POR MIGUEL GALLEGO ZAPATA, CRONISTA DE SAN JAVIER (MURCIA)
Cuando el 19 de agosto, rodeado de mis hijos, me encontraba en la Iglesia Parroquial de San Francisco Javier y el Vicario pronunciaba las palabras «Acuérdate también, Señor, de tus hijos, Adolfo y Huertas, que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz» no pude evitar un cosquilleo en mi corazón pues se cumplían setenta y siete años, que en una noche nefasta y cuando se encontraba detenido en el Casino de San Javier pendiente de tomarle declaración, se lo llevaron en un camión y con otros nueve mas, entre ellos su hermano Diego, siendo asesinados en un bancal de la Carretera a Cartagena y arrojados sus cadáveres por encima de las tápias del Cementerio de El Algar.
Ni siquiera tenían donde sentarse, pues el mobiliario del Casino se lo llevaron a la Iglesia quemarlo con ella.
Su gran pecado, el haber estado unos años en Córdoba, estudiando veterinaria que ejercia en San Pedro del Pinatar y San Javier.
Ella, una abnegada mujer, viuda muy joven, totalmente desamparada, que dedicó su vida a educar a sus dos hijas, eso sí , en el amor a Dios e inculcándoles generosidad en el perdón.
Descansen en PAZ
