POR FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE PARRES-ARRIONDAS (ASTURIAS)
(Colaboración para la revista anual de las fiestas de San Roque de Arobes – 2025 ) —
Simón de Arobes, su mujer María y sus hijos Toribio, Domingo y Bartholomé, todos ellos hijosdalgo, labraban las tierras del templo dedicado a San Simón y a Santa Gema.
Aquel 28 de octubre de 1725, domingo, el cura Francisco de Estrada, presbítero de Nevares e hijodalgo principal, acudió invitado a concelebrar la emotiva misa en honor a san Simón.
Sorprendió a todos cuando -al final del oficio religioso- hizo entrega a los vecinos de una reliquia que había traído de la Corte en Madrid, puesto que había sido invitado a la solemne bendición e inauguración de la reconstruida ermita de San Isidro aquel mismo año de 1725. Se trataba de un trocito de tela que le habían asegurado que había pertenecido a algún ropaje de aquel famoso labrador canonizado en 1622.
La Casa de Omaña de Nevares estaba muy bien relacionada en la Corte y Francisco de Estrada vivía en el solar de Nevares donde también administraba los diezmos y jurisdicciones que por aquel entonces pertenecían a la Casa.
Por el escribano Francisco Antonio Noriega sabemos que los pozos de los ríos Sella y Piloña, al igual que la casería de La Forcada, el castillo de Fíos (algunas veces escribían Fríos), las caserías de Villar y Fresnedal, la braña de Fano, con otros bienes que del coto de Las Arriondas, además de Cuadroveña, Tospe y Granda, caserías del Terrón y otros préstamos y patronatos pertenecían a la Casa de Nevares.
Cierto es que al presbítero Francisco de Estrada donde más se le veía era en la Casa y Torre de Las Arriondas, con especial devoción por la imagen de san Antonio Abad de la capilla próxima a la torre, que sigue estando ahí como el edifico religioso y civil más antiguo de la que acabó siendo capital del concejo de Parres (que algunas veces escribían Parras). No en vano san Antonio Abad era (y sigue siendo) el titular de la iglesia palaciega de Nevares, junto con el apóstol Santiago el Mayor.
Apenas cuarenta y cinco años después el Papa Clemente XIV concedería indulgencia plenaria a quienes visitasen ese templo en las fechas festivas de ambos patronos.
De forma que el cura Francisco de Estrada era considerado en cualquier lugar como un afortunadísimo clérigo de una Casa donde se estimaba su riqueza en 16.500 ducados, que respondían en un 72% a tierras, 12% a ganados, 12% a censos, 3% a oficios y el 1% a los pozos de pesca en los ríos Sella y Piloña.
En aquella fiesta de san Simón de Arobes se encontraron Roque de Bada, Andrés de Arenes con su mujer Martina, Bernardo de la Roza y su madre Cattalina, los hermanos vecinos de Sobrepiedra Joseph y Bartholomé Tarapiella, Domingo de Ampudia -mozo soltero de Granda con su abuela Theresa- y muchos otros devotos de san Simón, algunos de los cuales habían coincidido en la misa y romería de san Roque apenas hacía dos meses, santo canonizado un siglo antes, en 1629.
Esteban de la Portiella y Lagranda era forastero recién llegado al lugar y no podía evitar el preguntar por las costumbres del pueblo en aquel día doblemente festivo, por ser domingo y por celebrarse a san Simón en su más que interesante iglesia de Arobes.
Esteban estaba muy interesado en saber qué decía la piedra fundacional que estaba en la iglesia, pero nadie era capaz a descifrarla y el cura de Nevares ya se había ausentado, pero tuvo la suerte de encontrarse con Manuel Francisco de Noriega Pérez de Estrada, de 23 años, residente en la casa de La Pedrera, en Bada, juez por el estado noble del concejo de Parres, poseedor del mayorazgo de dicha Casa, un personaje a quien la historia le reservaba notables alegrías en los cincuenta años que le restaban de vida, especialmente gracias a uno de su hijos (Antonio Noriega de Bada y Llerandi, que había tenido después de viudo con una chica vecina de Castañera que estaba al servicio de la casa de La Pedrera).
El juez vio durante años pasar por las manos de su hijo Antonio todo el dinero que administraba el Reino de España en la Corte, en Madrid. Antonio despacharía habitualmente con los reyes Carlos IV y María Luisa de Parma.
El joven juez le haría saber a Esteban que aquel grabado en latín medieval decía exactamente así: “Iñigo fízolo a su costa en el nombre de Jesucristo que todo el mundo ha formado y de Virgen María que de su mano lo ha guiado en el año de 1557.
Fizo Iñigo de Villanueva y su mujer esta iglesia de Santa Gema y San Simón”.
Era emocionante ver como en estas fiestas populares se encontraban hidalgos principales de casa y lugar conocidos con armas de poner y pintar en las fachadas de sus casas y palacios, junto con pecheros, labriegos, músicos ambulantes, pobres de solemnidad que pedían en el entorno de la iglesia y otros.
Cattalina de Viavanno (como se escribía en 1385 en el Libro Becerro de la Catedral de Oviedo) acudía cada año con sus hijos Zibriano, Anttonio, Toribio y Mencía -de entre catorce y cuatro años- según una promesa que había hecho a los santos Simón y Gema cuando nació Mencía, afectada de una deficiencia grave en la vista que llegó a superar en un 50%.
Todos daban gracias porque al parecer la cosecha de aquel año 1725 iba a ser buena y no como en los años anteriores en los que muchos habían tenido que marchar a los “Reinos de Castilla la Vieja y Montañas de Santander” a ganar algo de dinero, mientras solicitaban ayuda pública de beneficencia al Ayuntamiento de Parres.
Recrear, imaginar o concebir historias o episodios de este tipo siempre es un placer para un cronista porque -tanto a él como a sus lectores- les transporta a un posible remoto donde la fantasía y la realidad juegan a distraer y hacer pensar.
FUENTE: https://www.facebook.com/franciscojose.rozadamartinez
