POR ÁNGEL RÍOS MARTÍNEZ Y GOVERT WESTERVELD, CRONISTAS OFICIALES DE BLANCA (MURCIA).
A la sombra de Sierra del Oro, donde el sol esparce su oro sobre piedras desgastadas y colinas áridas, se encuentra el castillo de Blanca como un corazón silencioso de la memoria. Lo que alguna vez fue una fortaleza de poder, orgullo y estrategia militar, es ahora una ruina – herida, silente, pero no olvidada. El poema El castillo de Blanca no solo representa esa ruina como un vestigio de piedra, sino como un monumento vivo que lleva consigo los susurros del pasado, y aún resuena en los corazones de quienes caminan a su lado o se sientan en silencio.
La estructura del poema nos guía a través de diferentes capas de tiempo. Desde los apogeos de la ocupación almohade y aragonesa, pasando por batallas, decretos reales y cambios de poder, hasta el visitante contemporáneo que no ve más que escombros y silencio – y, sin embargo, mucho más. Este transcurso del tiempo no es meramente cronológico, sino emocional: conecta poder y vulnerabilidad, gloria y pérdida, la historia colectiva con la pérdida individual. Con ello, el poema toca algo universal. No solo sobre Blanca, no solo sobre España – sino sobre cómo las civilizaciones nacen, florecen, se marchitan, y cómo el ser humano en todas esas fases intenta dar sentido a esa decadencia.
La pregunta que el poema plantea implícitamente – «¿Qué había inspirado a la gente?» – es una que va mucho más allá de esta ruina. ¿Por qué destruyen las personas lo que alguna vez fue construido con esmero y dedicación? ¿Por qué deben los signos del pasado a menudo desaparecer para dar paso al orden, al poder o al miedo? La destrucción del castillo no se menciona solo como un hecho militar o político, sino también como una pérdida moral, como una herida en el paisaje de la memoria. No es solo una estructura de piedra que se derrumbó, sino un pedazo de identidad, un nudo cultural, un lugar donde la gente vivía, amaba, luchaba, se refugiaba, reía y lloraba.
Es notable que en este relato poético se encuentre una referencia sutil pero importante a la reina Isabel – «¿Sería acaso Isabel, / reina del tablero de ajedrez?»
Muchos quizás leerán esta metáfora como mera imaginería, una expresión poética de poder. Pero es mucho más que eso. Es una verdad histórica profundamente entrelazada con la transformación cultural y política de España. En 1476, bajo la influencia de Isabel, el ajedrez fue reformado. La dama – anteriormente una figura débil parecida a un peón – se convirtió de golpe en la más poderosa del tablero. Ningún otro movimiento simboliza mejor el ascenso de la monarca femenina que este. Ella fue literalmente la nueva dama del ajedrez, como confirman documentos y tratados de ajedrez contemporáneos. No solo fue central en este nuevo juego, sino que, en un sentido más amplio, reescribió las reglas del poder, el gobierno y el orden religioso en Castilla y más allá.
Su influencia incluso se extendió más allá: en 1495, judíos españoles desarrollaron un nuevo juego de mesa, surgido del antiquísimo alquerque, que culminó en el juego de damas tal como lo conocemos ahora. También allí, la «dama» —en línea directa con la figura del ajedrez— se convirtió en la fuerza central. Así, Isabel no solo se ha convertido en una figura histórica, sino también en un arquetipo cultural: una herencia tangible en el tablero del pensamiento y del juego. Su eco resuena en más que solo mármol y decretos; ella pervive en la simbología del movimiento, la estrategia y el poder.
Este contexto hace que la referencia en el poema sea aún más poderosa. Así que, cuando se lee: «¿Sería acaso Isabel, / reina del tablero de ajedrez?», no es solo un juego poético de palabras, sino una verdad sutil que impregna tanto el juego como la historia. Que en el poema se la presente como posible causa de pérdida —de Granada, del castillo, de una era— es tan doloroso como cierto. Ella otorgó a Castilla un reino unido, pero para ello exigió la destrucción de aquello que no encajaba en su orden. Como también afirma el poema: «Reyes Católicos / exigieron entonces la destrucción / de poderosas fortalezas, / para un buen gobierno y decoro.» Isabel fue tanto guardiana de la civilización como ariete de mundos antiguos.
Sin embargo, el poema no es solo una elegía por una fortaleza desaparecida. Es también una oda a lo que permanece, a pesar de todo. En los versos que se trasladan al presente – donde los amantes deambulan por los muros, donde una anciana deja correr sus lágrimas, donde el viento susurra los nombres de antaño – se hace visible cómo un lugar aparentemente «vacío», en realidad sigue lleno de vida. Las piedras ya no hablan en órdenes o asedios, sino en recuerdos. Y los recuerdos, como muestra el poema, son más poderosos que la pólvora.
Lo particular de este enfoque poético de la historia es que no pone el énfasis en lo fáctico, lo duro o lo objetivo, sino en la resonancia. La historia de Blanca no se explica, sino que se siente profundamente. Los muros no tienen voz, pero aun así «hablan» cada noche al viento. Esa metáfora es acertada: el viento es volátil, inasible, igual que el recuerdo. Y, sin embargo, lleva consigo sonidos, historias, fragmentos de vidas humanas. La ruina como espacio de memoria, como lugar donde el pasado no se deja atrapar solo en fechas o batallas, sino precisamente en emociones, en silencios, en gestos – una lágrima, un nombre en piedra, una sombra en la luz del atardecer.
También hay en el poema una sutil crítica a cómo a menudo se trata la historia: como algo que ya pasó, que está cerrado, completamente muerto. Pero estos versos muestran lo contrario. Dejan claro que la historia no solo vive en los libros, sino también en los paisajes, en historias que trascienden generaciones, en sentimientos que perduran donde alguna vez sucedió algo grande.
Blanca se convierte así en un microcosmos de una verdad más amplia: que el ser humano no está separado de su pasado, y que los lugares siguen teniendo significado, incluso cuando su función original ha desaparecido.
En esa luz, la figura de la anciana adquiere un peso adicional. Ella encarna el aspecto humano del tiempo: ella que aún vive, pero que sabe su vida conectada con la de alguien que ya no está, así como la ruina está conectada con un tiempo que físicamente ha pasado, pero que emocionalmente sigue siendo palpable. El amor que ella siente, refleja el amor que alguna vez existió entre muros, entre personas que vivieron allí. En su silenciosa presencia, el poema se vuelve particularmente tierno. Guerra, poder y decretos reales se desvanecen en el fondo. Lo que queda es un ser humano con un recuerdo. Y esa es quizás la forma más universal de historia.
El poema concluye con un verso que resume el núcleo de toda la obra: «llevan el viejo sentimiento». No solo el viento, sino también el lector, lleva consigo lo que fue sentido, pensado, vivido. A través de esta poesía, la ruina no se convierte solo en un destino para turistas, sino en un templo del sentimiento. Un lugar donde, si escuchamos bien, oímos más que silencio. Donde cada grieta en el muro, cada piedra perdida, simboliza las rupturas en nuestras propias vidas, y al mismo tiempo la belleza de lo que perduró, a pesar de todo.
La fuerza de «El castillo de Blanca» reside, por lo tanto, no solo en la historia que cuenta, sino en la manera en que lo hace: con ritmo, sentimiento y un profundo respeto por la interacción entre el ser humano y el lugar. Mediante el uso de la clásica estructura ABAB y el metro fijo, el texto es sostenido por una cierta armonía, como si las propias palabras intentaran ofrecer consuelo a lo que se ha perdido. El marco formal no resulta limitante, sino que lo refuerza, como un muro de piedra que, a pesar de grietas y agujeros, permanece en pie.
Así, el poema no termina en pesimismo o desesperación, sino en un silencio inspirado. Es una invitación a caminar más despacio, a mirar con más atención, a sentir con más profundidad. A reconocer que bajo nuestros pies a veces hay más que solo polvo, que caminamos sobre vidas, sobre amores, sobre sueños que alguna vez fueron tan reales como los nuestros ahora.
Y quizás, solo quizás, las futuras generaciones hagan algún día lo mismo con lo que nosotros dejemos atrás. Quizás también se detengan en un lugar que para ellos es «solo» una ruina, pero que para nosotros alguna vez significó el mundo. Quizás el viento siga susurrando entonces: nombres, historias, poemas como este.
Foto: «La Orden de Santiago llega» – Caballeros y fe. Un grupo de caballeros a caballo, con capas blancas y cruces rojas, se acerca a una fortaleza mora. Los colores contrastan con las colinas polvorientas de España. (Foto imaginaria).
