzas la madrugada, Santísimo Cristo de las Misericordias, latiendo en ternura, pidiéndonos tan sólo que desenclavemos tus benditas manos entre el hierro y la madera. (De mi pregón con motivo del XXV aniversario de la fundación de la Cofradía de la Vera Cruz. Iglesia de San Gregorio Ostiense, 2/V/2015).
