LOS PICAPIEDRAS
Jun 26 2015

POR ANTONIO LUIS GALIANO, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA

Imagen del claustro de La Catedral. Colección Antonio Luis Galiano.
Imagen del claustro de La Catedral. Colección Antonio Luis Galiano.

No sé, si en alguna ocasión han tenido la mala fortuna de sufrir un cólico nefrítico, o sea cálculos o piedras en el riñón. Les puedo asegurar que el dolor, según los especialistas es solamente comparable con el del parto. En esos momentos, la culpable es esa dichosa piedrecita que se forma con los cristales de oxalato procedentes de algunos productos alimenticios como las espinacas y los tomates.

Recuerdo que mi padre tenía su organismo aficionado a estos cólicos, y no recuerdo quién, en algún momento, le recomendó infusiones de ‘pelo de panocha’. Lo cierto es que no actuando probablemente como placebo le hacía efecto, al igual que le harían a aquellos oriolanos de 1770, que echaban mano de algunas hierbas medicinales de las que se daban en nuestro término municipal, entre la cuales, las que provocaban la orina y que, por tanto actuarían para facilitar la expulsión de la piedra, encontramos la ‘bursa’, el ‘hypericon’, el ‘mastuerzo aquatico’, la ‘parietaria’, el ‘serpol’ o la ‘virgo aurea’.

Tengamos la confianza que nuestros antepasados aliviarían el dolor con infusiones de cualquiera de esta hierbas, al igual que mi progenitor lo prevenía con el citado ‘pelo de panocha’, que dicho sea de paso, para conocimiento de los más jóvenes, son los filamentos del penacho del panizo, que como bien indica José Guillén García, se emplea para remediar «el mal d’orina».

Seguro que, en el hipotético caso de que alguno haya sufrido el dicho cólico habrá invocado a algún diminuto picapiedra que con su minúscula herramienta desintegrara el cálculo o se acordaría de un picapedrero de verdad, no como los de aquella serie de dibujos animados que hicieron las delicias de nuestros hijos, que con ese rimbombante nombre, solamente se hacía referencia a la época en que se ambientaba, cuando realmente, tanto Pedro y Vilma Picapiedra y su mascota Dino, junto con sus amigos Pablo y Betty Mármol, lo único que pretendían era mostrarnos la forma de vida de la clase media americana a mediados del siglo XX, con su ‘troncomóvil’ incluido.

Pero, nuestros picapiedras son otros, pues corresponden a aquellos artífices que dejaron su impronta en muchos de nuestros edificios eclesiásticos y nobiliarios, a través de sus marcas, que servían dejando a un lado otras interpretaciones, para saber el trabajo realizado a la hora de su remuneración.

Pero, si nos atenemos a lo que se nos dice en el diccionario de 1729, en él se define como picapedrero al «artífice que labra y pule la piedra para que pueda servir en los edificios». Sin embargo, si repasamos a aquellos que vienen así calificados en los documentos de archivo, comprobamos que entre ellos, existían algunos cuyo trabajo iba más allá del labrado de la piedra, como puede ser la traza y la dirección de las obras. Entre ellos, encontramos a Pedro Conte, Guillén Comí, Juan Inglés y Hernando Vélez. Este último, denominado como tal picapedrero, autor de la obra del claustro de la Merced, que actualmente está anexionado a la catedral.

El 12 de enero de 1617, tras haberse unido los picapedreros al oficio de los «obrers de la vila», se confeccionaron los correspondientes capítulos que fueron suscritos por Estheve Pasqual y Hieroni Sans, veedores para ese año de dichos oficios, respectivamente. Los capítulos, en muchos casos, son similares a los de otras profesiones, en referencia a no poder examinarse como maestros si no demostraban que había estado aprendiendo el oficio como mínimo cuatro años en casa de otro maestro, y de que con anterioridad debían formar parte de la cofradía.

Asimismo, cuando un picapedrero solicitaba hacer su examen para maestro tenía que abonar previamente tres libras si era foráneo y el doble en caso de ser forastero. Sin embargo, en lo que más se distinguen estos capítulos con respecto a otros, lógicamente era en lo referente a los trabajos en sí.

De esta manera, se le obligaba a realizar las trazas que se le exigieran siempre en presencia de los veedores; si no había realizado el examen no podría efectuar ninguna obra a jornal o a destajo, sustrayéndole la herramienta y siendo sancionado con una multa de sesenta sueldos, de los que divididos en tercios, serían uno para el acusador, otro para los jurados y el resto para los gastos del oficio.

Por otro lado, ningún oficial ni maestro de «obrer de la vila», podría ejecutar obras sino pertenecía al oficio de picapedrero, excepto los de mampostería, que podrían realizarlo ambos oficios.

También se les exigía que diesen garantía en las obras que llevasen a cabo, bajo pena de afrontar una multa de sesenta sueldos, y no estaban autorizados a contratar o entrometerse en otras obras que otro maestro hubiera aparejado, considerando el contratante que si no estaba bien ejecutada, tenía un año para reclamar.

Eran los veedores del oficio los que determinarían después quién tenía razón, y en el caso de que no hubiera acuerdo, las partes buscarían el dictamen de un tercero, y si persistía el desacuerdo quedaba bajo la jurisdicción del ‘mustazat’ que actuaría de oficio.

Picapedreros o picapiedras, canteros, obreros de la villa, oficios que dejaron su impronta en nuestro patrimonio, mientras que los oxalatos siguen generando los cálculos de riñón.

Fuente: http://www.laverdad.es/

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