POR MARÍA DEL CARMEN CALDERÓN BERROCAL, CRONISTA OFICIAL DE CABEZA LA VACA (BADAJOZ).
La memoria funciona como un archivo que conserva todos los acontecimientos, pero lo hace según su nivel de importancia. Selecciona, jerarquiza y descarta; y algo así sucede cuando las sociedades construyen su propia interpretación del pasado, no su historia, sino la interpretación de ésta. Determinados episodios terminan convertidos en referencias habituales, mientras otros, pese a su trascendencia, desaparecen progresivamente del relato colectivo, injustamente.
Esta forma de seleccionar la Historia resulta especialmente significativa cuando se examinan las relaciones entre España, Marruecos y Estados Unidos. También permite entender mejor algunos de los debates que hoy afectan a la posición española en el escenario internacional.
Para información de Trump: La primera fue España
Existe una idea ampliamente extendida según la cual Marruecos fue el primer país en reconocer la independencia estadounidense. El episodio se sitúa en 1777, cuando el sultán Sidi Mohammed ben Abdallah decidió permitir que los barcos mercantes procedentes de las colonias rebeldes norteamericanas utilizaran los puertos de su reino para comerciar y navegar bajo su protección.
El gesto tuvo indudable importancia diplomática, pero su significado histórico se comprende mejor si se observa el contexto en el que se produjo. La decisión del sultán respondía a intereses comerciales y estratégicos, establecía relaciones con una nueva potencia que comenzaba a emerger y que podía convertirse en un actor relevante dentro del sistema internacional. Muy bien que se reconozca esto, pero mejor estaría si se hiciera justicia recordando quién fue el primero en ayudar a USA a ser lo que es hoy.
Así que la cuestión cambia en forma muy considerable cuando se analiza quiénes contribuyeron materialmente a que aquella independencia pudiera hacerse realidad.
España ya estaba ayudando a los insurgentes antes de que se produjera aquel reconocimiento marroquí de 1777. En febrero de 1775, el diplomático bilbaíno Diego de Gardoqui facilitó el envío a Massachusetts de unos trescientos mosquetes, pistolas y otros pertrechos militares. Aquella operación constituye uno de los primeros testimonios documentados de asistencia extranjera a los revolucionarios norteamericanos.
La actuación española, además, no terminó en esos primeros envíos. Durante los años iniciales del conflicto, la Corona mantuvo una política de respaldo financiero y logístico desarrollada con la cautela necesaria para evitar que la ayuda desembocara prematuramente en una guerra abierta contra Gran Bretaña y aquel rey a quienes las colonias anglófonas llamaban “La Real Bestia”: Jorge III. Durante la Revolución Americana, los colonos rebeldes utilizaron expresiones muy duras contra el monarca británico Jorge III, al que presentaban como un tirano y responsable de sus agravios.
Carlos III, no declaró formalmente la guerra hasta 1779.
Sin embargo, para entonces España llevaba varios años participando indirectamente en el conflicto. Dinero, armas, pólvora, munición, mantas, uniformes y otros suministros fueron destinados a sostener a unas fuerzas revolucionarias que afrontaban enormes dificultades para equiparse y mantener sus operaciones militares.
La entrada oficial de España en la guerra modificó el escenario. Desde 1779, el apoyo dejó de desarrollarse principalmente bajo fórmulas encubiertas y pasó a convertirse en una confrontación militar abierta con Gran Bretaña.
La Corona española actuaba entonces con una doble finalidad.
-Por un lado, contribuía a debilitar a Gran Bretaña y favorecía las posibilidades de supervivencia de la causa independentista norteamericana.
-Por otro, perseguía objetivos propios: recuperar territorios perdidos en anteriores guerras, mejorar su posición estratégica en el Atlántico y limitar el poder de su principal rival, su eterno rival, porque Inglaterra siempre quiso ser lo que decía Godoy: “La Inglaterra la primera, la Inglaterra la segunda ,la Inglaterra la tercera y, siempre, la Inglaterra”.
La participación española, por tanto, no puede reducirse a una cuestión de solidaridad con los revolucionarios de las Trece Colonias. Fue el resultado de una estrategia geopolítica mucho más amplia, en la que los intereses de Madrid coincidieron durante un determinado periodo con los de los insurgentes estadounidenses.
Y es precisamente dentro de esa estrategia donde adquiere especial relevancia la figura deBernardo de Gálvez.
Bernardo de Gálvez y una ayuda que cambió el curso de la guerra
Bernardo de Gálvez, militar y político malagueño, fue gobernador de la Luisiana española desde 1777. Desde esa posición proporcionó una ayuda fundamental a los revolucionarios estadounidenses a través de la vía del Mississippi y organizó una campaña militar que terminó expulsando a los británicos de importantes posiciones del golfo de México.
Su intervención resultó decisiva en lugares como Manchac, Baton Rouge, Natchez, Mobile y Pensacola. Las victorias españolas privaron a Gran Bretaña de posiciones estratégicas esenciales y contribuyeron a debilitar su capacidad de sostener el conflicto.
La ayuda española resultó determinante para el desenlace de la guerra. La relación entre la intervención de España y el éxito de los independentistas estadounidenses fue mucho más profunda de lo que suele reflejar el relato popular.
Gálvez comenzó a desarrollar aquella asistencia antes incluso de la entrada oficial de España en la guerra. Inteligente y pragmático, actuó dentro de una estrategia que combinaba apoyo encubierto, abastecimiento, información y preparación militar.
La trascendencia de su figura fue reconocida finalmente en 2014 por el Congreso de los Estados Unidos, durante la presidencia de Barack Obama, cuando Bernardo de Gálvez recibió la distinción de Ciudadano Honorario de los Estados Unidos. Su retrato fue incorporado al Capitolio estadounidense en cumplimiento de una promesa formulada en 1783.
La distinción resulta excepcional. Son muy pocas las personas que han recibido la ciudadanía honoraria estadounidense y Gálvez comparte ese reconocimiento con figuras históricas de enorme relevancia internacional, entre ellas Winston Churchill, Teresa de Calcuta y el Marqués de Lafayette.
Sin embargo, pese a la importancia de estos acontecimientos, la memoria colectiva estadounidense ha conservado con mayor nitidez el reconocimiento efectuado por el sultán marroquí que la compleja y decisiva contribución española al esfuerzo de guerra.
No se trata de negar la relevancia histórica del gesto del sultanato alauí, sino de devolver cada episodio al lugar que le corresponde.
España terminó interviniendo militarmente contra Gran Bretaña tanto en América como en Europa. La guerra incluyó episodios como el asedio de Gibraltar y se desarrolló durante el reinado de Carlos III, cuando la Monarquía española vio en el conflicto una oportunidad para debilitar a Gran Bretaña y recuperar posiciones estratégicas como Florida y Menorca, perdidas en conflictos anteriores. Así que, si se recuerda correctamente, lo que USA debería hacer es ayudar a España a reconquistar Gibraltar, usurpada por Inglaterra, que entiende lo que le da la gana a la hora de leer tratados, pero siempre de forma que la favorezca. El texto de Utrecht habla de la “town and castle”, puerto, fortificaciones y fuertes pertenecientes a ellos; no utiliza la fórmula de una cesión general de la Península ni del Istmo. Esta es precisamente una de las bases históricas de la posición española sobre el territorio de Gibraltar, donde se cede, se permite el uso, nada se dice sobre posesión de tierras ni de jurisdicción.
Resulta difícil comparar e incluso anteponer, el reconocimiento comercial realizado por el sultán marroquí con campañas militares como las desarrolladas por las fuerzas españolas en el Mississippi y el golfo de México.
Una carta que demuestra la importancia de la inteligencia
La dimensión española de la Guerra de Independencia estadounidense no se explica únicamente mediante las campañas militares. También exige detenerse en el trabajo diplomático, financiero y de inteligencia que permitió a la Corona conocer los movimientos británicos y preparar su propia intervención.
Un documento conservado en el Archivo General de Indias, en Cuba, dentro del fondo en Legajo 1281, constituye un ejemplo particularmente revelador. Se trata de una carta de Juan de Miralles dirigida a José de Gálvez y fechada en Filadelfia el 18 de Noviembre de 1778. El documento pertenece a la correspondencia que Miralles mantenía con el ministro de Indias y contiene información sobre los movimientos de las fuerzas británicas, la actividad de la marina francesa y la situación militar en las costas norteamericanas.
Miralles informa a José de Gálvez de que adjuntan dos cartas: una copia cuádruple de la que había tenido el honor de escribirle el día 9 de aquel mismo mes y un duplicado de la correspondiente al día 14.
A continuación, comunica que el 16 de Noviembre se había confirmado que el general Clinton había embarcado en Nueva York y que existía una expectativa creciente ante una posible evacuación total de la plaza.
La información continuaba con un episodio relacionado con la escuadra francesa del Conde d’Estaing. Durante la noche del día 16 había llegado la noticia de que la flota francesa había zarpado del puerto de Boston el día 4 con viento favorable. La escuadra se encontraba completamente reparada y en excelentes condiciones, prácticamente en el mismo estado en que había salido de Tolón y contaba únicamente con doce enfermos entre toda su tripulación.
El destino exacto de la flota no era conocido públicamente, pero Miralles señalaba que se dirigía hacia Martinica.
El problema del abastecimiento también aparece reflejado en la carta. Para garantizar el suministro se habían dispuesto 16.000 barriles de harina, facilitados por el Congreso al ministro plenipotenciario de Francia. Se autorizó su extracción pese a la prohibición general que impedía determinadas exportaciones hasta el 31 de Enero, una medida que había sido prolongada respecto al plazo inicial del día 15.
La decisión podía mantenerse o suspenderse dependiendo de las circunstancias. El objetivo era evitar tanto una situación de escasez en el continente como que los británicos pudieran apoderarse de mercancías y utilizarlas para su propio abastecimiento.
La carta vuelve a adquirir especial interés cuando Miralles describe la situación de la flota británica. Durante la noche del día 17 había llegado información relacionada con el almirante Biron, que había asumido el mando de las fuerzas navales británicas en aquella región. La escuadra británica se encontraba desplegada con dieciséis navíos de línea entre Rhode Island y Boston. Se esperaba que Biron se enfrentara a la escuadra francesa, ya que se consideraba que contaba con una fuerza naval superior. Sin embargo, un temporal ocurrido el 13 de Noviembre había causado graves daños a los británicos. El Somerset, navío de 64 cañones, había encallado en los arrecifes de Nantucket y cuarenta miembros de su tripulación habían muerto. Otros quinientos marinos habían logrado sobrevivir y fueron hechos prisioneros por los estadounidenses.
La situación no terminaba ahí. Otros cuatro buques británicos habían sido avistados cerca de los arrecifes con graves daños en sus mástiles y en riesgo de naufragio. Algunos incluso podían haber terminado hundidos al no poder maniobrar para alejarse de la zona de peligro.
La mañana del 18 de Noviembre, el Congreso confirmó parte de aquellas informaciones. El día 15 habían llegado a Sandy Hook, cerca de Nueva York, un navío de 74 cañones y otros dos de 40, todos ellos desarbolados. El estado de aquellos barcos hacía pensar que el resto de la escuadra británica también había sufrido daños considerables.
Miralles incluso contemplaba la posibilidad de que la escuadra del Conde d’Estaing hubiera encontrado durante su travesía algunos de aquellos barcos británicos y hubiera conseguido capturarlos.
El agente español concluía señalando que cualquier información nueva y relevante sobre estos u otros asuntos sería comunicada a Gálvez con la mayor puntualidad. Cerraba la comunicación reiterando su disposición y respeto hacia el ministro y empleando la fórmula diplomática habitual: «ruego a Dios que guarde su importantísima persona por muchos años».
La carta está fechada en Filadelfia el 18 de noviembre de 1778 y termina con la fórmula: «Excelentísimo señor, Besa su mano su más atento, reconocido y fiel servidor, Juan de Miralles».
Juan de Miralles, un enlace entre España y los revolucionarios
El contenido del documento permite comprender mejor el papel que desempeñó Juan de Miralles durante la Revolución Americana.
Miralles fue un comerciante y agente de la Corona española que mantuvo estrechos vínculos con los revolucionarios. Actuó como representante oficioso de España ante el Congreso Continental y ejerció como intermediario entre los patriotas estadounidenses y las autoridades españolas.
Su misión no se reducía a transmitir mensajes diplomáticos. También recopilaba información sobre los movimientos militares británicos, la actividad de la armada francesa y la evolución política y militar del conflicto.
La correspondencia que mantenía con José de Gálvez tenía, por tanto, un enorme valor estratégico. Permitía a las autoridades españolas conocer con rapidez los acontecimientos que se producían al otro lado del Atlántico y valorar cuál debía ser el siguiente movimiento de la Monarquía.
La carta de 1778 demuestra que la información, la inteligencia y la diplomacia formaban parte de una estrategia mucho más amplia.
Francia, España y Estados Unidos frente a Gran Bretaña
En 1778, Francia ya había entrado formalmente en la guerra contra Gran Bretaña después de establecer una alianza con los Estados Unidos. Su poder naval era esencial para tratar de debilitar a la Royal Navy y cortar las líneas de suministro británicas en el Atlántico.
España, entretanto, todavía no había declarado oficialmente la guerra. Pero su neutralidad era más aparente que real.
Desde Luisiana, Bernardo de Gálvez canalizaba ayuda hacia los revolucionarios estadounidenses. Desde la Administración española se seguía con atención el desarrollo de la guerra y se preparaban las condiciones para una intervención directa.
La carta de Miralles constituye precisamente una evidencia de ese proceso.
El documento muestra también la estrecha relación existente entre las necesidades militares y las económicas. Los 16.000 barriles de harina destinados a la escuadra francesa permiten observar hasta qué punto la logística condicionaba la capacidad de combate de las potencias implicadas.
España y Francia necesitaban garantizar el abastecimiento de sus fuerzas en el Caribe y Norteamérica, mientras los estadounidenses dependían del apoyo europeo para sostener una guerra que, de otro modo, habría resultado todavía más difícil de mantener.
La independencia estadounidense no fue, por tanto, un fenómeno aislado protagonizado exclusivamente por las Trece Colonias. Fue también el resultado de una compleja guerra internacional en la que participaron Francia, España y Gran Bretaña, cada una de ellas defendiendo sus propios intereses.
José de Gálvez, arquitecto de la estrategia española
En esta estructura desempeñó un papel esencial José de Gálvez. Como ministro de Indias desde 1776, fue una de las principales figuras de la política americana de Carlos III y participó en la preparación de la estrategia española frente a Gran Bretaña.
Antes de la declaración formal de guerra de 1779, Gálvez impulsó una política de apoyo encubierto a los revolucionarios estadounidenses. En coordinación con otras figuras de la Administración, entre ellas el conde de Floridablanca, se autorizó el envío de armas, dinero, municiones y provisiones a los patriotas. La finalidad era ayudar a los rebeldes sin provocar prematuramente una guerra abierta con Gran Bretaña.
Juan de Miralles actuaba como uno de los principales enlaces de esa estrategia. La información que remitía a Gálvez desde Filadelfia permitía a la Corona valorar la evolución de la guerra y prepararse para intervenir en el momento que considerara más favorable.
Pero José de Gálvez tenía además responsabilidades mucho más amplias. Como ministro encargado de los territorios americanos, debía reforzar las defensas de las posesiones españolas ante la posibilidad de una reacción británica. Se fortalecieron las defensas del Caribe, Nueva España y Luisiana, al tiempo que se preparaba una estructura logística que permitiera sostener una eventual guerra contra Gran Bretaña.
La plata procedente de Nueva España —el actual México— desempeñó también un papel esencial en el esfuerzo financiero. Los recursos procedentes de América contribuyeron a sostener tanto las operaciones españolas como la ayuda proporcionada a los estadounidenses.
La política española combinaba así diplomacia, inteligencia, financiación, abastecimiento y preparación militar.
Cuando finalmente llegó la declaración de guerra en 1779, España disponía de una estructura previamente preparada. Bernardo de Gálvez pudo entonces desarrollar sus campañas contra las posiciones británicas en el sur de los actuales Estados Unidos y en el golfo de México. La conquista de Manchac, Baton Rouge, Natchez, Mobile y, posteriormente, Pensacola permitió a España asegurar posiciones estratégicas y controlar áreas fundamentales del Mississippi y Florida Occidental. La actuación de Gálvez contribuyó a reducir la capacidad británica para reforzar sus posiciones en Norteamérica y, por extensión, favoreció el esfuerzo de los revolucionarios estadounidenses.
La memoria y el presente
Todo este recorrido histórico no es una cuestión meramente académica. La Historia sirve también para interpretar el presente. Y, en este punto, conviene introducir una precisión terminológica que suele perderse en determinados relatos. Con frecuencia se afirma que «Marruecos fue el primer país en reconocer a Estados Unidos». Sin embargo, el reconocimiento de 1777 correspondió al sultanato alauí de finales del siglo XVIII.
El actual Estado marroquí, independiente desde 1956, mantiene una continuidad dinástica con aquella institución, pero responde a una realidad política, jurídica e institucional diferente.
Del mismo modo, resulta difícil establecer una comparación entre aquel gesto diplomático y la participación española en campañas militares como Baton Rouge, Mobile o Pensacola, donde fueron tropas españolas las que combatieron directamente contra las fuerzas británicas.
Esta puntualización no pretende alimentar un revisionismo histórico, sino exigir rigor.
Y ese rigor resulta igualmente necesario cuando se aborda otra cuestión que afecta directamente a España: Ceuta y Melilla. Ambas ciudades forman parte de España desde hace siglos y poseen una continuidad histórica, administrativa y jurídica anterior al nacimiento del Estado marroquí contemporáneo. Esa realidad constituye uno de los elementos esenciales del debate político y diplomático entre los dos países. La historia de las dos ciudades no puede analizarse únicamente desde las circunstancias políticas actuales. Y, es precisamente por eso, por lo que los antecedentes históricos importan.
Ceuta, Melilla y la presión sobre España
Marruecos ha demostrado durante las últimas décadas una notable capacidad para aprovechar los momentos de mayor debilidad política de aquellos Estados que considera interlocutores. Pero lo oportunista que sea el rey de Marruecos no le da derecho a robar ni coaccionar, cometer ninguna otra injusticia.
La percepción de contar con el respaldo de la Administración estadounidense, unida a la fragilidad parlamentaria del actual Ejecutivo español y a la sensación de una respuesta diplomática insuficientemente firme en defensa de los intereses nacionales —entre otras cuestiones, el embajador en Rabat no ha sido llamado a consultas— puede haber contribuido a reforzar las aspiraciones estratégicas del Reino alauí.
Tampoco parece casual que Marruecos aspire a convertir la organización de la Copa Mundial de la FIFA de 2030 en un escaparate internacional extraordinario desde el que proyectar su influencia política, económica y cultural. Algo que no merece porque el campeonato del mundo lo ganó ESPAÑA.
La diplomacia deportiva forma parte cada vez más de la proyección internacional de los Estados. Un acontecimiento de esa magnitud ofrece una oportunidad para reforzar imagen, capacidad de influencia y posición negociadora. Pero todo ello corresponde ahora a España, que es la ganadora. El rey moro no puede aprovechar el triunfo de España como si ésta fuese una provincia marroquí, ya quisiera él.
A ello se suma la búsqueda de nuevos recursos financieros procedentes de la Unión Europea y, en determinadas circunstancias, de España, en un contexto marcado por la incertidumbre política y presupuestaria de nuestro país.
Existe, además, una paradoja que conviene observar. Mientras Marruecos proyecta hacia el exterior una imagen de estabilidad, modernización y creciente influencia internacional, miles de ciudadanos marroquíes continúan tratando de abandonar el país en busca de oportunidades económicas, libertades y seguridad jurídica al otro lado del Estrecho. Lo que declara a Marruecos como un estado absolutista y cualquier parecido con algún aspecto democrático, es mera coincidencia.
Diversos indicadores internacionales siguen situando a Marruecos dentro de las categorías de regímenes híbridos o autocracias electorales. Existen instituciones representativas y procesos electorales, pero el monarca mantiene amplias competencias en ámbitos esenciales del Estado, entre ellos la religión, la seguridad nacional y la política exterior. Por tanto, la invasión de Ceuta y Melilla y… no es más que culpa suya, ni mafias ni gaitas, el rey moro es el responsable,la invasión es una Hasanidad.
La realidad interna no puede separarse completamente de la política exterior marroquí. Los acontecimientos vividos en Ceuta y Melilla, además de las pateras que llegan día a día entrando miles que no salen en los telediarios, han demostrado algo conocido desde hace años: que la colaboración de las autoridades marroquíes resulta decisiva para controlar los flujos migratorios hacia España.
Cuando esa cooperación se debilita o cuando se utiliza como instrumento de presión, las consecuencias pueden sentirse inmediatamente en las fronteras españolas. Esto es algo que puede tildarse de crimen de lesa humanidad, porque los marroquíes que salen del país, no llegan todos a España, por miles mueren en el mar; y esto es a diario.
Las consecuencias no son únicamente políticas. Miles de personas pueden terminar convertidas en instrumentos de una disputa diplomática que no han provocado y cuyas consecuencias tampoco controlan, fundamentalmente porque muchos, muchos son menores e inclusos niños lactantes, mujeres y jóvenes a quienes se les “graba a fuego” en la mente la idea de la yihad y de la nueva conquista de lo que ocho siglos fuera un territorio invadido al que llamaban ellos Al-Andalus.
Ninguna estrategia de Estado debería construirse sobre el sufrimiento humano porque eso es terrorismo de estado y crímenes contra la humanidad.
Soberanía y credibilidad
La presente crisis ha provocado un intenso debate sobre la respuesta ofrecida por el Gobierno de España. Más allá de las legítimas discrepancias partidistas, existe entre amplios sectores de la opinión pública la percepción de que el Ejecutivo no ha sabido o no ha querido, transmitir la firmeza que una situación de semejante trascendencia exige.
La cuestión fundamental, sin embargo, trasciende a un Gobierno concreto.
La defensa de la soberanía no depende exclusivamente de los medios militares, de la capacidad de los servicios de inteligencia o del número de efectivos desplegados en una frontera. Depende también de la credibilidad. A lo que hay que sumar que las fuerzas armadas tienen las manos atadas porque dependen de las órdenes de un político, pronunciarse sin una orden se podría considerar golpe de estado, un concepto que los socialcomunistas anárquicos temen como a la peste. Todo ser que tenga la cabeza sobre los hombros, teme una guerra, pero a veces, para obtener la paz hay que tomar decisiones porque a la gente hay que hablarles en su idioma.
En las relaciones internacionales, la fortaleza de un Estado comienza por la confianza que inspira su voluntad de defender sus propios intereses.
Por eso resulta insuficiente atribuir acontecimientos tan graves como la violación de nuestras fronteras a una supuesta ineficacia de los servicios de inteligencia españoles.
Una interpretación semejante corre el riesgo de convertir una cuestión política y estratégica en un simple problema operativo. Y no es así.
El verdadero desafío está en comprender la utilización recurrente de la presión migratoria como herramienta de influencia política y diplomática. Si un Estado descubre que determinadas presiones producen resultados, existe el riesgo de que vuelva a emplearlas. La respuesta, por tanto, no puede limitarse a reaccionar ante cada episodio. Necesita una estrategia de Estado capaz de anticipar las consecuencias y de establecer límites claros, porque parece que la delimitación de fronteras no es suficiente para el rey de los moros.
Argelia, una prioridad estratégica
En ese contexto, la recuperación de unas relaciones estables con Argelia debería constituir una prioridad estratégica para España.
La seguridad energética, la cooperación antiterrorista y la estabilidad del Mediterráneo occidental aconsejan mantener una relación basada en la confianza mutua y en el respeto a los compromisos adquiridos.
La posición de España en el norte de África no puede quedar reducida a una relación bilateral exclusiva con Marruecos.
El Mediterráneo occidental constituye un espacio geopolítico en el que confluyen intereses energéticos, migratorios, económicos, militares y de seguridad.
Por ello, una política exterior equilibrada exige mantener canales sólidos con todos los actores relevantes. También con los saharawis.
Gobiernos transitorios, Estados permanentes
Sería un error que Marruecos confundiera las dificultades coyunturales de un Gobierno con la capacidad de respuesta del Estado español. Los gobiernos son, por definición, transitorios. Las naciones permanecen. La historia española ofrece ejemplos suficientes de una capacidad de resistencia y recuperación frente a desafíos que, en determinados momentos, parecieron incluso superiores a las fuerzas disponibles.
La memoria colectiva conserva nombres como Covadonga, Las Navas de Tolosa, Lepanto, etc. No porque la Historia deba convertirse en un refugio sentimental ni porque los acontecimientos del pasado puedan trasladarse mecánicamente al presente, sino porque contienen una enseñanza elemental: la defensa de una nación comienza por la conciencia de lo que se es y por la voluntad de preservar aquello que se considera propio.
Y aquí volvemos al principio. La memoria selectiva puede convertirse en una herramienta extraordinariamente eficaz para construir relatos políticos. Y esto no es más que amarillismo, pues:
₋ Puede transformar decisiones comerciales en grandes gestas diplomáticas y relegar a un segundo plano sacrificios económicos, militares y humanos que contribuyeron decisivamente a cambiar el curso de la Historia.
₋ Puede hacer que se recuerde quién abrió unos puertos y se olvide quién sostuvo una guerra.
₋ Puede hacer que se hable de reconocimientos diplomáticos y se silencien campañas militares.
₋ Puede permitir que se cuestionen soberanías consolidadas mientras se ignoran siglos de continuidad histórica.
Pero la Historia, cuando se estudia en su totalidad, resulta bastante más incómoda. España no fue un espectador secundario de la independencia estadounidense. La Monarquía española aportó dinero, armas, municiones, suministros y apoyo logístico a las colonias que conformaron los EEUU; desplegó redes de inteligencia; sostuvo una política diplomática compleja; intervino militarmente contra Gran Bretaña y puso en manos de hombres como Juan de Miralles, José de Gálvez y Bernardo de Gálvez una parte esencial de aquella estrategia.
Los valores de los dos Gálvez
Son dos personas distintas, tío y sobrino; y conviene diferenciarlos porque tienen funciones completamente diferentes.
-José de Gálvez (1720-1787): el estratega político desde Madrid. José de Gálvez y Gallardo fue un alto funcionario de Carlos III y secretario de Estado y del Despacho Universal de Indias desde 1776. Su papel en la Guerra de Independencia estadounidense fue principalmente político, administrativo, financiero y estratégico, no el de un comandante que combatiera directamente en Norteamérica.
Entre sus funciones estuvieron: Coordinar desde la Administración española la política americana de la Corona. Supervisar las relaciones con los territorios españoles de América y la defensa de sus fronteras. Participar en la preparación del apoyo español a los revolucionarios estadounidenses antes de la declaración de guerra de 1779. Gestionar recursos y comunicaciones entre la Administración española y sus autoridades en América. Recibir y valorar información sobre el desarrollo del conflicto. La documentación del Archivo General de Indias conserva, por ejemplo, numerosas comunicaciones dirigidas a José de Gálvez y documentación relacionada con la revolución de las colonias norteamericanas. Coordinar la política que permitió movilizar dinero, armas, municiones, víveres y otros recursos para sostener la estrategia española.
Juan de Miralles
Y aquí entra directamente Juan de Miralles: sus comunicaciones desde Filadelfia proporcionaban información sobre los movimientos británicos y la evolución de la guerra, información que llegaba a José de Gálvez. La documentación conservada muestra además la correspondencia directa entre Bernardo y José de Gálvez.
José de Gálvez estaba en la retaguardia política y administrativa; Bernardo de Gálvez estaba en el terreno militar.
-Bernardo de Gálvez (1746-1786): el militar que combatió a los británicos. Bernardo de Gálvez era sobrino de José de Gálvez. Fue gobernador de la Luisiana española y posteriormente comandante de las operaciones españolas contra los británicos en el golfo de México.
Su papel fue mucho más directo:
1. Ayudó a los revolucionarios antes de la entrada oficial de España en la guerra. Desde Luisiana facilitó el suministro de armas, municiones, pólvora, uniformes, alimentos y otros materiales a los estadounidenses. El Mississippi constituía una vía fundamental para hacer llegar estos recursos sin tener que atravesar las zonas controladas por los británicos.
2. Protegió la Luisiana española frente a los británicos. La posición española en Luisiana era estratégica. Si Gran Bretaña conseguía controlar el Mississippi, podía amenazar directamente Nueva Orleans y las posesiones españolas del golfo.
3. Tras la declaración de guerra de 1779, pasó a la ofensiva. Dirigió las campañas españolas contra las posiciones británicas del golfo de México. Las operaciones incluyeron Manchac, Baton Rouge, Natchez, Mobile y Pensacola. La documentación del Archivo General de Indias conserva correspondencia, diarios de operaciones y las capitulaciones de Mobile y Pensacola.
4. La campaña de Pensacola fue especialmente importante. En 1781 consiguió la rendición de Pensacola, capital de Florida Occidental y uno de los principales bastiones británicos en la región. El Archivo General de Indias conserva incluso el parte de la capitulación, junto con relaciones de muertos y heridos, prisioneros, artillería y fortificaciones británicas.
José de Gálvez diseñó y administró buena parte de la estrategia española desde la Secretaría de Indias; Bernardo de Gálvez la ejecutó sobre el terreno. Uno movilizaba decisiones, recursos e información desde la Administración de Carlos III; el otro los convirtió en operaciones militares contra Gran Bretaña.
En realidad, no sería exactamente correcto decir que Bernardo de Gálvez “hizo posible por sí solo la independencia de Estados Unidos”, sería demasiado categórico. Lo sí históricamente sólido es afirmar que sus campañas contribuyeron de manera importante a debilitar la posición británica en el sur y en el golfo de México, dentro de un esfuerzo mucho mayor en el que participaron España, Francia y los propios revolucionarios estadounidenses. De hecho, los documentos españoles son extraordinariamente útiles para demostrar que aquello no fue una simple ayuda simbólica: existen expedientes sobre la guerra contra los ingleses, las expediciones contra Mobile y Pensacola, las capitulaciones británicas y la correspondencia entre Bernardo y José de Gálvez.
La carta de Miralles de noviembre de 1778 es una pequeña pieza documental dentro de un conflicto gigantesco, pero permite observar cómo funcionaba aquella maquinaria: información, diplomacia, logística, inteligencia, abastecimiento y preparación militar.
La historia de Bernardo de Gálvez demuestra, además, que la contribución española no fue meramente simbólica.
Y todo ello obliga a mirar con mayor prudencia los relatos simplificados. Los gobiernos cambian. Las alianzas internacionales evolucionan. Las prioridades geopolíticas se transforman. Los equilibrios de poder tampoco permanecen inmóviles. Lo que permanece es la Historia. Conocerla constituye uno de los mejores antídotos frente a quienes pretenden interpretarla exclusivamente desde la conveniencia del presente. Porque una nación que construye su memoria sobre el olvido corre el riesgo de olvidar también cuáles son sus propios límites, sus intereses y aquello que está dispuesta a defender; y, sobre todo, pierde su identidad.
Quien termina confundiendo la paciencia con la debilidad puede cometer un error de cálculo, pues cuando se insiste demasiado tiempo en agitar llega un momento en que obtiene una respuesta acorde con su imprudencia y osadía.
