POR ANTONIO LUIS GALIANO PÉREZ, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA
Hay muchas formas de mostrar disconformidad con algo, coincidiendo aquellas con las mismas que cuando se solicita alguna cosa. Hemos conocido pitadas memorables, con bronca incluida tras la faena o, mejor dicho, mala faena de algún famoso torero. Incluso, recuerdo voces alteradas y pateos de obras de teatro, aunque ello en la época mía era menos frecuente que en la de mi padre, que según me contaba, a veces, en los teatros madrileños se creaba una gran trifulca entre los que habían ido a reventar un estreno y los que contratados como claque o alabarderos acudían a aplaudir en los mutis a las órdenes de su jefe, o a aplacar el ruido ocasionado por los otros.
Sin embargo, yo he visto mucho teatro en mis años jóvenes en la capital de España como elemento de la claque, pero solo dando palmas en los momentos que estaba mandado. Era un verdadero ritual que pasaba por acercarse a la taquilla del teatro, comprobar el precio, preguntar dónde vendían las entradas de claque, dirigirte a un bar cercano en el que en una mesa estaba el jefe que, en una caja de madera, atesoraba unos cartones mugrientos que te entregaba a un precio que oscilaba aproximadamente entre un cuarto o un tercio del valor oficial de la localidad.
Una vez conseguida la entrada a precio reducido, se acudía al teatro y se entregaba al portero, el cual te indicaba la fila que debías ponerte, que estaba más o menos cercana al escenario en función del papel que se había vendido. Por último, en momentos concretos de la obra y al final de cada acto, tras una cortina aparecía el jefe de la claque que provocaba el aplauso. Era una forma de ser `palmero´, curtiéndote culturalmente.
Pero volviendo a esas formas de mostrar conformidades o disconformidades, o simplemente recabando una súplica, o para alegar algo, hay una manera muy generalizada a base de recoger firmas que, casualmente, con el interés de que aparezca más se duplican o surgen nombres de personas que firman en barbecho, sin saber realmente para qué han puesto su rúbrica. No sé si este sistema es bueno o no. Sin embargo, en ocasiones surge efecto como elemento de presión. En alguna ocasión he recogido firmas para promover la apertura del expediente por el cual se otorgara el honor y la distinción a personas que se habían destacado por su trayectoria y trabajo a favor de nuestra ciudad. Concretamente para Rosario Martín Sanz, bibliotecaria, que en el transcurso del homenaje que se le tributaba por su jubilación, promovimos mediante firmas recogidas en ese momento la apertura del expediente para que fuera declarada Hija Adoptiva de la Ciudad de Orihuela. Posteriormente, hicimos lo propio con el que fue alcalde de nuestra ciudad Pedro Cartagena Bueno, para que fuese distinguido como Hijo Predilecto. En los dos casos funcionó, aunque en el segundo la resolución del oportuno expediente tardó más tiempo del debido.
Siguiendo con recogida de firmas, hace casi 122 años, se promovió por parte de los vecinos de la calle del Carril conocida también como de Abajo, el que mediante rúbricas se cambiase el nombre por la de San Francisco. El topónimo del Carril ya existía con anterioridad a 1666 y es posible que fuera debido a que, por la estrechez de la calzada sólo permitía el paso de un carro. Esta calle era una de las que más sufrían las consecuencias de las avenidas del Segura por proximidad al río, concretamente en la riada de Santa Teresa de 1879 quedó constancia de ello, al verse dañadas 25 casas. En la instancia que se presentó al Excmo. Ayuntamiento con fecha 19 de septiembre de 1891, firmada por 48 vecinos, se alegaba que «la denominación de las calles en todo pueblo culto, es siempre una ocasión para manifestar los sentimientos del vecindario ya de gratitud ya de veneración. Gratitud hacia los hombres ilustres, veneración a los santos cuya protección más señaladamente experimenta».
En atención a esto último, y teniendo en cuenta la devoción que el Arrabal le profesaba al Santo de Asís, y considerando que el nombre «que ahora lleva carece de importancia y significación», pedían que se cambiara y que figurase en los correspondientes rótulos. La Corporación Municipal accedió a ello el 24 de septiembre estableciéndose que por cuenta de los vecinos se colocasen las placas. Con motivo de las fiestas que el día de San Francisco dichos vecinos de la calle del Carril le dedicaban, a las seis y media de la tarde del 4 de octubre, con la asistencia del alcalde Andrés Pescetto Balaguer, del teniente de alcalde del distrito, del alcalde de barrio Antonio Villagrasa, y del párroco de Santiago, se descubrió «el marmolillo con el nuevo título de San Francisco de la antigua calle del Carril». Por supuesto que no faltó la música y los cohetes. En recuerdo de aquellos vecinos que con sus firmas lo hicieron posible, relacionamos sus nombres, con la esperanza de que el lector pueda encontrar algún antepasado: Antonio Villagrasa, Victoriano Cuví, Calletano Martínez, José Cubí, Monserrate Molera, Alfonso Muñoz, José Angosto, Manuel Camares, Gaspar Fons, Manuel Hurtado, José Cañete, José Yllán, (ilegible) de Andrés Casanoba, José Yllán, Ramón Torregloza, Jerónimo Egidio, Antonio Berger, Francisco Rabasco, Mariano Pamies, Mariano Moreno, Antonio Cámara, Manuel Mora, Pedro Galindo, Antonio Pellús, Joaquín Clemente, José Martínez, Manuel Muela, Ramón Murcia, Cristóbal Cubí, Francisco Ballester, Manuel Onteniente, José Cubí Reboyo, Gregorio Lidón, Ramón Nabarro, Pedro Peral, Mariano Costa, José Cubí Rubio, Cayetano Martínez Insa, Jerónimo Grao, Carlos Hernández, Francisco Lidón, Diego Casanobas, Antonio Secilia, José Cesilia, José Fernández, Antonio Soto, Roque Porta, Vicente Soñer.
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