POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA.
Los oficios tradicionales que ocuparon a las gentes de nuestros pueblos desde antiguo han sido verdaderos transmisores de conocimientos ancestrales creadores de nuestra identidad cultural. Entre estos oficios se cuentan numerosos ejemplos relacionados con el trabajo en el campo, el cuidado del ganado, artesanías y manufacturas, servicios y vida urbana, etc. Entre ellos, trataremos en esta ocasión de los carboneros y oficios del encinar, chocolateros y canteros, dada la relevancia económica que alcanzaron en algunos pueblos de la zona, los cuales se suman a los que carreteros, panaderos, tejedores, arrieros y trajinantes de los que hablamos en una entrega anterior.
CARBONEROS Y OFICIOS DEL ENCINAR.
Carboneros y cisqueros, junto a porqueros, cabreros, ganaderos, jornaleros y colonos agrícolas, eran oficios que se desempeñaban en la explotación de los montes de encinas, tan característicos de la mitad norte de la provincia de Avila. Además, el encinar que se baña en el Adaja y el Voltoya ve surcada su masa arborea por numerosos caminos que conducen a los molinos existentes en sus orillas, pasando por los términos municipales de Avila, Cardeñosa y Mingorría, Monsalupe, Peñalba, Tolbaños, y en las cercanías de Velayos y Santo Domingo de las Posadas del vecino pueblo de Maello..
Uno de los trabajos más peculiares que realizaban los carboneros de nuestros pueblos aprovechando la leña de los encinares, es la elaboración de cisco o picón, una actividad que podía contemplarse en los montes cercanos a la ciudad de Ávila.
Coincidiendo con la época de poda, desbroce y limpieza del encinar, se obtiene el cisco después de un cuidado proceso de combustión donde se queman ramas, ramajes y hojarasca, las cuales se obtienen en las tareas propias del cuidado y la conservación del bosque. Para ello se apiñan gavillas de leña formadas por ramas de encina en el lugar elegido para hornar.
Amontonada la leña se enciende y cuando se pone blanca, síntoma de que se está quemando bien, se añaden más gavillas. Cuando la cisquera está quemada se apaga con la pala y se cubre con tierra, o si se quiere ser más rápido se apaga con agua. Para recoger el cisco se hace una era donde se amontona y se ensaca directamente, mientras que los restos más menudos hay que cribarlos al haberse mezclado con tierra.
El cisco así elaborado servirá para calentar la vivienda, y también alguna nave, cuadra o pocilga donde se esté criando ganado recién nacido. No obstante, hoy día, la utilidad de este producto energético, como combustible para braseros, es escasa, ya que existen otros sistemas de calefacción más eficaces.
Atrás quedaron los tiempos en que se carboneaba el monte abulense para elaborar carbón de encina, actividad ésta que aún se realiza en los encinares de Salamanca y Extremadura.
Un ejemplo ilustrativo de la magnitud de este trabajo, lo encontramos en el Catastro de Ensenada del año 1751, donde se recoge que el monte de Mingorría sólo había sido cortado una vez con Licencia y Facultad Real, y en esa ocasión se fabricaron cuarenta y cuatro mil arrobas (506 toneladas) de carbón, para lo que se necesitó una cantidad de leña cuatro veces superior, obteniéndose un producto de veintidós mil reales, cuya utilidad es la que corresponde a un periodo de cincuenta años.
Después del carboneo abusivo no es de extrañar que apenas quedaran chaparros, si bien el monte no fue roturado y se ha ido regenerando, ocupando unas mil obradas entre masa Arborea, pastos, otros cultivos, tierra yerma y peñascales, según el catálogo de 1859. Comparativamente, y siguiendo a Ensenada, diremos que el encinar de Ávila capital, localizado entonces en las dehesas de Pancaliente, Aldeaciego, Pedrosillo, Palenciana, El Burguillo y Yonte, ocupaba sólo de masa arbórea una superficie de 3.576 obradas, y su producto medio por año en concepto de leña y carbón era de 470 reales.
Mediado el siglo XVIII, para carbonear el monte se escrituran las condiciones, se obliga la intervención de personas entendidas y peritos, se seleccionan rigurosamente las encinas a cortar y el modo de realizar la tala sin dañar los árboles, se establecen mecanismos de control y métodos de contabilidad, y se fijan las multas correspondientes por incumplimiento. La corta de leña y la elaboración del carbón se hacía en cuadrillas dirigidas por un jefe de fábrica, que se instalaban en las cabañas que construían en el monte.
El oficio de carbonero era, como es normal, sucio y sacrificado, además había que vigilar la carbonera día y noche, pues el viento podía provocar una rápida combustión que mermara y consumiera la leña antes de tiempo. El proceso de fabricación del carbón se inicia con la corta que empezaba el 30 de noviembre y finalizaba el 20 de marzo. Cuando se talaban árboles el carbonero obtenía la corteza que luego vendía para curtir pieles, la madera se empleaba como materia prima de los aperos de labranza, y la leña se destinaba para hacer carbón vegetal.
El horno o carbonera se formaba con leña amontonada ordenadamente en posición vertical alrededor de una o varias estacas centrales que luego se sacaban y quedaba hecha la chimenea. La carbonera se cubría con hojarasca, hierba seca o césped, y tierra, encendiéndose finalmente por la chimenea con ramillas finas. Para unos diez o quince mil kilos de leña, la combustión dura unos quince días, la cual se regulaba a través de una serie de aberturas o respiraderos practicados en las paredes del horno.
La leña se solía quemar en primavera, la cual una vez convertida en carbón vegetal se retiraba a lo largo del verano, habitualmente antes de finales de octubre, para lo que se colocaba en serones. Finalmente, el transporte del carbón fabricado se efectuaba en carros tirados por yuntas.
Porquero. La montanera fue otra de las actividades propias de la explotación del encinar, denominándose así el aprovechamiento que se hacía del fruto de bellota para cebar cerdos. El ganado porcino siempre fue el que mejor se adaptaba al encinar. Las piaras de cerdos «pastoreados» por el porquero se alimentaban de las bellotas que habían sido vareadas de las encinas, engordando las últimas seis semanas antes de la matanza. Para ello, la mayoría de los vecinos sacaban su cerdo a las afueras del pueblo, donde el porquero los recogía para ir al monte.
CABREROS. Los escasos pastos de estas tierras ahora son explotados por la ganadería extensiva, con la que se ha sustituido el esquema tradicional agrícola ganadero. Así, el ganado de labor se ha visto remplazado por ca bañas de ganado vacuno con alta producción de carne. Antes era fácil ver a un rebaño de cabras pastando entre las encinas de las dehesas de «La Malita» y «El Ciego», sitas en Mingorría, así como en los montes de Cardeñosa.
Estas cabras son el único ganado autóctono que todavía puede verse en la zona centro de la provincia, lo que contrasta con la abundancia de cabezas que existían en tiempos atrás, de ahí por ejemplo el nombre de la dehesa de «Cabreras».
Antiguamente, los encinares constituían el bosque más característico de la mitad norte de la provincia de Ávila, cuya masa forestal debió ser muy frondosa hasta finales del siglo XII, perdurando todavía hasta el siglo XIV, pero que disminuyó considerablemente en los siglos siguientes.
En el siglo XVIII, los bosques de encinas se habían reducido de una manera importante, al haber sido roturadas y sustituidos por cultivos cerealistas más rentables, con los que se esperaba alimentar la numerosa población de entonces, cuando la capital abulense contaba unos 5.500 habitantes.
En esta época (año 1751), el Catastro de Ensenada señala que el encinar produce pasto corto, leña, carbón, cisco y fruto de bellota, lo que representa una utilidad media de 0,7 reales por obrada, frente a la renta de ochenta y ocho reales que produce una obrada de tierra cultivada de trigo, de ahí cierta justificación en la disminución de los bosques.
Sin embargo, a partir del mismo siglo XVIII todo lo relacionado con la tierra adquiere un valor diferente y se dictan normas proteccionistas que permiten garantizar mejor la conservación de los bosques.
CHOCOLATEROS.
A un extremo de la plaza de Mingorría, a contrapunto de la iglesia y perpendicular a la casa consistorial, se levanta un enorme caserón de dos plantas, el más grande de todo el pueblo. Es la fábrica de chocolates, construida en el año 1832 sobre una finca donde en alguna ocasión se cultivó el azafrán. A un lado de la casona, tres contrafuertes de mampostería sostienen las gruesas paredes que soportan la cubierta de la casa, son los paredones que dan a la calle del Pozo y entre los cuales se puede descifrar el rótulo, ya casi borrado por la lluvia: «Chocolates Marugán».
El edificio es hogar familiar y es fábrica, también cuenta con cuadras para las caballerizas, gallinero y una lagareta donde hacer el vino. En medio del corral, inmenso, un pozo.
Richard Ford, erudito y viajero nacido en Londres, vino a España en 1830 y durante cuatro años recorrió a caballo todo el país, llegando a ser un extraordinario conocedor de la vida de nuestros pueblos y ciudades, recogiendo en sus escritos (“Manual para viajeros por España” y “Cosas de España”) sus experiencias sobre los arrieros, las posadas, la tortilla, el gazpacho, los garbanzos, la matanza del cerdo, los barberos y sacamuelas, y el chocolate español.
En esta época, según la relación de consumos de la ciudad estudiada por Madoz (1845-1850) el chocolate y el cacao ocupan un lugar destacado en la dieta alimenticia de la población de Ávila, y quizá por eso el Ayuntamiento decidió implantar el arbitrio titulado “de plaza” que “consistía en la imposición de dos reales y treinta y dos maravedíes en arroba de cacao, este arbitrio que también gravaba la introducción de vino y azúcar fue impuesto para edificar la plaza con arreglo al plan formado al efecto [por Juan Antonio Cuervo], pero se destinó a otros usos”.
El proceso de elaboración que caracterizaba la fabricación de este chocolate ha sido el mismo a lo largo de cien años. Durante todo este tiempo, un molino de piedra movido por una o dos mulas ha sido la única maquinaria con que se contaba, hasta que en 1925 se instaló un motor de gasolina, y en 1940 se sustituyó por maquinaria eléctrica.
El chocolate «Marugán» solía venderse en Ávila, capital y provincia. Todos los viernes del año era cita obligada acudir a repartirlo a la capital, los demás días se iba de pueblo en pueblo hasta donde se podía ir y venir en una jornada. La distribución se hacía con las alforjas cargadas a lomos de un par de mulas.
En la fábrica había cuatro mulas que se turnaban en dar vueltas alrededor del molino, yendo a repartir y descansando. Para llegar a los pueblos más lejanos se recorrían éstos previamente, incluso durante semanas, confeccionando una nota de pedidos que posteriormente se facturaría con destino a los comerciantes que lo solicitaban.
En 1925 Mariano Cuenca, que había estado trabajando casi ocho años en la fábrica de los Marugán, decide instalar otra fábrica de chocolate también en Mingorría. Se fue con él Florencio García, otro trabajador de los Marugán que llevaba 20 años en el oficio. Posteriormente, Florencio abrió otra fábrica por su propia cuenta en la plaza de la localidad.
En 1934 las mulas que transportaban el chocolate de pueblo a pueblo fueron sustituidas por un coche furgoneta marca Opel, matrícula AV-881. La distribución y el reparto fue mucho más eficaz entonces. En un prinicpio, el coche era de color rojo, siendo pintado de color azul cobalto durante la guerra civil, color que ha mantenido hasta la actualidad. El precio de venta de las tabletas osciló en esta década entre los 50 céntimos y la peseta.
También en esta época se piensa en cambiar y modernizar la maquinaria. Para ello se estudian detenidamente los muestrarios y catálogos que mandan desde Barcelona y en 1936 casi se cierra el trato con los vendedores catalanes, pero estalló la guerra.
El coche fue requisado, el cacao y el azúcar estaban racionados y dos hijos estaban en el Ejército. Hubo que esperar al final de la guerra para la instalación de la nueva maquinaria eléctrica; el coche, devuelto a sus dueños, será pintado de azul claro y en la plaza del pueblo volvía a oírse el sonar «Marugán, tam, tam», que hacían las máquinas.
El trabajo artesanal de fabricación del chocolate era motivo suficiente para que acudieran numerosos visitantes curiosos. Solían venir los cadetes de la Academia de Intendencia de Ávila y, también, las alumnas del colegio abulense de Las Nieves. Como regalo un simpático lapicero de propaganda o una papelera, y siempre un trozo de chocolate.
El chocolate que se hacía era un chocolate a la taza, de leche y almendras, un chocolate apreciado, cuyo sabor todavía se recuerda por quienes lo han probado.
Pero llegaron los años sesenta y la industria chocolatera que había proliferado excesivamente en toda España empezaba a resentirse, y las pequeñas industrias comienzan a cerrar. Para los Marugán no hay perspectivas de continuidad.
El negocio familiar se moría con la tercera generación cuando los dos hijos varones de la siguiente generación no llegan a trabajar nunca en la fábrica. Así pues, en el año 1970 se cierra. Ahora sólo queda el recuerdo de aquellos aromas, de los bailes que se echaban en el portal, de las notas que tocaba Agapito Marazuela en las tardes de los inviernos de la posguerra, cuando se acercaba a este caserón animado por Antonio Marugán, al que le gustaba tocar la guitarra.
Todo permanece intacto, como si fuera ayer el último día trabajado. Parece estar listo para iniciar de nuevo la fabricación de aquel añorado chocolate que fue la merienda de todos los niños durante más de un siglo. Aún se conservan dos máquinas que están sin desembalar, una mesa para moldear y una moledora de almendras, como un mundo mágico, igual que el del cuento de la casita de chocolate. La fábrica de chocolate, inmensa, callada y muda sigue presidiendo la plaza. Al otro extremo, la iglesia mira de reojo.
CANTEROS.
Los canteros de Mingorría, junto con los de Cardeñosa y alguno de Brieva fueron los últimos artesanos abulenses que trabajaron el granito como hace cientos de años, igual que lo hicieron sus antepasados. Ello trae a la memoria del cantero errante los recuerdos de otros tiempos en que se desplazaba a pie de las obras repartidas por toda la geografía española, y se enorgullece de aquellos trabajos de piedra que hizo para construcciones que destacan en la historia de la arquitectura.
Actualmente los canteros de Cardeñosa continúan su actividad artesanal en las canteras abiertas al cielo en las formaciones rocosas que circundan la localidad, aunque el número de trabajadores ha disminuido considerablemente en la actualidad.
Algunos testigos de aquellas artesanías mingorrianas, por ejemplo, permanecen en las arquitecturas de la Universidad Laboral de Gijón y la Universidad de Alcalá de Henares; las catedrales de Burgos y León; las estaciones de ferrocarril de Ávila, Chamartín, Bilbao, Cuenca y Medina del Campo; los paradores de Ávila, Gredos, Trujillo, Arcos de la Frontera, Picos de Europa, Toledo, Tordesillas, Valle de Arán, Puebla de Sanabria y Zamora; los palacios de Bracamonte en Ávila, la Moncloa, la Zarzuela y el Congreso de los Diputados; los museos de Ávila, el Pueblo Español en Palma de Mallorca y de Santa Cruz de Mudela en Toledo; los muelles y los puertos de Barcelona y San Sebastián; los polígonos industriales de Avilés, Gijón, Mieres, Pamplona y Valladolid; además del monumento pétreo de Cuelgamuros y Cruz de los Caídos en El Escorial, iglesias, puentes, edificios públicos e innumerables calles y plazas de Ávila, Madrid, Valladolid, Santander, Medina del Campo, Calatayud, Bilbao, Burgos, etc., sin olvidar los edificios de viviendas y casas de todo tipo, los trabajos de cementerio y una gran multiplicidad de piedras ornamentales.
Alguno de los últimos encargos fue con destino a Méjico, y consistieron en los elementos de piedra labrada que forman los pilares sobre los que apoya una caseta de madera, cuyo conjunto forma la construcción popular conocida como «hórreo». Otros trabajos de piedra labrada en forma de bancos, bordillos, jambas, dinteles, cornisas, peldaños o losas, vienen siendo atendidos en la actualidad para la pavimentación de calles o para edificios históricos o casas señoriales.
Y cuando el trabajo escasea, dado lo costoso de la actividad artesanal y la competencia de la producción industrial de las grandes canteras, el cantero descansa con el cuerpo resentido de tanto «picar» mientras recuerda tiempos mejores. La cantería, junto con la agricultura y la ganadería, ha sido un trabajo tradicional y característico de los hombres de Mingorría y Cardeñosa. Con la llegada del ferrocarril en el año 1862 y la instalación de la doble vía en 1925 en la línea Madrid-Hendaya, se necesitan grandes cantidades de piedra para el balasto y los numerosos puentes, por lo que aumenta considerablemente el número de canteros y comienza la explotación de una gigantesca cantera de grava y gravilla en Mingorría explotada últimamente por RENFE hasta su cierre hace casi cuarenta años.
En la actualidad la actividad artesanal ha ido abandonándose y sustituyéndose por fábricas mecanizadas, muchas de ellas creadas por antiguos canteros. Lo que, unido al envejecimiento de la población y la falta de aliciente para los jóvenes, ha reducido considerablemente la práctica artesana de este oficio que todavía se mantiene en Cardeñosa.
Como ejemplo de intervención en la conservación del patrimonio podríamos haber escogido cualquiera en la ciudad de Ávila. Lo mismo nos habría dado, porque lo que ahora interesa es hablar del noble oficio de la cantería, destacando su importancia en la rehabilitación y recuperación de nuestro patrimonio histórico, la cual pasa entonces por el trabajo anónimo y callado de numerosos artesanos.
El oficio de cantero es uno de los más viejos de la historia, sobresaliendo respecto a los demás en la siguiente copla: «Los canteros son el oro, los albañiles, la plata, / los sastres y zapateros / la moneda que no pasa». Reencontrarse con esta profesión en el tiempo es buscar en castillos y murallas, en catedrales e iglesias, en palacios y casas señoriales, y también en las antiguas plazas y calles adoquinadas de la ciudad, en puentes y en numerosos elementos de la arquitectura popular.
Hoy, los canteros, enfrentándose a las nuevas técnicas de construcción y a la industrialización que han invadido prácticamente todos los campos, sólo tienen una salida: la conservación del patrimonio histórico como colaboradores directos de los especialistas en restauración.
Atrás quedó la organización gremial de la cantería, donde cada cuadrilla estaba formada por una decena de hombres dirigidos por un jefe y entre los que había cortadores, labrantes y pinches. Ya no quedan pinches ni aprendices, porque las jóvenes generaciones hace tiempo que huyeron de este duro trabajo, mientras que los labrantes también hacen de cortadores y se ocupan de sus propias herramientas, haciendo incluso trabajos de fragua.
En otro tiempo, mediado el siglo XX, al gran número de canteros existentes se sumaban casi todos los labradores, quienes se ocupaban del transporte de la piedra mediante carros tirados por vacas o mulas. Por ello no es de extrañar que en los años cuarenta se labraran hasta cinco vagones de tren semanales de adoquín mosaico en Mingorría.
La historia de Ávila es, en parte, la historia de sus piedras, como dice José Antonio Romero. Y es que de piedra son muchos de los restos encontrados de la Edad Paleolítica, hasta la Edad del Hierro, y ejemplos de ello son los castros de Ulaca y las Cogotas, de cuya cultura son los enigmáticos verracos. Hasta los restos romanos y visigodos son muestras palpables de la importancia del trabajo de la piedra en estas épocas. Mientras que de la Edad Media y el siglo XVI son el mayor número de construcciones monumentales que llenan el casco antiguo de la capital abulense, sin olvidar los numerosos ejemplos que nos ofrece la arquitectura popular.
La conservación del legado monumental sobre el que se construye la historia de Ávila, obliga sin duda a contar con la pericia de los artesanos de la piedra: los canteros. La pervivencia, casi testimonial, de este oficio en los pueblos de Mingorría y de Cardeñosa destaca frente a la abundancia de yacimientos graníticos existentes sin explotar en otros lugares de la provincia, donde esporádicamente se practicó el oficio (Sotillo de la Adrada, La Colilla, Arenas de San Pedro, Navaluenga, Navatalgordo, Ávila y Santa María del Berrocal), por ello se hace necesario un mayor apoyo institucional a esta actividad artesana que actualmente carece de alicientes profesionales por la dureza del trabajo. Aquí, no obstante, hay que destacar el papel de las escuelas taller, donde suele figurar la cantería como uno de los módulos a impartir entre los alumnos, si bien éstos rara vez continúan trabajando en el oficio cuando finaliza la escuela.
Las canteras son una formación rocosa de donde se extraen las piedras para ser labradas. La explotación se hace a cielo abierto aprovechando el granito que se encuentra a flor de tierra. El frente de cantera es por donde se comienza la extracción, y empieza de fuera adentro y de arriba abajo, formando planos escalonados o terrazas. En el mismo lugar se ha preparado un espacio libre y llano que permita la colocación del bloque de piedra para ser calzado, instalado de una forma estable y dispuesto para ser trabajado con comodidad, además permitirá el almacenaje de las piezas preparadas para su transporte.
La extracción manual de la roca granítica se realiza como antiguamente, mediante la colocación de cuñas de acero que al ser golpeadas con el mallo rompen la piedra en bloques, los cuales serán desbastados con la maza de hierro y el pico o punterola. Posteriormente se inicia el labrado con la martelina, el cincel o puntero, el martillo de dos brocas, el trinchante y la bujarda, dando forma a la piedra con la ayuda de plantillas, baiveles, niveles, plomadas y compases entre otros instrumentos.
Para el arrastre de piedras se utilizan rodillos, gatos y otras máquinas auxiliares, mientras que para el transporte vertical se usan cribas y polipastos o aparejos. La única innovación técnica consiste en un compresor y una sierra radial, lo que facilita considerablemente la extracción y el cortado de la piedra.
A fuerza de repicar la roca la salud de los cortadores y labrantes se resiente, agravada por las inclemencias del tiempo. El polvo del granito golpeado mezclado con el aire que se respira provoca silicosis, y muchos han pagado con su vida esta enfermedad. La postura agachada y encogida que suele adoptar el cantero y el gran esfuerzo físico que supone mover piedras produce la desviación de la columna vertebral (citosis).
Las esquirlas que saltan suelen dañar los ojos y muchos martillazos que se escapan al aire ocasionan dolorosas llagas en las manos. Por todo ello a los canteros se les llama «los sufridores de la piedra».
La capacidad artística innata y natural de muchos canteros ha propiciado manifestaciones escultóricas de gran valor. Sus artífices traspasaron en estas obras el carácter artesanal del oficio de la cantería elevándolo a verdadero arte. Sin abandonar la condición de artesanos, y reconociéndose como auténticos tallistas y modeladores de la piedra, hay que destacar los siguientes ejemplos:
Los hermanos Tomás «Tomique» y Máximo Velayos García, naturales de Cardeñosa, comenzaron a trabajar en la cantera a muy temprana edad, siguiendo los pasos de su padre. Ambos realizaron estudios básicos que les sirvieron para profundizar en la «talla» de la piedra, y ejercer la docencia de la cantería en diversas escuelas taller, habiendo mostrado sus obras en numerosas exposiciones.
Julián Rubio «El Torero», natural de Mingorría, a pesar de carecer de formación académica, ha destacado como artista en la labra de réplicas de los leones que circundan la catedral de Ávila.
José Lagares, también de Mingorría, ha desempeñado el oficio de cantero durante toda su vida, sobresaliendo por la labra de interesantes tallas esculturales.
Daniel Hidalgo, natural de Cardeñosa, se inició como cantero con poco más de veinte años. Pronto se despertaron en él especiales cualidades artísticas que ha sabido expresar gracias a las enseñanzas recibidas en la Escuela de Artes y Oficios de Ávila de los escultores Antonio Arenas y Manuel Colomé, sin olvidar la influencia artística de Matilde García, esposa del primero y Vicente Cutango.
El prestigio alcanzado por Daniel Hidalgo viene avalado por las numerosas exposiciones realizadas y los premios y galardones obtenidos, hasta consagrarse actualmente como un gran escultor reconocido merecidamente más allá de nuestras fronteras.