POR ANTONIO BRAVO NIETO, CRONISTA OFICIAL DE MELILLA.
El actual Palacio de la Asamblea de Melilla es el resultado de un largo proceso de transformación urbana, arquitectónica e institucional que se extiende a lo largo de buena parte del siglo XX. Así lo explica el cronista oficial de la ciudad, Antonio Bravo Nieto, quien detalla cómo el edificio que hoy preside la Plaza de España no surge como una idea aislada, sino como la culminación de múltiples proyectos y planteamientos previos vinculados a la configuración del principal espacio representativo de Melilla.
El solar que ocupa el Palacio de la Asamblea se encuentra en un enclave de enorme relevancia histórica. A comienzos del siglo XX, la Plaza de España, tal y como hoy se conoce, no existía. Durante siglos, en ese espacio se alzaron estructuras defensivas que formaban parte del sistema de cierre de la ciudad amurallada. Entre ellas destacaba un muro aspillerado que arrancaba en una torre situada aproximadamente frente al actual quiosco de prensa de la plaza y se prolongaba hasta la zona donde hoy se encuentra el Club Marítimo, incorporando la puerta de Santa Bárbara. Este muro pertenecía al denominado cuarto recinto defensivo de Melilla y simbolizaba el carácter militar de la ciudad en ese momento.
Con el inicio del proceso de expansión urbana y la construcción del Parque Hernández, comenzó a tomar forma la idea de generar un espacio noble, amplio y representativo que articulara la ciudad antigua con el nuevo ensanche. Esa concepción cristalizó en el diseño de la Plaza de España, proyectada por el ingeniero militar José de Galándara como un gran espacio circular destinado a convertirse en el núcleo institucional y de comunicación de la ciudad. Desde entonces, los edificios que se asoman a esta plaza adquieren un carácter privilegiado y representativo.
En ese contexto, el solar del futuro Palacio de la Asamblea fue considerado desde muy temprano como un emplazamiento clave. En torno a 1921 y 1922 se planteó inicialmente la construcción de la Comandancia General, con un proyecto de estilo neoplateresco, conocido como estilo Monterrey, que incluía torres y una composición monumental. Sin embargo, este planteamiento fue descartado y no llegó a materializarse, quedando el solar a la espera de una nueva función institucional.
A finales de la década de 1920, la entonces administración local —todavía articulada a través de la Junta Municipal, ya que Melilla no contaba con un Ayuntamiento plenamente constituido hasta 1930— comenzó a plantear la construcción de un gran palacio municipal. Para ello, el arquitecto municipal de aquel entonces, Mauricio Jalvo -quien había ganado la plaza llegando a Melilla desde Madrid- convocó un concurso de arquitectura al que concurrieron varios profesionales. De todas las propuestas presentadas, cuatro proyectos destacaron por su nivel de desarrollo y por ofrecer visiones arquitectónicas completamente distintas para un mismo espacio.
El proyecto presentado por Luis López apostaba por un estilo ecléctico e historicista, con arcadas, frontones y referencias a una arquitectura palaciega de inspiración decimonónica. Por su parte, Luis Ferrero y Joaquín María Fernández Cabello presentaron una propuesta de carácter neoárabe, depurada mediante elementos propios del art decó, que fue considerada inicialmente como la más adecuada para la ciudad, aunque con importantes reservas y condicionantes. Junto a estas propuestas, otras dos ofrecían una visión claramente más moderna: la de Manuel Muñoz y Mariano Rodríguez, inspirada en la Secesión Vienesa, con volúmenes puros, líneas rectas y una gran torre central; y la de Javier Barroso y Felipe López, de marcado carácter racionalista, con formas aerodinámicas y una estética especialmente avanzada para su tiempo.
Aunque el proyecto neoárabe fue el que obtuvo una mejor valoración inicial, las modificaciones exigidas por la Junta Municipal y la falta de acuerdo con sus autores impidieron que se llevara finalmente a cabo. Dado que las bases del concurso establecían que los proyectos premiados pasaban a ser propiedad municipal, se optó por encargar un nuevo diseño al arquitecto municipal, Enrique Nieto, quien asumió la redacción del proyecto definitivo del Palacio de la Asamblea.
Antonio Bravo Nieto explica que, aunque el proyecto de Enrique Nieto pudo tomar como referencia algunos planteamientos espaciales previos —como la disposición curva del edificio—, el resultado final es una obra completamente distinta desde el punto de vista compositivo y estilístico. El edificio se inscribe de manera clara en el art decó de influencia centroeuropea, especialmente vinculado a la Secesión Vienesa, sin referencias arabizantes en su diseño exterior, pese a que Nieto dominaba ese lenguaje, como demuestran otras obras suyas en la ciudad -sinagoga, mezquita-.
El proyecto fue redactado en 1933, pero su ejecución se prolongó en el tiempo debido a la Guerra Civil, retomándose las obras en la década de 1940 hasta su finalización. A pesar de esta dilatación temporal, el edificio mantuvo su coherencia estilística, tal y como reflejan los planos conservados, que muestran que el diseño original se ejecutó fielmente especialmente en lo referente a la fachada del edificio.
En el interior del Palacio de la Asamblea conviven distintos lenguajes decorativos. El salón de plenos responde claramente al art decó, mientras que otros espacios, como el salón dorado, presentan un carácter más clásico. Esta diversidad se explica por la prolongación temporal del proyecto y por la incorporación progresiva del mobiliario, que fue adaptándose a los cambios de gusto de cada momento.
Elementos como las cúpulas de las torres laterales, concebidas inicialmente en tonos dorados y finalmente ejecutadas en cerámica verde, o la forja geométrica de la puerta principal, refuerzan el carácter art decó del edificio. La verticalidad de estos elementos contrasta con el desarrollo horizontal del conjunto, aportando monumentalidad a la fachada principal que preside la Plaza de España y subrayando su función representativa.
Estilo art decó
Para comprender mejor el valor del Palacio de la Asamblea, Antonio Bravo Nieto se detiene a definir qué significa el art decó como estilo arquitectónico. Según explica, no se trata únicamente de una estética decorativa, sino de una forma de entender la modernidad, basada en la geometría, el orden compositivo y la claridad formal. El art decó hunde sus raíces en la Europa de entreguerras y se desarrolla como un lenguaje cosmopolita, tanto en arquitectura como en artes aplicadas.
El cronista subraya que el art decó no es un estilo uniforme, sino que presenta dos grandes vertientes. Por un lado, existe un art decó geometrizante o zigzagueante, que utiliza líneas quebradas, ritmos abstractos y composiciones basadas en la geometría, tendencia a la que responde claramente el Palacio de la Asamblea. Por otro lado, se desarrolla un art decó aerodinámico, más vinculado a la estética de la máquina y del progreso técnico, con volúmenes curvos, superficies limpias y una reducción notable de la ornamentación, presente en otros edificios de Melilla construidos en la misma época.
Bravo Nieto explica también que el art decó supone una ruptura clara con el modernismo, aunque mantiene con él una relación de continuidad. Mientras el modernismo se caracteriza por la ornamentación floral, vegetal y ondulante, el art decó elimina esos elementos y los sustituye por la geometría y la abstracción, dando lugar a un lenguaje más sobrio y ordenado. De algún modo, el art decó puede entenderse como una evolución del modernismo en la que se depuran las formas y se abandona la exuberancia decorativa.
Asimismo, el art decó nace como un estilo vinculado a la burguesía y a las élites urbanas, debido al elevado coste de los materiales, la calidad de la artesanía y el cuidado diseño del mobiliario, la forja, la vidriera o la joyería. Sin embargo, su influencia se extiende rápidamente más allá de la arquitectura y penetra en ámbitos como la tipografía, el diseño gráfico, la impresión de libros o, incluso, la estética de documentos comerciales y facturas, hasta convertirse en un lenguaje visual omnipresente en la vida cotidiana de finales de los años veinte y los años treinta.
Para el cronista oficial, el Palacio de la Asamblea no solo es uno de los edificios más representativos de Melilla, sino también un ejemplo destacado del patrimonio monumental art decó de la ciudad, un estilo que durante años ha quedado en segundo plano frente al modernismo, pero que forma parte esencial de la identidad arquitectónica melillense y refleja un momento en el que la ciudad se situó en sintonía con las corrientes estéticas más avanzadas de su tiempo.
FUENTE:https://elfarodemelilla.es/palacio-de-la-asamblea-de-melilla-mas-alla-del-modernismo/#goog_rewarded
