POR PILAR MARTÍNEZ TABOADA, CRONISTA OFICIAL DE SIGÜENZA (GUADALAJARA)
La asociación Hispania Nostra, referente en la defensa del patrimonio cultural y natural en España, cumple 50 años reforzando su labor de denuncia y conservación. Uno de sus principales instrumentos es la conocida Lista Roja, que recoge bienes en riesgo de desaparición gracias a avisos de ciudadanos, asociaciones o ayuntamientos.
Según explicó la delegada provincial de esta asociación, Pilar Martínez Taboada, el objetivo es claro: “ser la voz de quienes denuncian un bien en mal estado”, ya que la organización no actúa por iniciativa propia, sino que canaliza estas alertas y las evalúa a través de un comité técnico.
En la provincia de Guadalajara, el número de elementos en riesgo es significativo. Entre los casos más destacados figuran monasterios y conventos históricos como la Salceda (Peñalver), San Francisco (Atienza) o Sopetrán (Lupiana), que permanecen en la Lista Roja desde sus primeras incorporaciones en 2007.
También hay ejemplos positivos. Algunos bienes han logrado salir de esa situación tras procesos de rehabilitación, como Monsalud (Córcoles), San Antón (Mondéjar) o Bonaval (Retiendas), que han pasado a la denominada Lista Verde, reflejando que existe inversión y voluntad de recuperación.
El patrimonio defensivo también preocupa. Castillos como Galve de Sorbe han conseguido mejorar su situación, aunque todavía quedan numerosos ejemplos en estado delicado. “Tenemos tanta riqueza que no siempre se puede afrontar su restauración”, reconocen desde la organización.
Más reciente es la incorporación de nuevos bienes tras la pandemia, con ejemplos como el convento de Alcocer, la iglesia de Matillas, la casa del Cid en Castejón o el palacio de los Arias en Molina, además de ermitas y elementos de patrimonio industrial.
El caso más grave es el único elemento en Lista Negra en la provincia, un edificio en Molina de Aragón que no pudo salvarse. “Se viene abajo y ya no puede recuperarse de ninguna manera”, explican.
Desde Hispania Nostra insisten en que el principal problema suele ser la falta de recursos, aunque no es el único. “Todo tiene que tener una nueva función”, señalan, subrayando que sin uso o sin conciencia social es difícil garantizar la conservación.
En este sentido, el papel de la ciudadanía es clave. “Cuando las personas sienten que ese patrimonio es parte de su historia, se lucha por mantenerlo aunque solo queden restos”, destacan. También advierten de amenazas cotidianas como el abandono, el expolio o el deterioro natural.
La organización apuesta por una mayor implicación social y por fórmulas como el micromecenazgo, aunque reconoce que no siempre es suficiente para grandes proyectos. “Falta dinero, mucho dinero”, resumen.
