LOS GRAFITIS PROTEGIDOS QUE ATESORA LA CATEDRAL DE MURCIA
Jul 05 2026

POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.

                                             

El Gobierno central de acuerdo con la Ley de Memoria Democrática, ha dado tres meses al Obispado de Cartagena para que retire una inscripción de la fachada de la Catedral que reza, en la puerta de la plaza de la Cruz «José Antonio Primo de Rivera, ¡presente!».

Cuenta el ministro del ramo que ese grabado no tiene ningún «valor cultural». Y en eso no se equivoca. Yo añadiría que tampoco tiene arraigo alguno entre los murcianos que, en su gran mayoría, ni saben que el primer templo de la Diócesis mantenía semejante grabado.

Así que resulta lógico, de acuerdo con la ley, eliminarlo. Otra cosa será cómo y en eso anda Cultura. Sin embargo, lo interesante del caso es que la misma fachada atesora otras inscripciones mucho más antiguas a las que, curiosamente, sí protege la ley.

Pero antes vayamos a la gran plaza de la ciudad, la de Santa Catalina, con su iglesia porticada que luego devendría en el sencillo templo actual y su altiva torre donde se enseñoreaba el reloj oficial, único en la urbe, y atronaba la campana del toque de queda, la que anunciaba grandes fastos, riadas o la llegada de invasores a la ciudad.

En el mismo lugar donde se proclamaban reyes unas veces, fiestas otras y siempre los bandos, también se alzaba el cuartel de los caballeros, la sala de armas de la ciudad, edificio luego conocido hasta su ruina como el Contraste de la Seda. Allí se ‘contrastaban’, a modo de inflexible inspección pública, las monedas de oro y plata desde los Reyes Católicos. Vamos, anteayer.

No eran pintarrajos
En 1933, pese a que estaba protegido, se cargaron el edificio. Y con él unos extraños grafitis en su fachada que, durante generaciones, muchos murcianos creyeron que eran burdos brochazos realizados, como escribió el periodista Martínez Tornel en 1880, «por pintores de brocha gorda para probar las pinturas».

Se equivocaban. Esos supuestos pintarrajos, como los que atesora la torre de la Catedral, eran el honor más apreciado que un murciano podía recibir, una suerte de red social de piedra, accesible por cuantos leer supieran, tan secundada y bulliciosa como las actuales, e igual de omnipresente en esa especie de corazón virtual que era Santa Catalina para nuestros ancestros.

El pueblo los conocía como vítores y eran el resultado de un sufragio universal, una especie de apoteosis del mérito desconocido o un testimonio de especial reconocimiento o burla, según el caso. Algún autor sitúa su origen en las inscripciones que durante la Edad Media anunciaban en los muros de la catedral de Salamanca los nuevos doctorados. Así, se escribía la palabra ‘Vitor’ seguida del nombre del afortunado.

Cada uno de los letreros, tal que improvisado tablón de ilustres anuncios, intentaba inmortalizar a murcianos que hubieran destacado por su dedicación a la urbe. Uno de ellos, por citar un ejemplo, fue el corregidor Rojas, quien se desvivía por el progreso de la ciudad.

Así que cierto día, según Tornel, alguien decidió escribir en el Contraste: «ROXASCgr». Y desde entonces ya sabía todo el que lo leía que el corregidor Bernardo de Roxas, hermano del célebre obispo, allá por la mitad del siglo XVIII, había merecido el aplauso de la ciudad.

De igual forma fueron desfilando en tinta almagre los nombres de valientes soldados o exiliados que emigraron pobres para retornar enriquecidos. Incluso algún mayordomo de los que nombraba el Consistorio para organizar el corpus si acaso echaba el resto en hacerlo.

Así lo describía el célebre ‘Diario de Murcia’: «Y si traía danzas de Valencia, y sacaba tremendos gigantones, y quemaba fuegos de artificio, o hacía toros bravos y sorprendentes iluminaciones, de modo que el pueblo quedaba contento y satisfecho… A la pared del Contraste con su nombre».

No en menos ocasiones algún predicador se arrancaba con cierto pregón que hacía llorar a las piedras y que, durante días, era la comidilla de aquella diminuta ciudad. Y su nombre, para regocijo del clérigo, ocupaba la pared.

Por oposiciones injustas
Pero no solo para ensalzar biografías servían las fachadas. En alguna ocasión se inscribió el nombre de algún murciano que, de forma injusta, había perdido una oposición, fuera civil o eclesiástica, y que el sentir popular consideraba como el mejor candidato.

Esta costumbre se desvaneció en el siglo XIX. Pero aún retornaría en algunos tiempos, como ocurrió tras la Guerra Civil y la inscripción que ensalza a José Antonio. Por cierto, ya nadie recuerda que tres años después de asesinado, la Falange murciana organizó un homenaje al que fuera su fundador en el primer templo de la Diócesis.

Ocurrió el 20 de noviembre de 1939 y para la ocasión se colocó una lápida también en memoria del político. Y aquella inscripción sí que no tenía desperdicio. Consistía en una enorme placa que ubicaron, sujéteme usted la copita de chinchón, en la mismísima fachada principal de la Catedral, junto a la puerta de San Juan Evangelista.

Prohibido orinar
En la lápida podía leerse: «José Antonio Primo de Rivera: ¡PRESENTE! ‘Mártires por Dios y por España: ¡PRESENTES!». Muchos diarios nacionales publicarían el instante en que, a mano alzada, se descubrió la pieza. Aunque, acaso porque aquello era un evidente exceso, también se apresuraron a aclarar que se había colocado «de forma provisional».

Y ya que estamos allí, apenas es legible otro rótulo que en su fachada principal condena a la excomunión a quien «se orinase» en el entorno catedralicio. Aunque es muy probable que pronto deje de leerse y entonces pasará a la historia como el curioso esqueleto de la capilla de los Vélez que el Obispado ordenó retirar, no fuera a hacerse famosa en el mundo nuestra catedral como otras que, por atesorar cualquier bagatela insignificante, lo son.

FUENTE:https://www.laverdad.es/murcia/ciudad-murcia/lamurciaquenovemos/grafitis-protegidos-atesora-catedral-murcia-20260705081947-nt.html

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