POR JOSE LUIS CABO SARIEGO, CRONISTA OFICIAL DE RIOSA (ASTURIAS)
Mañana miércoles, dieciocho de marzo, a partir de las cinco y media de la tarde, la Casa de Cultura de Riosa acogerá un acto que invita a mirar atrás para comprender mejor quiénes somos. Porque, para que las generaciones futuras no olviden sus raíces, resulta necesario detenerse y recordar una faceta de nuestra historia, cómo eran las bodas en Riosa no hace tantos años.
En las bodas de antaño, la figura de la novia se alejaba mucho de la imagen luminosa y casi teatral que hoy asociamos al matrimonio. No había blancos deslumbrantes ni telas pensadas para un solo día. La novia vestía, por lo general, de oscuro: negro, pardo o tonos apagados que respondían más a la lógica de la vida cotidiana que a la del ceremonial. Aquel vestido no era una excepción, sino continuidad; formaba parte del ajuar útil, pensado para ser llevado de nuevo en domingos, ferias o incluso en ocasiones de luto. La sobriedad era entonces una forma de dignidad.
Pero no solo la indumentaria hablaba de aquellos tiempos. Las bodas se celebraban, en la mayoría de los casos, en las capillas de los pueblos de donde eran naturales los novios o en la iglesia parroquial de La Vega. El banquete tenía lugar en la casa de la novia, convertida por un día en espacio común. Todo el pueblo participaba: se prestaban vajillas, cubiertos y manteles; se vaciaban habitaciones para acoger a los comensales; mozas y mozos hacían de camareros. Era una expresión más de una solidaridad vecinal que también se manifestaba en las labores agrícolas y ganaderas -la recogida de la hierba, el arado, la esfoyaza- y que hoy, en gran medida, se ha ido perdiendo.
La fotografía de boda, con novios e invitados, se tomaba habitualmente delante de la capilla, de la iglesia o en las escalinatas del Ayuntamiento, muchas veces con la presencia del sacerdote. El día anterior, los novios acudían al Registro Civil de La Vega para formalizar el enlace, y posteriormente era la certificación del sacerdote la que se trasladaba al registro. Todo ello formaba parte de un ritual sencillo pero profundamente arraigado.
Frente a aquella realidad, el vestido blanco contemporáneo representa una transformación significativa. Su blancura, asociada hoy a la celebración y al ideal romántico, marca el paso de una boda entendida como acto comunitario a otra concebida como acontecimiento singular. El vestido deja de ser útil para convertirse en símbolo. Donde antes predominaba la sobriedad del negro, hoy se despliega la luminosidad del blanco. Los elegantes vestidos actuales son, en cierto modo, flor de un día.
Este contraste -del negro al blanco, de lo duradero a lo efímero- refleja el tránsito de una sociedad de necesidad a otra de representación. Antes, la novia vestía para integrarse con decoro en su comunidad; hoy, el vestido busca destacar, convertirla en el centro visible de la celebración.
El acto contará con la participación de Carmina Álvarez Álvarez, Ana del Pilar Romero, Flori Fernández González, Ana Zamora Cabo y Carmina Ruíz Suárez -recientemente homenajeada por la Asociación de Mujeres “La Pimpana” como mujer trabajadora-, quienes compartirán sus vivencias en una charla que promete ser especialmente emotiva.
Además, se proyectará un vídeo con fotografías de bodas celebradas en Riosa entre las décadas de 1920 y 1960, imágenes que han sido generosamente cedidas por vecinos y vecinas y que constituyen un valioso testimonio de nuestra historia colectiva.
El Grupo Trébole será el encargado de poner el cierre musical a este encuentro con la memoria.
Os animamos a asistir. Será, sin duda, una oportunidad para reconocernos en nuestro pasado y para que ese legado no se pierda en el olvido
FUENTE: J.L.C.S. https://www.facebook.com/photo/?fbid=1424900606348920&set=pcb.1424944546344526,
