POR JUAN CUÉLLAR LÁZARO, CRONISTA OFICIAL DE FUENTIDUEÑA Y FUENTEPIÑEL (SEGOVIA).
Después de esperar varias horas, a medianoche entramos en la esclusa de Esna, el sistema hidráulico a modo de ascensor acuático, vital para los cruceros que necesitan salvar los aproximadamente 10 m de desnivel en su avance hacia el sur a la parte alta del río Nilo.
El camarote número 222 que ocupamos está junto a la sala de máquinas, circunstancia que se hace notar sobre todo durante la noche.
La ciudad de Edfu, destartalada, es la viva imagen de la decadencia, del abandono y de la suciedad, rayana con la miseria, y en nada se corresponde con la magnificencia y monumentalidad de su mundialmente conocido templo ptolemaico dedicado al dios halcón Orus, en el que una marabunta de gente en torno a su guía correspondiente intenta abrirse paso a codazos en su interior. Mucha presencia de turistas españoles que a buen seguro se irá reduciendo en un futuro inmediato en palabras de nuestro guía como consecuencia del descenso de reservas por los acontecimientos bélicos “cercanos”.
Nuestro guía (de aquí en adelante para mí el “doctor Salah”) nos imparte de regreso al barco una clase magistral sobre Egipto, su historia, sociedad, economía, geopolítica,… pasado, presente y oscuro futuro que se le presenta por la cada vez mayor presencia militar en todas sus instituciones. A lo que se suma el gran centralismo y la ausencia de poderes locales que velen por estas pequeñas poblaciones alejadas de la todopoderosa capital.
Por la tarde, siguiendo el curso del río pero a la contra, visitamos el templo de Kom Ombo, también de época ptolemaica, muy próximo al cual se encuentra el Museo de los Cocodrilos momificados.
Y más al sur, y ya con la noche cerrada, la ciudad de Assuan nos recibe con un abrazo de luces y sonido. Mañana será un buen día para dar cuenta de ella. De momento, un día más, pernoctamos en el barco.
