POR ANTONIO HERRERA CASADO, CRONISTA OFICIAL DE LA PROVINCIA DE GUADALAJARA.
Las obras de arte tienen muchas lecturas, y aparte de su aspecto formal, o de su último significado iconológico, están los detalles que marcan una época, un autor, una intención… en los personajes que la escultura dejó retratados en las tierras de Guadalajara durante la Edad Media, aparecen algunos con sus cabezas tocadas por gorros, bonetes y mitras. De los que aquí vamos a ver unos cuantos.
Es sobre todo la catedral de Sigüenza la que nos sirve de espacio donde extender la mirada. Y no en el centro de sus naves, sino en los rincones de sus capillas, donde se albergan silenciosos los enterramientos de obispos, de chantres y caballeros. En muchos de esos recónditos lugares, surgen las estampas de esos individuos que, por ser gente de prosapia, de dinero y nombradía, acostumbraron a llevar cubierta la cabeza, y aún más en el crucial momento de la muerte, o en el de su representación, que es ad aeternum.
En los siglos pasados, especialmente la Baja Edad Media, aunque era común que todos (hombres y mujeres) fueran tocados, el capelo que cubría la cabeza solía ser muy significativo de la calidad social de quien lo llevaba. Y solo aquellos que conseguían quedar retratados, en bulto, sobre su tumba, y porque eso suponía dominio y fortuna, se ponían algún tipo de cubrición en la cabeza. Que los distinguía en su profesión o tarea, o les daba un pábulo de suficiencia que permanecería durante los siglos futuros.
Solo me he fijado hoy, en rápido vistazo por las tumbas de caballeros y eclesiásticos, en algunos sujetos que permanecen tallados en la catedral de Sigüenza, y algunos otros en la ciudad de Guadalajara. Más un personaje que destaca en el conjunto de las escenas que estuvieron en la ermita de Nuestra Señora de Belén, en Cifuentes, luego en su parroquia de El Salvador, y hoy han recalado en el Museo Diocesano de Arte Antiguo. De ellos destaco, y en color porque la policromía se ha conservado y aún mejorado, uno que hace de rey mago y tiene un bonete prismático de origen europeo. En ese grupo merece la pena fijarse en todos sus personajes, porque tanto hombres como mujeres llevan tocados espectaculares.
Pero vamos ahora a lo más sencillo, que fueron los bonetes. En el fin del siglo XV han quedado algunos famosos tocados de ellos. El que más, don Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza, muerto en 1482 en la Guerra de Granada, y mandado reproducir en figura yacente por su padre, puesto hoy en la capilla de San Juan y Santa Catalina de la catedral seguntina. Ese bonete del Doncel es quizás la muestra más ilustrativa de esa prenda, sencilla y elegante a un tiempo. Que derivó luego, siglos más tarde, en la todavía hoy utilizada boina. Tal como a él se la vemos, se llevaba puesta firme y apretada sobre la pelambrera, que se solía dejar larga, y caída sin ningún rizo sobre los hombros, siendo largo el flequillo, y recto, y abundantes los bordes, de tal modo que asomaban por los lados bajo el bonete. Se ven otros similares en Guadalajara: el caballero Rodrigo de Campuzano, hoy yacente en San Nicolás, y don Alonso Yáñez (familiar del Cardenal Mendoza) y don Juan de Morales (secretario de los Reyes Católicos (en Santa María la Mayor). Los bonetes sencillos no eran caros. Si eran de paño negro y simples, no valían más de 5 reales la pieza. Por dos bonetes de hilo de oro, en esa época de hacia 1490, se cobraban 43 reales. Y por un bonete de grana alguien pagó en esos días 558 maravedises, que era un dinero. Esos bonetes podían ser sencillos, doblados, comunes, finos, o de tres filos. Los doblados eran un poco antiguos, y así vemos que son los que llevan el padre (Fernando de Arce) y el abuelo (Martín Vázquez de Sosa) del Doncel, en sus enterramientos de la catedral. Otro tipo de bonete es el abombado, como le vemos llevar al chantre don Juan Ruiz de Pelegrina en su tumba catedralicia. Con un pequeño doblez aparecen los bonetes que también en la catedral llevan: un sabio que está tallado en la silla prioral del coro, y quien hace de San Jorge venciendo al dragón en el predicatorio de la Epístola. De esos bonetes son multitud los que vemos en la estatuaria castellana, porque era lo común y lo elegante en esa época del fin de la Edad Media.
Pero también en la catedral aparecen varios individuos tocados de mitra. Evidentemente, eran los obispos. Aunque no todos, porque el segundo de ellos, don Pedro de Leucata, sobrino del primero, don Bernardo de Agen, en su sepulcro del presbiterio le vemos con un enorme báculo que ya le identifica, y un bonete a la cabeza de complicada tracería mudéjar, muy cuajado de guarniciones de bordados y piedras preciosas. Era más bien un capiello lo que llevaba. Mientras que enfrente suyo, y más moderno, aparece tallado yacente don Alonso Carrillo, Cardenal de San Eustaquio, cubierto el pelo de una mitra espectacular, que lleva tallada en su frente un gran ciervo, elemento esencial de la leyenda de su santo protector, Eustaquio, que era cazador. También en la capilla de San Juan está yacente el hermano del Doncel, don Fernando de Arce, obispo que fue de Canarias, y que se toca de mitra también, Por la parte trasera, como era habitual en los obispos mitrados, cuelgan las cintas que llamaban ínfulas.
Finalmente, y por poner un ejemplo de tocado vulgar, aunque en este caso es muy atractivo y complejo, vemos el capirote que lleva San Mateo en la talla que lo representa en el batiente de la ventana de la Sacristía Mayor o de las Cabezas.
De todos ellos he querido dejar las fotografías escuetas, señalando los nombres de los propietarios, y dejar aquí este recuerdo de tocados y caperuzos masculinos como otro sesgo con que mirar el arte en nuestra tierra, haciendo una lectura distinta del patrimonio que nos envuelve.