POR JAVIER SERRANO CAPOTE, CRONISTA OFICIAL DE ANGUITA (GUADALAJARA)
Hay que ser muy fan de Antonio Orejudo para encontrar, al menos a día de hoy, francas ventajas a viajar en tren. Fuere como experimento sociológico, o como mero experimento de algún tipo de mercado, el uso del transporte público, par cularmente el ferroviario, es una forma didáctica de tomar el pulso de la sociedad actual.
Cual si de un espejo de una operación a corazón abierto se tratare, las diferentes líneas de Cercanías (Rodalies, diferente nombre para igual “deficiencia”) nos muestran la escala de valores e inquietudes del grueso poblacional, en esos momentos, previos o postreros al trabajo, donde los modales, sin lugar a duda de forma muy excesiva, se relajan y nos mostramos transparentes y abiertos a observación. Viajar en tren, en los empos que corren, es contrario a la
puntualidad (salvo por autorresponsabilidad preven va excesiva) y un claro canto a la desinformación administra va (una forma, como cualquier otra, de disponer del empo ajeno, con la mínima excusa alegada). Pensar en el transporte público de Milán o en los trenes alemanes son escaso mo vo de congratulación, pues, quizá como corsé o como necesidad casi atávica, los transportes masivos siempre son deficientes, o cuanto menos, los usuarios (más o menos
habituales) muy exigentes.
Rodalies es un canto a la exclusividad perdida. Si allá por 1848 Mataró estrenó el primer ferrocarril de uso español (tal y como también estrenara la primera autopista, en cierto modo las preferentes e, incluso, “fundó” el Real Madrid, por ser los Padrós representantes políticos de tal ciudad), la línea 1 ahora es un ejemplo de línea sobreexplotada y an cuada. No deja de ser un reflejo, que experimentamos todos los nacidos en los ochenta y fechas anteriores, de que en Cataluña “dejamos de estrenar las cosas” cual “hermanos mayores”, y sufrimos las consecuencias.
La afirmación, cuanto menos “cebolleta”, de que nuestros abuelos “no necesitaban tanto” está en consonancia con la pirámide de Maslow de que primero va lo fisiológico (comida, sexo), luego la seguridad (de empleo, de recursos…), pasando a la afiliación (amistad, afecto), para llegar al reconocimiento y, por úl mo, la autorrealización. Si las emociones son construidas, no sólo individual, sino socialmente, es de peligrosa actualidad ver cuán baladí son los ademanes y ritos de mínima educación ciudadana en una sociedad con la pirámide tan bien cubierta. Quizá los
estudios del psicólogo Maslow, desde un punto de vista histórico-compara vo, nos expliquen el por qué del declive, en su apogeo, de las grandes civilizaciones con sus cosmovisiones (fueren Asiria, Roma, o ahora Europa).
Pese a su construcción, hay senmientos y prioridades (los basales en la pirámide) que no por estar cuasi siempre cubiertos en la sociedad occidental actual son menos reales. No me refiero a esa suerte de primates, volviendo al tren, que emparentaron educavamente con los suinos (familia del potamoquero y el jabalí) poniendo sus pies en los asientos o sentándose en las escaleras de acceso, sino, más bien, a una clase polí ca, por lo general, reducida a una ínfima ejemplaridad pública que ayuda a la construcción de emociones y prioridades que nos conducen
a la decadencia total.
Sea por las amigas de unos (los propios monos capuchinos “aprendieron” la prostución tan pronto asimilaron el concepto de dinero, según el célebre experimento realizado por cientificos la Universidad de Yale) o por la bravuconería e ínfulas de pseudo emperador del “futuro” premio Nobel de la Paz, la naturaleza humana trasciende lo correcto… y nos hace reflexionar aún siendo víctimas de una lata de sardinas ferroviaria.
Me pregunto si la decadencia de Europa, claramente explotada en los ridículos besamanos Trumpescos, en los que los, antaño poderosos, países miembros de la Unión Europa (más el díscolo Reino Unido) se asemejan a los an guos estados helenís cos asiá cos (como Pérgamo o Bi nia) clientelares, o cuanto menos teres, del futuro Imperio Romano, no es una consonancia del declive moral de nuestra sociedad en la que, al esta cubiertas las necesidades básicas (como teorizó Maslow), nos estamos volviendo por lo general, de modales más distraídos.
La ciencia requiere siempre de método cientifico, o lo que es lo mismo, experimento. Coger el tren es una forma de “movarse” para la jornada, al empezar o al acabar, y de paso utilizar un perfecto termómetro de la sociedad actual y ver cómo de los cerdos, en verdad, no se aprovecha todo.
FUENTE: Javier Serrano Capote
