POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)

El primer cementerio oficial, del que existe constancia en Ulea, data del siglo XIII y estaba ubicado en los alrededores de la que era Mezquita que los árabes tenían construida en el lugar en que hoy se erige la parroquia de san Bartolomé.
Los enterramientos se efectuaban junto a los muros de esa Mezquita y, así permaneció hasta qué, por mandato de los Caballeros de la Orden de Santiago, tras la expulsión de los moriscos, ordenaron construir, sobre los muros de esa misma mezquita, la iglesia de San Bartolomé de Ulea.
Con anterioridad, los distintos pobladores que se asentaron en territorio uleano, enterraban a sus muertos en los aledaños de sus asentamientos, bajo los rituales que tenían preestablecidos.
Desde esa fecha, año 1505, se mandó construir el cementerio municipal, ubicado en el paraje de “La Capellanía”, a las afueras del pueblo, tal y como estaba legislado.
Ulea fue creciendo y, cada vez, sus pobladores construían sus viviendas más cercanas al Cementerio, por lo que sufrían la amenaza permanente de epidemias, debido a las emanaciones pútridas y malos olores.
Ante esta tesitura, las autoridades municipales, a finales del siglo XIX, concretamente el año 1899, tomaron cartas en el asunto y decidieron construir un nuevo cementerio, el actual en el paraje de Las Lomas, al que le pusieron el nombre de cementerio Santa Cruz.
Este nuevo cementerio fue inaugurado el día 17 de julio del año 1911, recibiendo la bendición episcopal, tras ingentes gestiones de más de diez años; concretamente desde el día 16 de junio de 1899.
La clausura del antiguo cementerio de La Capellanía se debía a tres cuestiones importantes. Por un lado, los problemas de espacio: se había quedado pequeño y obsoleto, en segundo lugar por la cercanía de las viviendas: cada vez más preocupante y, en tercer lugar, por los graves problemas de salud pública: los brotes epidémicos eran frecuentes.
La corporación municipal presidida por el Alcalde Damián Abellán Miñano, con la colaboración inestimable de todos los miembros de su Consistorio: Joaquín Abellán Miñano, Ernesto Carrillo Melgarejo, Juan Susarte Requena, Francisco Tomás Ayala, Antonio Valiente Melgarejo, Gabriel Martínez y Gumersindo Cascales Carrillo, tomaron cartas en el asunto y no regatearon esfuerzos hasta que consiguieron que se hiciera realidad la construcción del nuevo Cementerio, que tanto reclamaba la ciudadanía.
El párroco Juan Guzmán Nicolini, fue el encargado de bendecir la clausura del sagrado recinto, el día 16 de junio del año 1889, aunque siguió siendo operativo hasta el día 17 de julio de 1911, fecha en que recibió la bendición episcopal por Juan Antonio Cerezo Ortín, cura párroco de Ulea, por orden expresa del Sr. Obispo de la diócesis de Cartagena-Murcia.
Durante los casi cinco siglos de existencia del cementerio, en el paraje de La Capellanía, no estaba permitido el libre acceso a dicho recinto sagrado, por motivos de salud, ya que, los restos pútridos de nuestros antepasados, eran focos permanentes de epidemias, cuyas consecuencias eran nefastas.
En todo ese lapso de tiempo, cuando no existía ninguna revuelta en el pueblo, los acaudalados y nobles de la ciudad, tenían sus criptas funerarias particulares, en capillas de la iglesia y sus enterramientos tenían lugar en lugares de privilegio de la iglesia de San Bartolomé o en el cementerio. Los desfavorecidos, como siempre, acababan en la fosa común del cementerio.