POR MANUEL GONZÁLEZ RAMÍREZ, CRONISTA DE ZACATECAS (MÉXICO).
A propósito del Día del Trabajo… ¿acaso ya se extinguieron los fotógrafos de seres queridos fallecidos o se acabó ese «gusto» por dejar un recuerdo antes de la separación definitiva?
Las fotografías eran tomadas después de la muerte y por la manera de embalsamar al cadáver daba el aspecto natural, especialmente si el fallecido estaba de pie, sin embargo, las fotografías post mortem que más demanda tenían eran las de los niños, ya que su tasa de mortalidad era muy alta, a finales del siglo XIX y principios del XX.
En aquella época la fotografía mortuoria no era considerado algo morboso debido a la ideología social de su tiempo, la muerte se concebía como algo con un aire mucho más sentimental, llegando a ser vista, en algunos casos, como un privilegio, ya que en ocasiones no se contaba con ninguna fotografía en vida de la persona fallecida y la que se tomaba después de muerto era la única que la familia conservaría para recordarlo.
Las imágenes del Memento Mori, que significa “Recuerda que morirás “, se volvieron todo un arte y en el Siglo XIX era muy común leer en los diarios de mayor circulación, anuncios que decían: “Se retratan cadáveres a domicilio a precios acomodados” o “artista fotogénico” recién llegado de París, el cual se encarga de “retratar a los difuntos como cuadros al óleo “.
Técnica de la fotografía mortuoria.
Algunos retratos póstumos se caracterizan por los variados artilugios de los que se servían los fotógrafos para embellecer la imagen y despojarla de la crudeza de la muerte, intentando algún tipo de arreglo para mejorar la estética del retrato.
En algunos casos se maquillaba al difunto o se coloreaba luego la copia a mano.
Los difuntos, por otra parte, eran sujetos ideales para el retrato fotográfico, por los largos tiempos de exposición que requerían las técnicas del siglo XIX.
En la toma de daguerrotipo la exposición seguía siendo tan larga que se construían soportes disimulados para sostener la cabeza y el resto de los miembros de la persona que posaba evitando así que ésta se moviera.
Las fotografías de difuntos los muestran «cenando» en la misma mesa con sus familiares vivos, o bebés difuntos en sus carritos junto a sus padres, en su regazo, o con sus juguetes; abuelos fallecidos con sus trajes elegantes sostenidos por su bastón.
A veces, agregaban elementos icónicos -como por ejemplo una rosa con el tallo corto dada vuelta hacia abajo, para señalar la muerte de una persona joven, relojes de mano que mostraban la hora de la muerte, etc.
Los militares, los sacerdotes o las monjas eran, por ejemplo, usualmente retratados con sus uniformes o vestimentas características.
La edad del pariente que acompañaba al difunto era el hito temporal que permitía ubicarlo en la historia familiar.
Los deudos que posaban junto al muerto lo hacían de manera solemne, sin demostración de dolor en su rostro. Tal es el caso de la fotografía de conjunto que les comparto abajo.
Es la fotografía de una familia mexicana. Fue tomada en mayo de 1925. Hace exactamente 100 años. Es una imagen que ha sido ampliamente difundida para ilustrar lo que era una familia en el México de principios del siglo XX.
Sin embargo, es una fotografía post mortem. El hombre del centro es el difuntito. Algún instrumento se utilizó para mantenerlo en pie.
El resto de la familia dirige sus ojos hacia la cámara, excepto la señora, cuya mirada está perdida en un horizonte muy doloroso por la pérdida del ser querido.
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