POR LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁN CRONISTA OFICIAL DE CARTAGENA (MURCIA) .
Hubo un tiempo en que no se podía escribir la historia de Roma sin mencionar a Cartagena. Su nombre aparecía en las crónicas de las grandes guerras, sus minas proporcionaban enormes riquezas, su puerto era codiciado por las potencias del Mediterráneo y sus instituciones ejercían autoridad sobre buena parte de Hispania. No hablamos de una ciudad cualquiera, sino de una de las plazas estratégicas y económicas más importantes del Occidente romano. Y lo curioso es que no somos los cartageneros quienes lo decimos, al menos no fuimos los primeros. Hace más de dos mil años ya lo contaban Polibio, Tito Livio, Estrabón, Plinio y otros grandes escritores de la Antigüedad. Historiadores que no tenían ninguna razón para ensalzar nuestra ciudad, pero que tampoco podían ignorarla. Porque hubo una época en la que Cartagena no necesitaba reivindicar su importancia. Sencillamente, la tenía.
Estamos acostumbrados a buscar las huellas de nuestro pasado romano bajo las calles, entre columnas, mosaicos, inscripciones y monumentos que la arqueología ha ido recuperando durante las últimas décadas. El Teatro Romano, el Foro, las termas o las viviendas excavadas nos hablan de una ciudad monumental y próspera. Pero la historia de Carthago Nova no está escrita solamente en sus piedras. También permanece en las páginas de los grandes historiadores y geógrafos de la Antigüedad, cuyos testimonios constituyen un patrimonio documental tan extraordinario como los propios restos arqueológicos. Y quizá no les hayamos prestado toda la atención que merecen.
Polibio, historiador griego del siglo II antes de Cristo, nos dejó una de las primeras grandes descripciones de Cartagena. En el libro X de sus Historias presenta una ciudad asentada sobre una península, rodeada por el mar y la laguna del Almarjal, protegida por cinco colinas y dotada de un puerto excepcional. Pero no se limita a describir su geografía. Nos descubre una auténtica capital militar y económica del poder cartaginés en Hispania, con arsenales, depósitos de riquezas, embarcaciones y rehenes de numerosos pueblos peninsulares. Aquella Qart Hadasht fundada por Asdrúbal hacia el 229 antes de Cristo se había convertido en una pieza fundamental del dominio púnico en el Mediterráneo occidental.
Tanta importancia tenía que Publio Cornelio Escipión decidió conquistarla en el año 209 antes de Cristo. Tito Livio, en el libro XXVI de su Historia de Roma desde su fundación, puso en boca del general una frase que resume magistralmente el valor estratégico de nuestra ciudad: «Atacaréis las murallas de una sola ciudad, pero en esa única ciudad habréis conquistado toda Hispania». Aunque se trate de una reconstrucción literaria del historiador romano, resulta difícil encontrar una expresión más contundente sobre lo que significaba Cartagena en aquella guerra. Su conquista no fue una simple victoria militar, sino un golpe decisivo contra el poder de Cartago.
La incorporación al mundo romano abrió una etapa de extraordinario desarrollo. Carthago Nova se convirtió en una ciudad comercial, minera y administrativa de primer orden. Estrabón, geógrafo griego de época de Augusto, llegó a describirla como «la más poderosa de las ciudades de aquella región». En su Geografía destacó sus murallas, sus puertos y sus explotaciones argentíferas, además de su condición de gran centro de intercambio entre el interior peninsular y el Mediterráneo.
El mismo Estrabón, recogiendo información de Polibio, señaló que unas 40.000 personas trabajaban en las minas próximas a Cartagena, que proporcionaban ingresos de 25.000 dracmas diarios al pueblo romano. Son cifras que debemos interpretar con la prudencia exigible a cualquier fuente antigua, pero que reflejan la magnitud de una riqueza minera que trascendía ampliamente nuestro territorio. La plata cartagenera contribuía a alimentar la economía de una Roma que extendía su dominio por buena parte del mundo conocido.
Centro administrativo
Y si las minas y el puerto explican su importancia económica, Plinio el Viejo nos descubre otra dimensión no menos relevante. En su Historia natural, escrita en el siglo I después de Cristo, dejó una referencia verdaderamente significativa: Carthaginem conveniunt populi LXV. Es decir, sesenta y cinco comunidades acudían a Cartagena, sede de uno de los grandes distritos judiciales de la Hispania romana. Aquella ciudad era también un centro administrativo desde el que se articulaba la organización territorial y judicial de una extensa parte de la península ibérica.
A estos testimonios debemos añadir los de Diodoro de Sicilia, que recordó su fundación cartaginesa, o Apiano de Alejandría, que relató la conquista romana y sus consecuencias. Autores de distintas épocas, procedencias y sensibilidades, que coincidieron en incorporar a Cartagena a sus relatos sobre la historia del Mediterráneo.
Naturalmente, no se trata de comparar Carthago Nova con Roma, Alejandría o Antioquía, ni de establecer clasificaciones imposibles sobre las mayores ciudades del Imperio. Su importancia debe medirse por su posición estratégica, sus recursos económicos, su actividad comercial y sus funciones administrativas. Y en todos estos aspectos Cartagena alcanzó una relevancia que superaba ampliamente su dimensión territorial.
Como arqueólogo e historiador, siempre he considerado que las piedras y los documentos deben hablar conjuntamente. La arqueología nos muestra cómo fue aquella ciudad; las fuentes clásicas nos ayudan a comprender qué representó para sus contemporáneos y para quienes escribieron posteriormente su historia. Son dos testimonios complementarios de una misma realidad que todavía estamos descubriendo.
Quizá convendría recordar todo esto cuando hablamos de nuestro pasado romano, tantas veces reducido a la contemplación de unos monumentos que admiramos sin detenernos a comprender la importancia de la ciudad que los levantó. Cartagena no fue solamente un lugar donde Roma construyó teatros, templos y edificios públicos. Fue una ciudad que participó activamente en la historia política, económica y militar del Mediterráneo.
Porque hubo un tiempo en que, para contar la historia de Roma, también había que contar la historia de Cartagena. Y quienes lo hicieron no fueron cronistas locales empeñados en engrandecer su ciudad, sino algunos de los grandes historiadores de la Antigüedad. Ninguno de ellos era cartagenero. Y, sin embargo, todos encontraron razones para escribir sobre Cartagena.
FUENTE:https://www.laverdad.es/murcia/cartagena/roma-escribia-sobre-cartagena-20261017225954-nt.html
