POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA.
Querido Fernando, queridos camareros y taberneros, familiares y también amigos, principales protagonistas de esta entrañable gala en la que nos hemos reunidos para rendiros un merecidísimo homenaje por vuestra dedicación a las gentes de Ávila, a los visitantes y viajeros, como verdaderos transmisores y guardianes de gran medida de la esencia de lo abulense y de su historia.
Para mí es un placer hacer de presentador de parte de vuestras vidas y las de los que os precedieron y ahora no están, y que son también un poco nuestras.
De Fernando García San Segundo, nuestro cicerone y anfitrión, tengo que decir que es ante todo un hombre bueno, siguiendo en ello los versos del retrato de Antonio Machado:
«… y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, / soy, en el buen sentido de la palabra, bueno».
Fernando nació el 30 de mayo de 1959 en el interior del recinto amurallado de Ávila, en la emblemática calle Vallespín. Casado y padre de dos hijos, ha desarrollado su trayectoria profesional al frente de un estudio de delineación dedicado al levantamiento de planos de edificación y trabajos topográficos, una labor que le ha permitido mantener un contacto constante con la arquitectura, la historia y el pulso urbano de su ciudad.
Su afición por la escritura nació tras la lectura de las memorias de su padre, un descubrimiento que lo llevó a crear sus primeros cómics —»Elsa y el bosque encantado» y «El secreto de la muralla» — y posteriormente varias obras narrativas de circulación familiar, como «Julia y el chico de la dehesa» y «Mis ojos sin arrugas».
Entre sus obras destinadas al público general figura «Las Peñas de San Roque» dedicado al barrio de Santo Tomás, a la que ahora se suma «Historia de los Bares de Ávila», un recorrido sentimental y documental por los establecimientos que han marcado la vida social de la ciudad a lo largo de décadas.
Hay libros que no solo se leen: se habitan. Libros que, al abrirlos, levantan un rumor antiguo, como si alguien descorriera la puerta de una taberna que lleva un siglo esperando.
Hay libros que no se escriben: se destilan. Libros que nacen como un vino lento, paciente, que madura en silencio hasta que un día alguien descorcha su memoria.
El trabajo monumental de Fernando García San Segundo, Historia de cafés, bares, tabernas y vida cotidiana. Ávila en el siglo XX, pertenece a esa estirpe de obras que no se conforman con contar la historia: la reviven, la encienden, la ponen a circular por las venas de una ciudad. Es como uno de esos vinos raros: un libro que no solo cuenta lo que fue, sino que hace volver a latir los corazones dormidos.
En sus más de ochocientas páginas, Fernando ha trazado un mapa emocional de Ávila, un callejero donde cada esquina tiene olor a vino, a café recién hecho, a madera gastada por los codos de generaciones.
Él mismo lo anuncia con una sonrisa que se adivina entre líneas:
«Entre las páginas del libro encontraréis tabernas y cafés con solera, bares jóvenes de crianza y pubs de nueva añada».
Y es cierto: el lector avanza como quien recorre una ciudad paralela, hecha de recuerdos, de voces, de cristales empañados y conversaciones que nunca se apagaron del todo.
En sus páginas, Ávila se despliega como una ciudad paralela, hecha no de murallas ni de piedras, sino de barras, mesas, copas, sombras, risas, tertulias y vidas cruzadas.
Una ciudad que se sostiene en la memoria líquida de sus cafés y tabernas, esos templos civiles donde generaciones enteras aprendieron el arte de estar juntos.
Porque los bares, cafés y tabernas no fueron solo locales de ocio: fueron el otro ágora de la ciudad, lugares donde la vida se hacía pública, donde la gente se reconocía, discutía, reía, se consolaba. Espacios donde la ciudad se pensaba a sí misma.
En tiempos en que la convivencia se deshilacha y el trato humano se vuelve remoto, Fernando rescata la esencia de aquellos rincones donde «una buena parte de la sociedad ha pasado momentos sumamente agradables a lo largo de su vida».
Su libro es muchas cosas a la vez: diccionario geográfico, censo hostelero emocional, álbum de familia, novela coral, cartelera de festejos, memoria sentimental.
Es, sobre todo, un homenaje a quienes sostuvieron durante décadas el pulso cotidiano de Ávila desde detrás de una barra, y un acto de amor hacia una ciudad que encontró en sus bares una forma de reconocerse.
Fernando lo anuncia con una frase que parece un brindis: «Encontraréis tabernas y cafés con solera, bares jóvenes de crianza y pubs de nueva añada».
Y uno entra en el libro como quien abre una puerta de madera vieja: con un leve crujido, con un olor a vino blanco de Medina, con el murmullo de una conversación que nunca terminó del todo.
El alcalde lo resume con acierto en la presentación: la historia de una ciudad puede contarse desde sus monumentos, sí, pero también —y quizá de forma más auténtica— desde los lugares donde la vida ocurre de verdad. Y en Ávila, esos lugares fueron sus bares.
Fernando nos recuerda que antes de que existieran los móviles, ya se “chateaba”. Pero se hacía de pie, apoyados en la barra, mirando a los ojos.
«Bastaba un gesto para regalar un me gusta», escribe. Y uno entiende entonces que este libro no es solo un inventario: es una defensa de la mirada, de la presencia, de la palabra dicha sin filtros.
Porque los bares no fueron solo locales de ocio. Fueron hogares sin llaves, plazas cubiertas, refugios de invierno, escuelas de humanidad.
Allí se templaba el cuerpo y se afinaba el alma.
Allí se hablaba de lo humano y lo divino, se arreglaba el mundo en voz baja, se compartían silencios que decían más que las palabras.
A lo largo del siglo XX, los bares abulenses fueron un microcosmos de convivencia.
Allí se mezclaban oficios, edades, ideologías, acentos.
Allí se debatía de fútbol, de toros, de política, de lo humano y lo divino.
Allí se templaba el cuerpo y se alegraba el alma.
Y Fernando, como un agrimensor de la memoria, ha cartografiado ese universo con la precisión de quien conoce cada piedra de su ciudad.
Su método es minucioso: combina historia urbana, genealogía hostelera, estadística, testimonios, planos, fotografías.
El resultado es un atlas humano donde cada establecimiento tiene su biografía, su linaje, su pequeña épica.
Desde las ventas y posadas de principios de siglo hasta los pubs y discobares de finales del XX, pasando por cafés literarios, tabernas de barrio, fondas, figones y casas de comidas.
El libro incluye 801 aperturas y 902 traspasos, lo que supone 1.701 titulares de negocios hosteleros a lo largo de cien años. Una cifra que, sumada a familiares, empleados y clientela, abarca prácticamente a toda la ciudad. Ávila, en cierto modo, se ha contado a sí misma desde sus barras.
Como si cada abulense llevara dentro una barra, un taburete, un eco de tertulia.
Aunque Fernando se centra en el siglo XX, nosotros abrimos ventanas al pasado remoto, a las posadas descritas por Richard Ford, a los bodegones del Siglo de Oro, a las alusiones místicas de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, que hablaban de la «bodega del vino» como metáfora del alma.
También aparecen Quevedo, Lope de Vega, Rubén Darío, Borges, Solana, Cela… Todos ellos, de un modo u otro, encontraron en Ávila o en su imaginario un eco de taberna, un resplandor de copa alzada, un sorbo de eternidad.
La obra también recoge la vida social que bullía en torno a estos locales: peñas recreativas, tertulias, festejos, músicas, inundaciones, sequías, rogativas, bodas, carnavales, noches de fin de año, homenajes.
Y, como en toda historia humana, también hay sombras: riñas, robos, altercados, tragedias que Lorca resumió con su verso: «La muerte entra y sale de la taberna».
Desfilan personajes populares —Paquillo, Tragayesos, Merejo— junto a figuras ilustres como Alfonso XIII o la Infanta Isabel. Y, con especial cariño, Fernando rescata la presencia de mujeres que sostuvieron negocios enteros: Jovita Garrosa, Mari del Bar Pema, Pepa García Velayos, Sonsoles del ‘Bar La Choco’, Ángela Sáez López… Mujeres que, muchas veces desde la sombra, mantuvieron vivo el latido hostelero de la ciudad y encendida la lámpara de la hospitalidad.
Entre 1950 y 1975, dice el autor, surgió la mejor generación de camareros que ha dado Ávila: muchachos que empezaron como recaderos y acabaron convertidos en maestros del oficio, premiados en concursos gastronómicos y de coctelería, capaces de servir una copa como quien entrega un gesto de amistad. Ellos también forman parte de esta memoria.
El libro culmina con un álbum fotográfico inmenso: cientos de imágenes que devuelven rostros, gestos, mesas, barras, fachadas, celebraciones. Son fotografías que no solo documentan: reviven y resucitan. Hacen que uno escuche el tintinear de los vasos, el rumor de la conversación, el olor del vino blanco de Medina, de los cangrejos de ‘Casa Luis’ o de las sardinas asadas en el bar de Félix Blanco.
Y al final, Fernando nos deja una reflexión que es casi un susurro, una verdad que atraviesa el tiempo: «Tal vez todas las historias terminen siempre en el mismo lugar: en la necesidad de no estar solos». Las tabernas cambiaron, sí, pero su oficio sigue siendo el mismo: reunir a los vivos alrededor de algo compartido.
Mientras quede alguien dispuesto a sentarse, a escuchar, a pagar una última ronda —aunque ya no sepa muy bien a quién—, la historia de los bares de Ávila seguirá viva. No en los censos ni en los archivos, sino en la memoria. Ese último refugio que nos queda.
Y como no podía ser menos, este acto de presentación de libro quiere ser también un homenaje: a Fernando García San Segundo, por su labor paciente y amorosa; a los hombres y mujeres que levantaron cada barra; y a Ávila, que encontró en sus cafés y tabernas una forma de reconocerse, de celebrarse y de seguir siendo comunidad, de ser hogar, de ser historia.
