POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DE REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA).
Al Cronista Oficial del Real Sitio se le oye antes de verlo. Primero suena la palmada, que retumba en toda la plaza de los Dolores y te deja unos segundos sin saber si sigues entero.
Luego llega la voz, «¿qué pasa, macho?», y ya sabes que es Eduardo. Así me lo encuentro yo casi todas las semanas, y así empiezo, porque no hay manera más honrada de presentarlo.
Larra contaba que un día, paseando por la calle, le taparon los ojos por detrás y una voz le gritó «¿quién soy?», y que de aquel susto nació su Braulio, el castellano viejo, franco hasta la descortesía y capaz de arruinar una comida a fuerza de agasajos.
Yo no he tenido tanta suerte. A mí nadie me tapa los ojos: en el Real Sitio el susto se da por la espalda y con la mano abierta. Larra se quedó con el Braulio. A mí me ha tocado algo mejor, y es de lo que quiero hablar.
Lo describo para quien no lo conozca. Un metro ochenta y cuatro. Cien kilos de puro conocimiento. Una nariz única y personalísima. El pelo ensortijado de quien nunca ha tenido tiempo de ocuparse de él y unas manos que en otro siglo habrían subido sillares a la obra del Palacio.
Cuando saluda, saluda entero; no hay forma de pasar a su lado sin que te lo recuerde la columna vertebral. Colegas de profesión que lo han conocido en alguna jornada me preguntan después, con la mano en los riñones, si siempre es así. Siempre es así.
Pero en cuanto se pasa el dolor y uno consigue sentarse, el hombre que acaba de llamarte macho empieza a hablar, y lo que sale de ahí no se encuentra en ninguna parte.
Eduardo Juárez Valero es doctor en Historia, profesor de la Universidad Carlos III y vicedecano de su facultad, paleógrafo, y desde diciembre de 2012 Cronista Oficial del Real Sitio de San Ildefonso, el primero que ha tenido este pueblo. El título dice poco. Lo que hay que ver es lo que hace con él.
Le he visto explicar a un vecino, en la barra de un bar, de dónde viene el nombre de su calle, con fecha, con escribano y con el pleito de por medio. Le he oído contar la batalla de La Granja de 1937 como quien la hubiera vivido, porque se pasó años con la nariz entre los papeles y escuchando a los pocos que quedaban para contarla, y de ahí salió el único libro serio que hay sobre aquello en democracia, con prólogo de Paul Preston.
Le he visto en el Archivo Histórico Municipal, que lleva desde hace años, sacar un papel de tiempos de Alfonso XIII como quien saca una carta del buzón. Y un día, por hacer la gracia, le pregunté por la ropa interior de Isabel de Farnesio. «Creo que sabría decirte de qué color la llevaba la reina», me contestó, y lo malo es que sospecho que lo sabe de verdad y que tiene el documento.
Esa es la mezcla. Un hombre que entra en una sala como entra el viento del Guadarrama en febrero y que, una vez sentado, lee un pergamino del siglo XIII sin pestañear.
Hay que entender una cosa de Eduardo: el Real Sitio no es para él sólo el sitio donde vive. Es una causa.
Nació a la sombra del Palacio y no se le ha quitado. Cuando habla de Felipe V, -el que se hizo levantar aquel capricho entre pinares para retirarse del mundo y acabó enterrado en la Colegiata porque ni muerto quiso irse-, se le nota que lo entiende.
Te lleva a las fuentes y no te cuenta lo que pone en el folleto. Te cuenta quién trajo el plomo, cuánto se pagó por cada estatua y en qué carta se queja la reina del frío. Y cuando el agua sube en la de la Fama y la gente aplaude, él no mira el chorro. Mira al que aplaude, porque lo que le importa es que este pueblo siga teniendo algo que enseñar.
Con el monte le pasa lo mismo. Desde 2013 el Real Sitio de San Ildefonso (y El Espinar) son Reserva de la Biosfera, con los pinares de Valsaín en medio, pero a Eduardo no se le ocurre explicar aquello con el sello de la UNESCO.
Lo explica con los gabarreros, con las ordenanzas viejas del monte y con los pleitos de la Real Fábrica por la leña. Para él la declaración no es un diploma que colgar en el Ayuntamiento, sino la prueba de que aquí se lleva casi tres siglos viviendo del bosque sin acabar con él.
Los de fuera creen que la Reserva la declaró un comité en París. Él sabe que la declararon mucho antes los que no cortaron el pino que no tocaba, y tiene los papeles para demostrarlo. Si os lo encontráis por algún sendero, irá pertrechado como para una expedición y os dirá: «Estoy buscando un bar».
Dirige desde 2007 el Centro de Investigación de la Guerra Civil Española. Saca adelante cada otoño el seminario de historia contemporánea en el Ayuntamiento, con entrada libre y la sala llena. Y este año ha publicado una biografía de Juana de Castilla de quinientas páginas que ya le han reseñado en Madrid como el libro que desmonta el cuento de la locura: una reina a la que negaron el trono por ser mujer. Lo cuenta con el mismo tono con el que te cuenta que ha cambiado las ruedas del coche.
Y luego está la frase. No hay conversación con Eduardo que no acabe en ella. Puede empezar en el Palacio, pasar por Juana de Castilla y por la batalla del 37 y aterrizar en un pleito de aguas del siglo XVI; da igual. En algún momento se echa hacia atrás en la silla, abre esas manos de cantero y lo suelta: «Es que Segovia mola».
Un doctor en Historia, profesor en Madrid, con trescientos artículos a la espalda, y el resumen de todo lo que sabe cabe en tres palabras de patio de colegio. He tardado en entenderlo. Al principio me parecía una salida de pie de banco. Ahora creo que es lo más serio que dice. Para decirlo así hay que haberse leído lo otro, todo lo otro, y haber llegado a la conclusión de que no hacía falta más.
Nadie se queda en la corteza. Lo veo en las presentaciones: entra el gigante, suelta el «¿qué pasa?» a tres o cuatro, y alguno de los que no lo conocen busca con la mirada al profesor que anunciaba el cartel. Tardan veinte minutos en entender que es el mismo. Y cuando lo entienden, ya no le sueltan.
Larra terminaba su artículo jurando no volver a casa de Braulio. Yo no puedo prometer lo mismo, y tampoco quiero. Hace algún año Eduardo publicó en estas páginas un artículo sobre «secretarios en el paraíso» que me dejó en deuda, así que esto es lo que hay: un secretario de ayuntamiento, acostumbrado a que cada palabra le cueste un recurso, intentando devolver el favor a quien escribe con las manos abiertas. No es un pago justo. Él tiene trescientos artículos en revistas de historia y veinte libros. Yo tengo este.
Pero déjenme decir una cosa en serio, ahora que ya he sonreído. Los pueblos deben tener cronista porque alguien tiene que saber quiénes fuimos. En el Real Sitio ese alguien mide un metro ochenta y cuatro, te parte la espalda cuando te saluda y, cuando le preguntas, te enseña sonriendo qué y dónde está escrito. No sé qué más se puede pedir. Salvo, quizá, que la próxima palmada venga avisada.
FUENTE:https://eladelantado.com/opinion/2026/10/28/el-castellano-viejo-del-real-sitio/
