POR FERNANDO JIMENEZ BERROCAL, CRONISTA OFICIAL DE CÁCERES.
Hubo un oficio en Cáceres que fue una gran fuente de sustento durante los siglos XIX y XX y que hoy sobrevive, en parte, en el nombre de una de las calles más ‘catovis’ de la ciudad: la calle Caleros. Sin embargo, para algunos, el verdadero corazón de aquel oficio no estaba en las inmediaciones de Fuente Concejo o Santiago, sino a los pies de Maltravieso.
Los vecinos del Espíritu Santo y de la actual avenida de Cervantes conocen bien la futura urbanización San Francisco 06, cuyas obras deberían comenzar a partir de septiembre, una vez concluyan los trabajos de preparación del terreno. Precisamente durante ese proceso han vuelto a salir a la luz vestigios del Cáceres industrial: varios hornos de cal.
Pertenecieron a la familia de Luciano Condón Espadero, conocido como ‘El Peloto’, un apodo heredado de su afición infantil por jugar al balón. La historia de estos hornos y del oficio de calero está ampliamente documentada por Francisco García Moya y Fernando Jiménez Berrocal en el libro ‘Caleros, aprender desde el recuerdo’.
La saga Peloto
Luciano Condón nació en Cáceres en 1888 y falleció en 1959, a los 71 años. Era hijo de Gumersindo Condón, obrero en los hornos de cal, y a quien el oficio marcó también su vida. Tras trabajar durante años en distintos hornos de la ciudad, en 1941 el Ayuntamiento le concedió la explotación de dos hornos en la zona del Espíritu Santo, que mantuvo en funcionamiento hasta su jubilación. Después pasarían a manos de su hijo, José Condón Iglesias.
En aquellos hornos se cocían tanto cal blanca como cal morena. Para mantener la producción contaba con cuatro trabajadores fijos, además de varios temporeros encargados de cortar leña en la Sierra de San Pedro y dos carreros, el señor Quintanilla y su hijo Eduardo, que transportaban la madera y la cal hasta los diferentes puntos de venta.
Entre quienes dedicaron prácticamente toda su vida a este trabajo estaba su yerno, Andrés Vaca Pérez, conocido como ‘Andoba’, encargado de organizar el funcionamiento diario del horno. Falleció en 1963, con solo 47 años, después de haber pasado toda su vida ligado al oficio de calero. Uno de sus hijos, José Andrés Vaca Condón, ha sido uno de los que ha aportado información sobre los hornos de la familia.
Por su parte, Pepa Condón, hija de Luciano, recordaba cómo los niños que padecían tosferina acudían hasta el respiradero del horno para respirar el humo de la cal, convencidos de que aliviaba la enfermedad.
Los hornos permanecieron activos hasta 1970. Resistieron la crisis provocada por la llegada del cemento, que desde comienzos de los años sesenta fue desplazando a la cal como principal material de construcción. Solo la cal blanca, utilizada especialmente para encalar durante el verano, permitió prolongar unos años más una actividad que ya agonizaba.
El testimonio del último calero
El último representante de la saga de caleros también se llama Luciano, nieto del primer mencionado, y con los apellidos Condón Cordero. Hoy conserva intactos los recuerdos de aquella época. Cuando los hornos cerraron él apenas superaba los 14 años, aunque llevaba pisándolos desde mucho antes. «Trabajé de los 12 a los 15 años, pero desde los siete ya iba por allí. Era un crío», recuerda.
Nunca fue un mero espectador. «Yo no estaba allí como un señorito. Andaba con el carro, salía a por piedras y a llenar el horno. Esas cosas», resume aquellos años con la naturalidad de quien vivió un trabajo tan duro como habitual para la época: «Era muy duro, como todo».
Décadas después, ha sido él mismo quien ha acompañado a los operarios y a los técnicos de Patrimonio durante la excavación. A medida que avanzaban los trabajos, Luciano iba señalando dónde debían seguir excavando. «Me preguntaban si les quedaba mucho y yo les decía: ‘Dos metros más para abajo’. Al final, todo lo que les he ido diciendo ha salido», comenta con la satisfacción de quien conoce aquel lugar de memoria.
Un futuro, de nuevo, bajo tierra
¿Qué ocurrirá ahora con estos hornos? La respuesta definitiva aún no existe, aunque todo apunta a que volverán a quedar enterrados. Desde la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes explican que la Dirección General de Patrimonio está pendiente de recibir el informe elaborado por el equipo de arqueología contratado por la promotora. Será ese documento el que determine los siguientes pasos. «Estamos en una fase muy inicial», señalan.
La promotora de San Francisco 06, una actuación que contempla más de 415 viviendas y un parque público de más de 51.000 metros cuadrados junto a la Ribera del Marco, confirma que los hornos aparecieron en una zona verde, fuera del área edificable. La intención, una vez finalicen los trabajos arqueológicos, es documentarlos por completo y volver a cubrirlos para garantizar su conservación y evitar posibles actos vandálicos.
Quizá dentro de unos años nadie repare en que, bajo el césped de ese parque o bajo los caminos por los que pasearán cientos de vecinos, descansan los hornos donde generaciones de cacereños se ganaron la vida.
Permanecerán ocultos, pero no olvidados. Porque la memoria de la ciudad no siempre se levanta sobre monumentos visibles; pues a veces permanece enterrada, esperando a que alguien vuelva a contar su historia. Y la de Cáceres, durante mucho tiempo, también fue una historia escrita con cal.
