POR ANTONIO SÁNCHEZ DEL BARRIO,CRONISTA OFICIAL DE MEDINA DEL CAMPO (VALLADOLID).
El cierre temporal del Museo de las Ferias no ha detenido ni su actividad ferviente ni el deseo de poner en valor, como viene haciendo desde hace décadas, el patrimonio de la villa. Aunque las salas no puedan acoger por ahora las nuevas ediciones de los ciclos expositivos patrocinados por la Diputación de Valladolid, la mirada se desplaza hacia otro escenario cargado de historia: la Colegiata de San Antolín, donde una pieza singular, silenciosa durante siglos, se convierte en protagonista de la “Obra Destacada” nº 227.
Se trata del “Sepulcro de un clérigo del linaje de los Mercado”, una lauda funeraria elaborada en pizarra y alabastro a comienzos del siglo XVI, situada en el primer tramo de la nave de la Epístola, junto al acceso a la capilla de Quiñones. La obra, de notable calidad artística, se presenta ahora en su propio emplazamiento y es estudiada minuciosamente con una nueva atribución: el Círculo de Simón y Francisco de Colonia, maestros vinculados a la tradición escultórica burgalesa de finales del siglo XV y primeras décadas del XVI.
El estudio ha sido realizado por el académico Antonio Sánchez del Barrio, director también de la Fundación Museo de las Ferias, quien reconstruye la historia reciente de esta pieza y devuelve voz a una presencia que permaneció oculta durante buena parte del siglo XX. Según explica, el sepulcro salió de nuevo a la luz durante las obras de rehabilitación del interior de la Colegiata, en 2004, cuando fue retirado el retablo de la Purísima Concepción que ocupaba aquel espacio. Tras él apareció abierta en el muro una hornacina que guardaba la lauda de pizarra, con la cabeza y las manos orantes del difunto realizadas en alabastro.
Aquel ocultamiento se había producido en 1920, cuando el citado retablo fue trasladado desde la cercana Iglesia parroquial de San Facundo y San Primitivo. Ya Gerardo Moraleja, en su Historia de Medina del Campo, lamentaba que un sepulcro con estatua yacente y lápida hubiera sido cubierto para colocar el altar de las Hijas de Jesús. La historia, como tantas veces, había quedado literalmente tapada por otra historia.
Ahora, libre de aquel velo, la pieza puede contemplarse en toda su intensidad. Sobre la pizarra oscura aparece representado un clérigo en actitud orante, revestido con casulla y capa pluvial. La piedra, severa y profunda como una noche antigua, se anima con una decoración minuciosa de motivos florales y vegetales que evocan los ricos tejidos litúrgicos de los albores del Renacimiento. En la cenefa central de la casulla se distinguen tres figuras: Jesús, San Pedro y San Judas Tadeo, este último identificado por la alabarda. A los pies, una cabeza de angelote alado cierra la composición como un leve soplo de eternidad.
El contraste entre la pizarra y el alabastro constituye uno de los rasgos más llamativos del sepulcro. La cabeza del clérigo, cubierta con bonete y apoyada sobre un almohadón con borlas, y las manos juntas en oración —aunque llegadas hasta nosotros fragmentadas— introducen una claridad casi viva sobre el fondo oscuro de la lápida. Esa alianza de materiales, de sombra y blancura, remite a modelos funerarios de prestigio desarrollados en Burgos, donde familias poderosas emplearon combinaciones semejantes para construir una imagen de dignidad, memoria y permanencia.
Sánchez del Barrio vincula esta tipología con algunos sepulcros burgaleses promovidos por linajes como los Polanco o los Burgos, en los que el alabastro y la piedra negra generaban un efecto visual de gran fuerza. Desde esa comparación, la obra de la Colegiata se interpreta como una pieza de alto rango, perteneciente a una cultura funeraria que no solo buscaba recordar al difunto, sino inscribirlo en una genealogía de poder, devoción y prestigio.
La atribución al entorno de Simón de Colonia y Francisco de Colonia abre además una vía de especial interés para el conocimiento del patrimonio medinense. La calidad de la talla, la composición general, la riqueza ornamental y el empleo expresivo de los materiales permiten relacionar el sepulcro con los talleres burgaleses activos entre los siglos XV y XVI, en un momento de transición en el que el último gótico y el primer Renacimiento dialogaban todavía bajo las bóvedas de Castilla.
La identidad del personaje representado no ha podido establecerse con certeza, pero el estudio apunta a que pudo tratarse de un clérigo destacado del linaje de los Mercado, familia vinculada a este ámbito de la Colegiata. La construcción del espacio se documenta a partir de 1516, sobre una capilla anterior dedicada a Santa María Magdalena, perteneciente a la antigua parroquia medieval de San Antolín y también relacionada con los Mercado. Sobre aquel lugar fundaron una nueva capilla dedicada al apóstol Santiago, en la que se mencionaban arcos y sepulturas. Es posible que el arco donde hoy se encuentra la lauda sea uno de aquellos espacios funerarios previstos para perpetuar la memoria familiar.
Así, la “Obra Destacada” nº 227 no llega esta vez al visitante entre vitrinas ni bajo la luz medida de una sala expositiva. Permanece donde siempre quiso estar, en el muro de la Colegiata, en su ámbito natural, en el lugar para el que fue concebida. Allí, el clérigo de piedra continúa su oración inmóvil, suspendido entre la pizarra y el alabastro, entre el olvido y el redescubrimiento.
