POR ADELA TARIFA, CRONISTA OFICIAL DE CARBONEROS (JAÉN)
Imagino que cada cual recuerda el día en que se dio cuenta que ya era mayor. En mi caso supe que dejaba la primera juventud en una tienda cualquiera, cuando un dependiente me dijo: ¿Qué desea la señora? Ese usted, unido a lo otro, me sentó fatal. Yo era una jovencita. Pero aquel muchacho tan torpe, dije para mí, no se daba cuenta. Me miré al espejo con detalle. Me vi bien. Pero, por si acaso, compré una de esas cremas que cuestan una pasta y no sirven de nada. De hecho, milagro no hubo, porque cada vez con más frecuencia alguien me llamaba señora. Terminé por acostumbrarme. Eran años en los que criar hijos, sacar oposiciones, hacer la tesis, visitar archivos, y otra infinidad de asuntos que no caben en un folio, me ocupaba el día. Tanto, que la mayor parte de las noches olvidaba la crema milagrosa, que se fue poniendo rancia. Un día la tiré a la basura, y pasé a la de siempre, que olía a playa de los 60. A juventud. Y pasaron años, en los que me aferraba a la talla 40. Hasta que otro día me dí cuenta de que me quedaba mejor la 42, lo cual me sentó mucho peor que lo de ser señora. Seguramente porque lo noté yo sola. Entonces hice la promesa de no pasar de esa talla, so pena de no renovar vestuario. Pensé que era una buena solución para castigarme un poco por no luchar contra el paso de los años. De momento, lo he cumplido. Veremos lo que dura. Fue por entonces cuando comprobé que ese café intenso que antes me pirraba, me ponía como una moto y no me dejaba dormir. Afortunadamente ya se había inventado el descafeinado de máquina. Loado sea el Señor. Al poco noté que acaso convenía ponerse unas gafas para leer mejor, sin estirar el brazo. Eso, lo de las putas gafas que hoy invaden mi casa, lo encontré entonces hasta divertido. Total, eran muy chulas. Me le daban un aire de francesita intelectual. Como la melena, que se fue acortando y llenando de mechas, superfhasión todo. Lo malo de entonces fue que alguna minifalda, de las que usaba en los días playeros, ya no me quitaba años, me los ponía; con lo que las faldas cortas fueron pasando al baúl de los recuerdos. Tampoco me hizo gracia, porque una, por dentro, era la de siempre. Pero lo asumí con naturalidad, y pasé a la moda ibicenca, que mola mucho. Porque los humanos tenemos una capacidad de adaptación infinita. Pasaron otros pocos años en las edades de la vida. Esos en los que antiguos alumnos te saludan por la calle y te presentan a su pareja y a los niños, todos monísimos. Y tú, al verlos creciditos, comprendes que vas para mayor. Esos años en los que cometes el error de asistir a una reunión de fraternidad con viejos colegas de la universidad, y descubres que la más guay del curso ha engordado mucho, y el colega guaperas es un calvo con barriga cervecera, y vuelves deprimida a casa. Esos años en los hijos se van del nido, pero todavía no traen a llenarlo a sus propios polluelos. Y entonces, un día oscuro de un otoño amarillo, mientras ves llover tras los cristales, notas un nudo en la garganta, y te invade el miedo por el frío que llega. Y por lo poco que dura la primavera. Hasta que salta una chispa, que no sabes quien encendió dentro de ti, y despiertas para darte cuenta de que envejecer es el gran regalo que nos da la vida. Eso nos dirían, si pudieran, aquellos a los que quisimos y se quedaron jóvenes en el camino. Nos dirían que ésta es la hora de tener en casa una habitación preparada para que vengan a vernos viejos amigos. Los que tienen su propio otoño. Con los con los que tapeábamos en bares cutres durante otras primaveras, porque el bolsillo no daba para más, y con los que ahora, en estos otoños, podemos tomar un buen rioja, y reírnos sin pensar en que eso harán más profundas las arrugas de la vida. La hora de llenar nuestros armarios vacíos con maxifaldas de películas de hadas. Porque estos años grises son azules si se sabe vivir; que nos es lo mismo que sobrevivir, trabajo agotador al que dedicamos la mayor parte de las edades de nuestra vida. Ahora, al fin, nos damos cuenta: estamos vivos, y tenemos la suerte de poder contarlo. Eso dice mi papelera, que me ha entendido muy bien. Como siempre. Yo la hacía ministra. O presidenta.
