GOVERT WESTERVELD- POR ANGEL RIOS MARTINEZ, CRONISTA OFICIAL DE BLANCA (MURCIA).
Ricote, gran baluarte,
de un pueblo sabio y fiel.
Ahmad con noble arte,
como abejas de miel.
En el corazón del valle de Ricote (Wādī Riqūṭ), a menos de treinta kilómetros al noroeste de la ciudad de Murcia, el río Segura serpentea a través de un paisaje que calma inmediatamente el alma. Este valle estaba lejos de ser un área rezagada; era un oasis exuberante y fértil que, a través de siglos de asentamiento islámico, se había transformado de un desierto árido en un paraíso lleno de palmeras y fragantes huertos de cítricos. En medio de esta belleza natural, rodeado de protectores muros montañosos, nació Ahmad (Muḥammad ibn Aḥmad al-Riqūṭī). El valle funcionaba como un refugio natural y un archivo hermético donde la memoria del perdido imperio andalusí se conservaba a salvo, lejos del caos y del control político de las grandes ciudades.
Ahmad creció en un ecosistema excepcional que estaba imbuido de una profunda tradición científica y espiritual. Los habitantes de esta región eran conocidos por su agudo entendimiento, su profunda religiosidad y una autoridad moral que descansaba en la memoria de los antiguos juristas. Aquí no había indicios de angustia espiritual ni de pobreza intelectual; el absoluto silencio y la pureza del aire de la montaña ofrecían las condiciones perfectas para el retiro (khalwa) y el estudio. En esta geografía recluida, que más tarde también daría a luz a un pensador universal como Ibn Sab’in, el joven Ahmad sentó las bases de su fabuloso conocimiento de las «ciencias antiguas», como las matemáticas, la música y la medicina. La tierra fértil y el agua corriente del Segura no eran meros recursos agrícolas, sino que reflejaban un fundamento cosmológico armonioso en el que lo físico y lo espiritual coincidían plenamente. El valle era el útero donde el agudo intelecto de Ahmad podía despertar en total armonía.
