CRÓNICA DE UN VIVIR DIARIO EN TIERRAS DE ÁVILA.
Jul 05 2026

POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA.

                                               

Hay territorios que parecen hechos para ser mirados dos veces: una con los ojos, otra con la memoria. Ávila es uno de ellos. En sus pueblos, en sus calles de piedra, en sus mercados y en sus campos, la vida ha dejado una huella que no se borra, aunque cambien con los tiempos y se aceleren las costumbres.
Es la misma temática que ya publicamos en “Estampas de la Tierra de Ávila. Fotografías de un vivir diario” (Piedra Caballera, 2004), en cuyo prólogo, José Jiménez Lozano observa: «La realidad se mueve entre lo pintoresco y lo provocador. [La obra es] un pequeño resto del pasado condenado a la extinción, o una de esas realidades que los expertos catalogan como pertenecientes a la España irredenta o profunda, incapaz de adaptarse al calendario, y una especie de mancha en el maravilloso e impoluto decorado e la Modernidad».
Ciertamente, hubo un tiempo —no tan lejano, aunque hoy parezca remoto— en que la fotografía nació como un gesto de resistencia frente al olvido. Una forma de atrapar lo que se escapa, de fijar en el papel aquello que los ojos apenas alcanzan a rozar. Pero hubo un instante inaugural en el que cada disparo era una declaración de amor a la memoria.
Hoy, en la era del vértigo digital, esa vocación de permanencia parece diluirse en un océano de imágenes efímeras. Quizá por eso, los fogonazos y destellos que fijamos en la retina encontraron en ello un hogar natural, un refugio donde la luz se posa con la serenidad ahora que parece queremos contar algo importante.
Igual que en épocas pasadas la fotografía surgió como necesidad de plasmar imágenes con vocación de permanencia, ese espíritu es el que late en estas líneas: la voluntad de retener el pasado, y también de explicar —con luz y sombra— lo que se aprendió escuchando a quienes caminaron antes por los mismos senderos. Un viaje que ya lo hicieron a finales del siglo XIX y principios del XX, un constelación de nombres que iluminaron la historia visual de Ávila: Clifford, Laurent, Alguacil, Torrón, Isidro Benito, Mayoral, Luis Sastre González, etc. Ellos, desde sus miradas diversas, construyeron un imaginario que aún hoy define la identidad abulense.
Por nuestra parte, los caminos que trazamos ahora pasan por el rescate de tradiciones, oficios, gestos y costumbres antes de que el tiempo los borrara. La cámara se convirtió entonces en un instrumento de salvamento cultural. El fotógrafo, en un intermediario humilde: toma prestado un instante, lo fija, y lo devuelve a la comunidad para que otros lo contemplen, lo interpreten, lo hagan suyo.
En esta ocasión, cruzamos miradas en estas notas de un diálogo silencioso como símbolo de la antigua Tierra de Ávila medieval que comparten personajes y dramaturgia en una respiración profunda de la vida rural. Y lo hacemos con un lenguaje visual que narra la vida cotidiana del campo: labradores que arman surcos, pastores que guían rebaños, canteros que doman la piedra, dulzaineros que despiertan la fiesta, carreteros, zapateros, matarifes, carboneros… Y junto a ellos, los feligreses que procesionan tras los santos, los niños que miran con asombro, los ancianos que sostienen la memoria.
Muchas de las escenas típicas abulenses podrían pertenecer a cualquier civilización, porque hablan de lo esencial: el trabajo, la celebración, la espera, la comunidad. Como en nuestra obra “La historia quieta, la memoria del tiempo” (1996), las estampas de lo popular reconcemos la huella de grandes maestros: Chambi, Casasola, Cartier-Bresson, Morath, Català Roca, Alfonso, Escobar, Pacheco, Mayoral… y, en la actualidad, Cristina García Rodero, entre otros.
Igualmente, la lectura del libro Sobre la fotografía (On Photography, 1977), de Susan Sontag, salta como un disparo interior, lo que también nos sirve para trasladarnos y aproximarnos a la sociedad rural abulense como quien se acerca a una gran familia. Los protagonistas —hombres, mujeres, jóvenes, niños— no son personajes anónimos: son la encarnación de un modo de vivir que resiste, que se transforma, que se narra a sí mismo a través de estas imágenes.
No buscamos la épica ni la denuncia, tampoco la nostalgia fácil, sino hacer un homenaje a la vida tal como es: digna, austera, luminosa en su sencillez. Un canto a un campo que envejece, que se vacía, pero que sigue respirando en cada gesto sobre el que nos detenemos. Huimos de la tentación de afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor, mejor mostrar que cada tiempo tiene su belleza, su verdad, su latido.
Los apuntes que siguen hablan del trabajo de la tierra, de molinos harineros, del trato con los animales, de oficios que dieron forma a la identidad abulense. Es un recorrido cíclico, heredado, transmitido de generación en generación. Un guiño al diálogo entre paisaje y vida, entre escenografía y existencia.
La imagen del campesino abulense —hombres y mujeres que llegaban a la ciudad en días de mercado— fascinó a pintores como Zuloaga, López Mezquita, Sorolla, Soria Aedo, Caprotti o Benjamín Palencia. Esa misma mezcla de admiración y emoción es la que despertamos, una vez más, lo que nos permite entrar en un territorio donde el tiempo se detiene para contarnos quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo.
UNA TIERRA DETENIDA.
Hay tierras que no solo se recorren, sino que también se escuchan. Las de Ávila unas de ellas. Basta detenerse un instante para oír cómo cruje la memoria bajo los pies, cómo el viento arrastra voces antiguas entre las encinas, cómo el agua del Adaja repite, incansable, la letanía de los oficios que lo acompañaron durante siglo guardando la respiración para no romper el hilo que une a los vivos con quienes trabajaron antes estas mismas lomas.
Hoy, cuando la fotografía se ha vuelto un destello fugaz en la pantalla del móvil, cuesta recordar que hubo un tiempo en que la imagen aspiraba a la eternidad: «la fotografía surgió como necesidad de plasmar imágenes con vocación de permanencia, casi de inmortalidad». Y es precisamente esa vocación la que late en las estampas que describimos en un un intento de fijar lo que se desvanece, de retener lo que ya casi no existe.
En nuestro transitar por la memoria y el paisaje, vimos en Amavida, a comienzos del año 2000, a Benigno Jiménez (q.e.p.d) —esquilador y segador en otros tiempos— preparar la tierra del huerto familiar con una yunta de vacas. La escena, que podría pertenecer al siglo XIX, era en realidad uno de los últimos latidos de una forma de trabajar la tierra que se extinguía. También un año después, en Brieva, Luis Pardo García (q.e.p.d.) repitía el gesto ancestral, pero con una pareja de burros y un arado romano. Febrero aún muerde, pero él abría la tierra como lo hicieron sus abuelos y los abuelos de estos. Después sembró garbanzos, tomates, sandías.
La siega era el comienzo de la estación estival verdadera, era el estallido del verano. Los segadores, provistos de hoces afiladas, entraban en los campos cuando el cereal estaba en su punto exacto de madurez, como quien entra en un templo: con la hoz afilada y el cuerpo dispuesto a la fatiga. El cereal, dorado y tenso, esperaba el corte que lo convertiría en alimento.
Después de la siega, la actividad recolectora continuaba en la era, ese círculo de polvo y sol donde el trillo —arrastrado por burros, vacas o mulas— trituraba la mies. El aire se llenaba de un olor áspero, mezcla de paja caliente y sudor.
Y luego, el momento más hermoso: aventar ese instante en que el agricultor lanzaba al aire la mies trillada para que el viento hiciera su parte para separar el grano de la paja el agricultor se servía del viento al que lanzaba la mies trillada. Y uno imagina a Luis Pardo, brazos alzados, entregando al viento la tarea final, confiando en él como en un viejo aliado.
La aventadora llegó después, “revolucionaria”, sí, pero incapaz de sustituir la belleza del gesto humano. No borró del todo la poesía del gesto, pero sí marcó el principio del fin de una forma de entender el trabajo. Aun así, en las eras de la Moraña, algunas máquinas oxidadas siguen en pie, como animales dormidos que sueñan con los veranos de antaño.
La vendimia en la ribera del Adaja sigue siendo una de las pocas actividades agrícolas que aún conserva su aspecto familiar, aunque lo sea con carácter testimonial, lo que vimos desde Tolbaños hasta Gotarrendura, pasando por San Esteban de los Patos, Mingorría o Cardeñosa, donde los hombres, mujeres y niños de los pueblos se congregaban para recoger la uva y elaborar el vino como se ha hecho siempre.
Los lagares de viga y tornillo, verdaderas joyas de la arquitectura popular, son testigos de esa tradición. En ellos, la uva se esparce en el suelo, se pisa, se prensa. La uva obtenida en la vendimia se esparce en el suelo del lagar donde se pisa y los restos son prensados hasta obtener la última gota de mosto. Esa última gota es, quizá, la más valiosa: la que sabe a esfuerzo, a familia, a continuidad.
El Adaja es más que un río: es una columna vertebral cuando parte de la ciudad de Ávila. Desde los Callejones de Chascarra, donde el agua se desvía por caceras para mover las ruedas del “Molino de Trevejo”, hasta los molinos de “Las Juntas” y “Negrillo”, el río ha alimentado una industria que fue esencial para la economía abulense. Veinticinco molinos en la zona de Mingorría y Zorita. Otros tantos en Cardeñosa y Pozanco. Cada uno con su historia, su dueño, su tragedia. El charco del “Redondillo”, por ejemplo, es recordado como un lugar fatídico donde el río se cobró varias vidas.
El “Molino de Ituero” —o del Tío Deogracias, o de Miaja— se levanta donde el río se retuerce en quiebros imposibles. Perteneció en el siglo XVI a Juan López Dávila, cura de Mingorría, y después al Convento de la Encarnación. “El Caleño” o “Molino del Francés”, con su imponente batán de dos ruedas, sirvió a la industria textil hasta la crisis del XVIII. Y luego están los molineros: Pablo Rodríguez, Julián y Antonio Vázquez, Aureliano Muñoz “Polilo”. Hombres que vivieron entre el polvo del grano y el rumor constante del agua. Oficio noble, oficio heredado.
Los hermanos San Segundo —Tomás David, Valeriano y Mariano— fueron los últimos que mantuvieron el “Molino de Hernán Pérez” en perfecto estado como custodios y guardianes de una tradición harinera, que también fue panadera, la cual se apagaba, a pesar de su fama. El verso lo resume con gracia: «Ávila tiene la fama/ de los grandes caballeros,/ y Mingorría la tiene/ de los grandes panaderos».
LOS ANIMALES: LA OTRA MITAD DEL CAMPO.
Las cabras ramonean en el encinar de “La Malita”, desde donde se divisa el castro vettón de “Las Cogotas”. Las ovejas, que “siempre han constituido una parte importante en la economía rural”, siguen aprovechando barbechos y rastrojeras como lo hicieron en tiempos remotos. El esquileo, cada año, convierte los apriscos en una fiesta: chanfaina, cocido, caldereta, coplas al son del almirez. La copla lo resume con una verdad luminosa: «Tres días hay en el año que relucen como el sol: la matanza, el esquileo y el día de la función».
El caballo y las mulas, antaño imprescindibles, hoy apenas sobreviven en el arrastre de troncos o en espectáculos taurinos. Los potros o herraderos —cuatro columnas de granito sin labrar— siguen en pie en muchos pueblos, como monumentos involuntarios a la inventiva campesina. La ganadería vacuna continúa siendo una actividad esencial. Las vacas pastando en los prados son una imagen que define la identidad rural tanto como las torres de las iglesias o los palomares circulares que salpican la meseta.
Y luego están las aves de corral, siempre presentes en la economía familiar. El molinero Valeriano San Segundo posa junto a su gallo y sus gallinas, como si quisiera recordarnos que la autosuficiencia fue durante siglos la única forma de vida posible.
Las cigüeñas, casi sagradas, coronan las torres campanario de iglesias y ermitas. Su presencia es tan habitual que los lugareños las sienten como parte de la familia. Los palomares —rectangulares o circulares, con pretensiones decorativas que a veces superan a las de las viviendas— son otra seña de identidad. En ellos se criaban palomas que proporcionaban carne y abono.
La matanza del cerdo era un acto de comunidad, y en algunos lugares sigue siendo, un acontecimiento central del invierno. El documento lo narra con crudeza y respeto: el cerdo es fuertemente agarrado sobre una mesa donde se le da muerte mediante una puñalada en el cuello. Después se choscarraba sobre paja ardiendo, se recogía la sangre para las morcillas, se abría en canal, se lavaban las tripas en la fuente. Era un día duro, sí, pero también un día festivo de abundancia, de reunión, de calor humano en pleno invierno. Un día que marcaba el ritmo del año y aseguraba la despensa y reforzaba los lazos familiares.
Cuantas evocaciones que reseñamos no son solo un inventario etnográfico. Son un espejo. En él se reflejan los hombres y mujeres que hicieron posible la vida en un territorio áspero y hermoso. Gente que aró, segó, trilló, ordeñó, esquiló, molió, vendimió, crió, mató y celebró. Gente que entendió la tierra no como propiedad, sino como destino.
Hoy, cuando muchas de estas actividades han desaparecido o sobreviven apenas como gestos testimoniales, estas las palabras de remembranza se convierten en un acto de resistencia. En una forma de decir: esto fuimos, esto somos, esto no debe olvidarse. Porque la memoria, como la tierra, solo se pierde cuando se deja de trabajarla.
UNA TIERRA QUE TRABAJA.
En los contornos pedregosos de Ávila, donde el viento parece arrastrar siglos y las encinas vigilan como viejas guardianas, la vida rural ha tejido siempre su propio relato. Un relato hecho de manos ásperas, oficios heredados y una dignidad silenciosa que aún hoy se respira en los pueblos. Basta detenerse un instante para escuchar cómo la memoria se enciende, como el carbón vegetal que antaño preparaban los carboneros, cuando el horno o carbonera se formaba con leña amontonada en posición vertical recubierta de hojarasca, hierba seca y tierra. Aquella combustión lenta era casi un rito, una alquimia campesina que convertía la encina en energía para los inviernos interminables.
En las eras, donde el sol cae a plomo y el polvo se levanta con cada pisada, los carros siguen siendo monumentos inmóviles a un tiempo que se resiste a desaparecer. Carros de vacas, toscos y bajos, y carros de mulas, más airosos y orgullosos. Los carros de vacas son más bajos, toscos y primitivos que los de mulas, más altivos, adornados y elegantes. Los labradores los modificaban según las necesidades del momento: ruedas ferradas sustituidas por neumáticos, varas ajustadas para burros en lugar de vacas. Luis Pardo, por ejemplo, transformó un viejo carro de vacas para ser tirado por burros, demostrando que la creatividad rural siempre ha sido una herramienta de supervivencia. Ingenio rural en estado puro.
La carretería, el oficio de construir carros, alcanzó un notable prestigio. En pueblos como Peñalba de Ávila, artesanos como Epigmenio Gil dominaban técnicas complejas que combinaban carpintería, metalurgia y sentido estético. Sus carros pintados, elaborados a mano, eran piezas únicas que hoy serían consideradas patrimonio cultural.
Si hay un material que define la identidad de Ávila, ese es el granito. En Mingorría y Cardeñosa, la abundancia de piedra propició la aparición de canteras a cielo abierto. La piedra también marcó el destino de muchos hombres. Encumbrarse a un bloque de granito era casi un acto de fe, y en esto el hombre decidió subirse a las grandes piedras y se dispuso a extraerlas, cortarlas y darles forma. De ese gesto nació la cantería, oficio duro y silencioso, convertido sin pretenderlo en arte.
La cantería no fue solo un oficio: fue una forma de vida. Los canteros moldearon el paisaje urbano y rural, dejando una huella que aún hoy se percibe en las casas, las iglesias y los corrales. Junto a ellos, los albañiles y maestros de obras configuraron la arquitectura popular, ese caserío que define la personalidad de los pueblos abulenses. Sus manos anónimas levantaron muros que han resistido siglos de viento y silencio.
En los pueblos, la arquitectura popular no es solo un conjunto de casas, son la huella de quienes las levantaron. Albañiles y maestros de obras, anónimos y tenaces, dieron forma a calles y plazas que aún hoy conservan la geometría de la vida sencilla. Y en cada casa, las antiguas cocinas eran el corazón del hogar. Allí, al calor del fuego lento, se cocinaba la comida y también la vida: cuentos, romances, historias que pasaban de generación en generación, lo mismo que la fragua era un punto de encuentro y un hervidero de actividad. Allí se moldeaban herraduras, rejas, punteros y ruedas de carro, si bien hoy, pocas fraguas siguen activas, pero su recuerdo permanece en la memoria colectiva.
El herrero y el herrador eran figuras imprescindibles para la vida agropecuaria. Tanto era así que, en algunos municipios, el oficio se licitaba y adjudicaba desde el ayuntamiento, como si se tratara de un servicio público esencial. El sonido del martillo golpeando el yunque, el resplandor del hierro al rojo vivo y el olor a carbón formaban parte del paisaje sensorial de la vida rural. A dicho sonido se unía el de los afiladores gallegos que, con su armónica inconfundible, eran visitantes habituales. Su estampa ambulante forma parte del imaginario rural español.
El ferrocarril llegó a Ávila en 1864 como una bocanada de modernidad. La línea Madrid Irún abrió ventanas nuevas al mundo y permitió que desde el tren se descubrieran nuevos paisajes y caseríos. El tren no solo transportó mercancías y viajeros: transportó ideas, modernidad y una nueva forma de mirar el territorio. Sin embargo, todo aquello luego se truncó, cuando las estaciones se cerraron y luego se demolieron, arruinando con ello historias y memorias de muchos pueblos, como ocurrió en Mingorría hace un par de años.
Otra seña de identidad de los pueblos de Ávila fue la repostería artesanal. Almendras garrapiñadas, turrones, caramelos y dulces festivos formaban parte de la vida cotidiana y de las celebraciones. Pero si hay un producto que marcó una época en los pueblos del entorno de la capital abulense, ese fue el chocolate de Mingorría. Entre 1832 y 1970, la familia Marugán y la marca “La Mingorriana” llevaron el nombre del pueblo por toda la provincia. Aquellos chocolates, elaborados de forma artesanal, son hoy un recuerdo entrañable para quienes los probaron.
En los campos morañegos por Zorita, el pastor Federico Gómez mantuvo vivo hasta su muerte en 2021 un arte que parecía imposible en tiempos de prisa: tallar madera, hueso o cuerno solamente a punta de navaja. Sus piezas, delicadas y precisas, son pequeñas esculturas pastoriles.
Hubo un tiempo en el que los telares que, hasta finales del siglo XIX, llenaban de vida los pueblos del Adaja. La artesanía textil no era solo economía doméstica, era una forma de narrar el mundo cada día. Últimamente, el sonido de los bolillos es casi un latido con el que las mujeres confeccionaban puntillas, tapetes y pañuelos con una destreza que hoy asombra.
La vida también se contaba por las mujeres mientras lavaban la ropa en el río, fuentes y arroyos, después en los lavaderos municipales, un espacio de conversación y comunidad. Por su parte, los zapateros, indispensables en la vida cotidiana de los pueblos, remendaban y fabricaban calzado con suela, badana o caucho.
La tierra de Ávila es también un territorio de rostros. Rostros como los que todavía pueden verse hoy, curtidos en los años cuarenta y cincuenta por la escasez y el trabajo sin tregua. Rostros de mujeres que aprendieron desde niñas trabajos de aguja corta y larga, calceta, crochet y bordados. Rostros que celebran Santa Águeda cada 5 de febrero, cuando las mujeres, ataviadas con el traje típico, asumen simbólicamente el poder y reivindican su lugar en la historia. Es una tradición que, lejos de anclarse en el pasado, dialoga con las luchas contemporáneas por la igualdad.
Las personas mayores son mayoría en el medio rural. Sus caras, marcadas por antiguas batallas por la subsistencia, son un archivo vivo. En ellos se lee la historia de los años de la posguerra, la dureza del campo y la dignidad de quienes nunca dejaron de trabajar. La religiosidad popular también se expresa en gestos íntimos, como el de esas mujeres que se arrodillaban con devoción mientras pasa la procesión del Corpus.
Al final, lo que permanece es la gente. La presencia humana en los pueblos es lo que todavía les mantiene vivos. Esa presencia —a veces escasa, siempre resistente— sostiene la identidad de una tierra que no se rinde al olvido. Una tierra donde cada oficio, cada gesto y cada mirada cuentan una historia universal: la del esfuerzo, la del arraigo, la de la vida que se abre paso entre encinas, granito y memoria.
EPÍLOGO DE UN VIVIR DIARIO.
Para concluir, retomamos de nuevo las palabras de José Jiménez Lozano, las cuales nos fueron dedicadas a la crónica visual que hicimos del vivir diario en las tierras de Ávila: «Aserción dogmática de la modernidad es que el hombre moderno es un hombre urbano y despegado del peso del pasado, y hasta los teorizantes de la nueva estética avisan de que la escritura de la modernidad igualmente debe girar en torno a ese hombre moderno y urbano, sin ceder a la tentación de contar historias sobre el hombre de la antigüedad o de quienes en el campo viven.
»Así las cosas, ejércitos de enseñantes a diversos niveles tratan de llevar la liberación cultural a esas comunidades como las agrarias, que en este aspecto de la cultura –tomada esta palabra en su sentido serio naturalmente, y no en el de la de industria y espectáculo como es habitual, y ya también dogmático– tienen siete u ocho mil años a sus espaldas, y han proporcionado a los más altos genios de la humanidad la materia para sus historias y para su lenguaje y su poesía.
Claro está, sin embargo, que lo que se pretende con todo esto es desarraigar al campesino de su cultura tradicional, muy mediada, además, por lo religioso, y el sentido conservador y realista que es el que proporciona al campesino su contacto con la naturaleza y todas las esquinas de la realidad, y en toda su dureza.
»No se imponen los constructos abstractos de la modernidad, en efecto, si antes no se liquida la vieja cultura, y en este proceso estamos, y ya muy avanzado por cierto. Pero éste es otro asunto. Lo que hay que decir, sin embargo a propósito de esta vieja cultura campesina –en torno a la cultura popular o del pueblo bajo, en general, pero nada que ver con los imbéciles desechos que se sirven cada día a las gentes con esta denominación– es un par de cosas importantes.
En esta cultura, en la que se acuñaron todos los conceptos civilizadores de la humanidad, aun desteñidos por los avatares de los tiempos, y el abandono y el desprecio tan continuados, siguen estando ahí; y esto a comenzar por el concepto de persona y el aura de sacralidad y dignidad que lo rodea, y que está absolutamente periclitado en nuestra civilización, el sentido enfático del yo y de la individualidad, y concluyendo por el lenguaje, para enunciar solamente unos cuantos extremos»

FUENTE:https://www.facebook.com/jmsanchidrian1234

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