POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA.
Los oficios tradicionales que ocuparon a las gentes de nuestros pueblos desde antiguo han sido verdaderos transmisores de conocimientos ancestrales al tiempo que creadores de nuestra identidad cultural. Entre estos oficios se cuentan numerosos ejemplos relacionados con el trabajo en el campo, el cuidado del ganado, artesanías y manufacturas, servicios y vida urbana, etc. Entre ellos, trataremos en esta ocasión de los trabajadores del campo, molineros y pastores, dada la relevancia económica que alcanzaron en algunos pueblos de la zona, los cuales se suman a los que carreteros, panaderos, tejedores, arrieros y trajinantes carboneros y oficios el encinar, chocolateros y canteros, de los que hablamos en entregas anteriores.
TABAJADORES DEL CAMPO
La historia y la cultura con la que se identifican los pueblos del Adaja está íntimamente vinculada a sus formas de vida, siendo la agricultura y la ganadería las actividades que han impregnado las señas de identidad de sus gentes. La realización de las antiguas faenas agrícolas de la misma forma que se hacían hace cientos de años son testimonios vivos pudimos contemplarlos en la zona de Gallegos y Brieva. Igualmente, son numerosos los aperos de labranza que se conservan en las casas, corrales, pajares y paneras de las localidades de la zona.
Seguimos en este punto a Teófilo Domínguez Sanchidrián y recogemos lo que nos contó en su día, lo que hacemos entrecomillando su relato (Rutas mágicas, ed.Piedra Caballera, 2001). Atendiendo entoncesa a su frescura, nos detemos en la descripción que compartimos sobre las distintas faenas agrícolas que llevaban a cabo los labradores. Así, una vez abiertos los surcos con el arado tirado por los animales de labor (bueyes, vacas o mulas), se realizaba la siembra, la cual «se hacía a voleo para los cereales y leguminosas de grano menudo, y a chorrillo para los garbanzos. Arrojada la semilla se procedía a taparla, para lo cual la reja del arado abría longitudinalmente el surco cuyas dos mitades caían sobre el hondón de los surcos anterior y posterior, forman do nuevos surcos en los que quedaban encerradas las semillas en germinación».
«A los inicios de la primavera las siembras estaban urgiendo que se las limpiara de malas hierbas, para lo cual se procedía a la operación del escarde. Por lo general, aquellas mujeres y aquellos niños que en la recolección se dedicaron al espigueo intervienen ahora al escarde por un módico jornal; surco adelante van cortando con una pequeña azada (el azuelo) cada una de las plantas que crecen junto al cereal impidiendo su normal crecimiento; una de ellas, quizá la más dañina, es el vallico o cizaña. Extirpadas las hierbas, las siembras quedan limpias y preparadas para una buena granación».
«Cuando las mieses presentaban el color de su madurez y los campos se transformaban en una extensa sábana de oro, aparecían en nuestros pueblos las cuadrillas de segadores; eran hombres curtidos de soles y brisas, provistos de hoces de bien templado acero, las famosas “carboneras” toledanas, y un manojo de dediles de grueso cuero para proteger la mano izquierda, expuesta siempre a las cruentas caricias de la hoz. Venían segadores extremeños o de otras zonas de la provincia que, por ser de clima más cálido, era más temprana la madurez de sus cosechas y terminada su siega se desplazaban a nuestras tierras para lucrar algunos jornales».Y así dice Lope de Vega, ¡Esta sí que es siega de vida! / ¡Esta sí que es siega de flor! Hoy, segadores de España, vení a ver a La Moraña / trigo blanco y sin argaña, que de verlo es bendición».
«A veces llegaba también alguna cuadrilla de gallegos, pero éstos por lo general en grupos numerosos se dirigían a La Moraña, a tierra de Madrid y a los pueblos de La Mancha. Las cuadrillas de siega se componían de cuatro o cinco hoces y un atero; uno de ellos, por lo general el de más edad, actuaba como mayoral, entraba el primero en la mies e iba demanadas de cereal cortado sobre las que los otros segadores iban dejando las suyas, formando gavillas que el atero recogía y juntaba, poniéndolas contrapeadas para formar el haz que ataba con una lía de esparto de las que llevaba en manojo sujetas a su cintura, atadura que se deshacía tirando del nudo, con lo que era fácil desparramar la mies en la era para formar la parva. Los segadores se dirigían a las tierras muy de madrugada, después de haber desayunado frugalmente en la casa de labor (pan y cebolla, chocolate de morder, aguardiante, jamón o tocino)».
«Permanecían los segadores en las mieses hasta la puesta del sol, y allí mismo se les suministraban tres comidas en el día: almuerzo (sopas de ajo y longaniza), comida (cocido o algún guisado de carne con arroz y patatas), y merienda (generalmente tacos de jamón o trozos de chorizo, pan y cebolla); cada cierto tiempo, y siempre cuando el mayoral lo decidía, hacían una parada para fumar un cigarro (a veces también se les suministraba el tabaco), beber agua, etc., y fuera de eso no se hacían otros descansos que los correspondientes a las comidas y, eso sí, una breve siesta al mediodía. Puesto el sol, los segadores se reintegraban a la casa de labor, cenaban y se marchaban a dormir al pajar o a alguna panera todavía vacía donde ellos mismos habían situado sendas sacas de paja que les servían de cama».
«Complemento indispensable de los segadores eran las espigadoras; cada día, cuando los labradores se dirigían con sus carros a las tierras para recoger la mies, muy de mañana, en el arranque de los dirigía el labrador, seguían al carro o montaban en él si el gañán se lo permitía y llegados a su destino las espigadoras permanecían en la linde de la tierra mientras se recogían los haces y se cargaba el carro. Terminada dicha faena se desparramaban por la parcela, recorriéndola paso a paso recogiendo las espigas caídas, con las que formaban manadas realizadas con tal mimo que a veces se antojaban ramos de flores; aquellas gentes alegraban los campos con sus conversaciones, sus risas y sus canciones».
«Después de la siega se producía el acarreo de las mieses a la era, la trilla y la limpia. El traslado de las mieses se hacía con carros, de ahí la palabra “acarreo”. La trilla se hacía con trillos consistentes en tres o cuatro tablones perfecta y rígidamente ensamblados formando un tablero de forma rectangular, uno de cuyos extremos estaba alabeado para permitir su deslizamiento, y la cara inferior cubierta de pequeñas piedras de cuarzo o pedernal cortadas de forma que presentaran finas aristas para que el arrastrarlo sobre la parva cortaran y desmenuzaran la paja a la vez que liberaban las semillas de sus receptáculos.
El trillo era arrastrado por una pareja de animales bóvidos o équidos. La parva se volvía cada cierto tiempo para que quedaran por encima las pajas que no habían sido cortadas, lo que se realizaba con horcas y horquillos de madera exigiendo cierta destreza, y una vez trillada se recogía formando grandes montones que luego habían de limpiarse separando el grano de la paja».
«También a mano se hacía la limpia; tal labor se llama aventar, que es dar al viento la mies trillada para que por su acción y el mayor peso del grano cayera éste en un montón inmediato y volara la paja a más distancia en otro montón. Muy de mañana, apenas apuntaban las primeras claras del día, ya estaban los labradores en la era pinchando en los montones, lanzando beldadas al aire para comprobar su fuerza. La limpia se completaba con el cribado del grano, con lo que se dejaba en el suelo sin granzas ni otras impurezas y apto para ser empanerado.
«La aventadora agilizó el trabajo de la limpia, si bien ha de tenerse en cuenta que no fue sin trabajo, ya que la máquina era tan pesada que no había hombre que resistiera más de cinco minutos dando a la manivela, defecto que corrigió el herrero, ajustando en el eje de las aspas dos martillos que se contrapesaban, con lo que la máquina se hizo más ligera y eficaz. La consecuencia más importante de aquella adquisición fue signo indudable de que se iniciaba una incipiente mecanización».
Los animales de labor. Al viajero que recorre y reconoce las bellezas de nuestros pueblos, algunos en progresivo abandono por la falta de presencia humana, todavía le asaltan imágenes de aquellas formas de vida ya olvidadas que son parte de una identidad cultural que se resiste al cambio de los tiempos. Prueba de este arraigamiento a la tierra se ofrece en la contemplación de esas vacas negras que tiran de un carro o un arado guiadas por un hombre ajeno al devenir cotidiano de la modernidad. Esta visión casi irreal, y un tanto cinematográfica, actualmente es un hecho bastante habitual en algunas localidades abulenses, al igual que lo era en los años cincuenta en los campos de toda España, como expusimos en otra oportunidad (DAV,23/12/2023).
La utilización de yuntas de vacas en el desarrollo de las tareas agrícolas, que hoy siguen empleando algunos labradores de la provincia de Avila, constituye una actividad tan identificatoria de los que fue el medio rural no hace muchos años, que no hemos podido por menos que escribir esta ruta en reconocimiento al trabajo con el que agricultores y ganaderos siempre han contribuido a la formación de la historia de los pueblos.
El trato de los animales modela un determinado tipo de mentalidad, implica la creación de una especial clase de arquitectura y servicios, y da lugar al desarrollo de una serie de actividades artesanas. Así, en nuestro caso, el labrador llama a las vacas por su nombre («Jardinera», «Morita», «Gacha», «Dorá», «Morucha», etc.), les felicita cuando trabajan bien y les regaña cuando no le obedecen. Las cuadras estaban preparadas para servir de lugar de cobijo y de comedero. Los potros de herrar se disponían con grandes piedras junto a la fragua donde se templaba el hierro de las herraduras.
Y los carreteros y albarderos fabricaban los carros, aperos y aparejos que después eran utilizados en las faenas agrícolas. Si bien estos oficios ya han desaparecido en la actualidad, todavía se conservan muestras significativas de artesanía surgidas para facilitar el trabajo del campesino con el ganado.
Los pequeños agricultores y ganaderos que mantienen hoy día yuntas de vacas lo hacen por puro romanticismo, sin un especial interés material o económico, y ello porque no han llegado a integrarse en el proceso de mecanización del campo por la pequeñez del terreno que cultivan. Y esto ocurre en los pueblos serranos donde apenas hay grandes explotaciones agrícolas, contrariamente a lo que ocurre en La Moraña. Así, nuestros personajes yunteros no se plantearon la disyuntiva de elegir entre mulas o vacas, y finalmente entre éstas y el tractor. El mantenimiento entonces de las yuntas obedece también a una fidelidad primitiva por el ganado vacuno del que hoy los labradores que lo utilizan obtienen también leche y terneros, lo cual antes no ocurría dada la dedicación exclusiva al laboreo de la tierra de este ganado.
Los labradores de antaño utilizaban las vacas en las faenas agrícolas porque eran más baratas que las mulas. En los años cuarenta una mula de seis meses costaba catorce mil pesetas, cuando una vaca de tres años valía tres mil. Las vacas del terreno o «terrenas» solían comprarse en la feria de Avila con tres o cuatro años y se vendían al cabo de otros cuatro, cuando había descendido notablemente su capacidad de trabajo. La yunta solían emplearse para arar, trillar y acarrear, tareas estas en las que también se empleaban esporádicamente caballos y burros. Las jornadas de trabajo de una pareja de vacas solían ser de unas siete horas diarias, durante las que se atendía una media de sesenta obradas de tierra cultivada a lo largo del año, las mulas en este tiempo atendían las noventa obradas.
Las vacas eran más fáciles de domar y más fuertes, cómodas y dóciles que las mulas, pero también más torpes, rendían menos y eran más exigentes con la comida. Las vacas comían unas setenta fanegas de algarrobas con paja al año, que el labrador les echaba en varias «posturas»; las mulas consumían, por su parte, noventa fanegas de cebada y paja. También los carros y aperos de labranza eran distintos según la clase de animal empleado en el trabajo agrícola, aunque el carro de mulas podía ser adaptado con una «ayuda» para que pudiera ser tirado por las vacas.
Deteniéndonos en algunos tetimonios de este siglo, anostamos que en su día seguimos los pasos de Benigno Jiménez, esquilador y segador en Zorita y los pueblos de la ribera del Adaja (DAV, 16/02/2021). Lo encontramos en Amavida trabajando con una yunta de vacas. Benigno tenía entonces 75 años entonces y todavía desempeñaba las pequeñas faenas agrícolas que requieren el cuidado de un huerto familiar o una tierra de garbanzos que cultivaba para su propio consumo y el de sus allegados. En este trabajo resultaba inestimable la ayuda de una yunta de vacas negras de raza mixta, cruce de vaca lechera y un toro negro, a las que llama «Calceta» y «Bragá»; en otras ocasiones las vacas eran cruce de raza morucha con frisona. La vaca más vieja la compró en la feria de Avila hace quince años y la más joven es hija de ésta. El mismo Benigno «domó» las vacas y las enseñó a trabajar con el carro y el arado.
En Gallegos de San Vicente (anejo de Tolbaños), también acompañamos hace algún tiempo a Damián Arroyo cuando acarreaba paja y también mientras llenaba un carro de ramajes y leña de las encinas que pueblan los montes que se bañaba en el río Voltoya. Con este mismo carro tirado por una yunta de vacas se empleó durante años como transportista de piedra, la cual era extraída por los canteros de Mingorría y debía cargarse en los trenes que paraban al efecto en la estación de la localidad. Esta actividad de porte de piedra también ocupaba a la mayoría de labradores de la zona que tenían yuntas y carro, por lo que recibían un jornal de veinte a treinta duros. Damián, que rondaba por aquellas fechas los setenta años, mantenía una pequeña cabaña ganadera que pasta en los prados del pueblo, aunque también trabajó como cantero y albañil.
Y en Brieva seguimos los pasos de Luis Pardo García, quien con la inestimable ayuda de una pareja de burras llamadas ‘Paloma’ y ‘Furia’ hacia el laborero de la tierra, luego la siega y el acarreo, y después la trilla y la limpia (DAV, 4/06/2020). Luis fue uno de los últimos labradores a la antigua usanza de Ávila, y también un ejemplo vivo que mantuvo activa la laboriosidad del trabajo en el campo como antaño hacían nuestros abuelos. Ese fue uno de sus méritos, la reivindicación cultural de las viejas tradiciones como elementos identitarios de nuestros pueblos. Una forma de vida ya desaparecida que nos ha permitido conocer en la actualidad y de primera mano la riqueza etnográfica de la cultura rural.
La visión mágica que nos proporciona la imagen del hombre del año dos mil trabajando el campo con la ayuda de vacas negras nos hace recordar, como dice Ramón Grande del Brío (Los animales en el medio rural, 1989), que la conquista de la tierra por obra del hombre no se habría producido de no haber contado éste con la inestimable colaboración de los animales domésticos. Hasta la invención de las máquinas, el transporte y el laboreo de los campos se realizaron mediante el concurso del animal domesticado. Entre el hombre y el animal se forma entonces un todo, en orden a extraer de la tierra el mayor rendimiento, donde se utilizan los servicios del ganado en paridad con los de los miembros de la propia familia del labrador.
MOLINEROS
El oficio de molinero ha sido siempre un oficio noble y de tradición familiar que pasaba de padres a hijos. Y este es el caso de la mayoría de los molineros de Cardeñosa, Mingorría y Zorita de los Molinos, Pozanco, Velayos y Tolbaños. El oficio de molinero solía compatibilizarse con otros oficios o trabajos, como los de panadero, labrador o arriero; algunos tenían colmenas y otros trataban con lana o hacían albardas. Y es que como los molinos sólo funcionaban ocho meses al año, ello permitía realizar otras actividades. Además, las numerosas recuas de burros, mulas y caballos de que disponían los molineros para transportar el grano y la harina podían utilizarse en verano para la arriería o trajinar. Asimismo, para mejorar su economía familiar el molinero solía cultivar una pequeña huerta y criar algún cerdo.
Hasta principios de siglo la explotación de los molinos fue una actividad rentable para algunos molineros, y así en el censo electoral de Diputados de 1862 figuran como electores varios molineros, por pagar 400 reales de contribuciones directas. Esta capacidad contributiva y posición social hizo posible que algunos molineros también fueran alcaldes o concejales. Ello abundaba la idea de que los molinos creaban riqueza en el pueblo, y así el Ayuntamiento de Mingorría, en una sesión de 1851, acordó ceder los terrenos necesarios el monte comunal colindante con el río para la ampliación de las instalaciones molineras a los propietarios que lo solicitaron.
El oficio de molinero, quien en muchos casos vivía en el molino, suponía realizar el duro trabajo, subiendo y bajando pesados sacos de trigo y harina continuamente. El molinero también debía cuidar los elementos mecánicos del molino, tenía que controlar la regular entrada del agua, picar las muelas de piedra rehaciendo las estrías para lo que tenía que desmontar las pesadas piedras, debía revisar y reparar frecuentemente los mecanismos del molino que eran de madera, además de reforzar la pesquera ante los destrozos de la crecida y limpiar el caz y los desagües.
Es posible que la figura del molinero parezca ahora algo romántica, pero hay que reconocer con Nicolás García Tapia que sus condiciones de trabajo le hacían ser víctima de enfermedades provocadas por la insalubridad del agua estancada por el azud y el polvo de la harina. Además, el lugar de trabajo era pequeño, incómodo, sombrío y ruidoso, con una jornada ilimitada. No obstante, también hay que decir que existían innumerables compensaciones y que el resto de los trabajadores del medio rural tampoco vivían en mejores condiciones.
Molinos. Para darnos una idea de la riqueza de la industria molinera de la zona, diremos que el río Adaja, después de dejar Ávila, inicia un singular y sinuoso trazado que propició a partir del siglo XIII la aparición de multitud de molinos harineros, característicos de una incipiente actividad industrial de transformación de los productos cerealistas. En Ávila, las aguas del Adaja sirvieron para mover las ruedas de la Real Fábrica del Algodón, construida en 1788 sobre el lugar que ocupaba un molino harinero que llamaban del «Puente de Adaja». Otros molinos harineros existentes entonces en esta misma zona del río eran los llamados de la Losa, el Batán, Carril, Cubo, Verdeja y Pedrosillo, además del molino Contón, propiedad del capellán de Mingorría en 1751.
Siguiendo aguas abajo, después de la presa de Las Cogotas, el cauce marca la línea divisoria de los términos de Ávila, Cardeñosa y Mingorría. En las márgenes se ven restos de unos antiguos molinos viejas construcciones de los llamados «Revuelta», «Revoltillo» y «Galleguete», que ha hecho presa de tanto caudal. Pasados los Callejones de Chascarra, desde el encuentro con el arroyo del Monte, donde quedan restos del molino «El Cubo de Mariscano» y siguiendo el mismo curso del río los molinos cuyos vestigios se conservan en la zona son: «Trevejo», «Las Monjas», «Pajuela», «El Nuevo» o de «Joselito», «El Cubo», «El Grillo» o de «Ruleta» o de «Cañete». Enfrente, al otro lado del río, en la dehesa de Cabreras, están las ruinas del «Barbas de Oro» y «Castillo»; volviendo a la margen de Mingorría está el de «Las Juntas» y las ruinas del «Negrillo». Cerca de estos últimos están los charcos del Redondillo y el Arenal.
El río prosigue su curso retorciéndose en giros de noventa grados hasta llegar al molino de «Ituero» o del «Tío Deogracias», o de «Teresitas», o de «Miaja», donde le sale al encuentro el arroyo de «La Reguera» con «El Colerón». Al otro lado del río, donde el encinar de la dehesa de «Cabreras» cubre la ladera montañosa que se adentra en Zorita, se hallan las ruinas de dos batanes y de un tercero nombrado «El Caleño» o «El Francés». Siguen el molino «Nuevo» o de «Los Policas» y el de «Hernán Pérez», cuya agua era aprovechada por el «Molinillo». Continuando aguas abajo el curso del río. Al otro lado, el paisaje se llena de pinos piñoneros y negrales, destacando también la abundancia de fresnos y chopos en torno a las ruinas del molino del «Cubo», donde se encuentra en frente el soto del «Chorrito».
Avanzando con el curso del río, el paisaje de pinos se mezcla con la galería de chopos que crecen en la desembocadura del arroyo Regajal, frente al paraje de «Las Bragas» donde estaba el molino «Piar». El pinar se prolonga siguiendo al río a su paso por la dehesa de Olalla, en cuya margen izquierda se levanta el molino del «Vego». Enfrente se hallan los molinos de Pozanco que explotaban «Los Polilos», afamados molineros y dulzaineros. El primero de estos molinos es el «Cubo» o «Cubillo» o «de Castellanos». Los molinos que siguen se llaman «Viejo» y «Canonjía», en los cuales habitó el folclorista Agapito Marazuela, virtuoso guitarrista y dulzainero, después de pasar por los pinares de la dehesa de Navares, perteneciente al término de Peñalba de Ávila por reparto del despoblado de Garoza con el vecino Gotarrendura, donde quedan restos del antiguo molino del «Prior». Finalmente, a los molinos de la ribera del Adaja, sumamos la cercana del río Voltoya en los términos de Velayos, Las Gordillas (Maello), Aldealgordo (Tolbaños) y Los Gamusinos (Tolbaños).
PASTORES
Los pastores representan el mantenimiento de una de las actividades ganaderas más antiguas de la civilización, la cual se desarrolla del mismo modo que en el principio de los tiempos. La imagen de los pastores en el campo sigue siendo una escena llena de una gran plasticidad y belleza, aunque cada vez más escasa que no debe pasar desapercibida para los viajeros.
El pastoreo y la cría de ovejas continúa siendo una de las ocupaciones que se mantienen dentro de la tradición agrícola y ganadera de los pueblos del entorno de la ribera del Adaja, al igual que ocurre en la mayoría de los pueblos de la provincia. La cría del ganado ovino para la obtención de lana y carne ha sido una actividad característica de las formas de vida en el medio rural.
Aunque desapareció la actividad textil, la cría de ovejas y el arte del pastoreo siempre han perdurado. Los labradores descubrieron el beneficio económico que les supondría la posesión de rebaños que, aprovechando los pastos de las tierras de barbecho y las de la rastrojera, no sólo aumentaría su renta con la producción de lana y carne, sino que además les proporcionaba abono orgánico bueno y barato, lo que dio lugar al pastoreo estable, el cual llegó a alcanzar tal importancia que consagró el dicho popular de que «antes labrador sin orejas que sin ovejas».
El esquileo. El esquileo de las ovejas todavía es una de las tradiciones pastoriles más peculiares que, año tras año, se realizan en las cijas o apriscos de nuestros pueblos. Con ello se obtiene una importante cantidad de lana que, normalmente, ronda los dos kilos y medio por oveja. El día del esquileo constituía un día «festivo» dentro de la actividad agropecuaria de las gentes que viven en el medio rural, de ahí el dicho popular conocido en Mingorría: «Tres días hay en el año que relucen como el sol:/ la matanza, el esquileo y el día de la función».
Ciertamente, la llegada de los esquiladores alegraba la vida familiar en un ritual donde, además de la tarea propia de esquilar ovejas, se degustaba la chanfaina (arroz con asadura), el cocido con carne de carnero y garbanzos de «cura», y la caldereta o guisado de carne de oveja, y al final de la jornada se cantaban coplas al son del almirez.
La temporada de esquileo comienza a finales de abril y se extiende hasta principios de junio. En este tiempo una cuadrilla de tres esquiladores esquilan unas treinta y cinco mil ovejas. Los esquiladores suelen ser vecinos de los pueblos de la zona, aunque también llegan de Extremadura, viéndose incluso alguna cuadrilla de polacos.
Siguiendo la tradición agropecuaria, los ganaderos disponen sus rebaños de ovejas para el esquileo. Los pastores ligan las ovejas atando sus cuatro patas y se las acercan a los esquiladores. La lana se corta de tal modo que el vellón se desprende en una sola pieza, como si fuera una pequeña manta, la cual es recogida sabiamente formando una especie de apretado ovillo, tal y como se hacía antiguamente. La cuadrilla de esquiladores utilizan para su oficio maquinillas eléctricas, sustituyendo a las antiguas tijeras de gran tamaño. El ritmo de trabajo impuesto hará que el esquileo del rebaño dure unas dos jornadas.
Finalizado el esquileo, los vellones de lana quedan apilados en espera del momento más favorable par la venta a intermediarios que se la llevarán envasada en grandes sacas.
Otros oficios. Finalmente, y por otra parte, para completar la serie de oficios comentados en entregas anteriores en estas mismas páginas, nos remitimos al singular padrón que publicamos el 11 de mayo de 2025, donde apuntamos a los habitantes que también fueron guardas, huertanos, vinateros, zapateros, albarqueros, alpargateros, barberos, sastres, modistas, cesteros, herreros, herradores, carpinteros, ganaderos, cabreros, porqueros, sepultureros, toreros, confiteros, churreros, bolleros, boticarios, practicantes, curanderos, parteras, médicos, veterinarios, curas, sacristanes, alguaciles, maestros, guardias, electricistas, ferroviarios, taberneros, comerciantes, pescaderos, carniceros, triperos, pieleros, tenderos, carameleros, lavanderas, guisanderas, carteros, dulzaineros, tamborileros, posaderos, albañiles, camineros, encajeras, etc.
