POR FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE PARRES ARRIONDAS (ASTURIAS)
Se suele decir que “el tiempo huye”. Quizá lo que ocurre es que se queda con nosotros desde el principio, porque aunque persista vivo en el tiempo ajeno, nuestro tiempo es un aliado que muere con nosotros, porque somos él. Salirnos del tiempo es ya morir, en él queda lo vivido, lo anhelado, lo previsto, lo imaginado, la edad…
Hay que acostumbrarse a decir adiós, como hizo mi hermano Ángel con bastante tiempo de antelación, sin aspavientos ni desesperación hasta el momento de su fallecimiento con 64 años de edad en la madrugada del pasado día 31 de mayo. Como la vida es un permiso hay que ejercerla lo mejor que podamos, porque envejecer -gastar la edad- lo hace cualquiera, basta sentarse y dejar que vaya pasando.
La muerte sabemos que consiste en el desenlace de un viaje que nadie está autorizado a emprender en nombre de otro y que todas las religiones contemplan con la certeza de una vida posterior, con una respetable visión en la que ninguna de ellas puede arrogarse la administración en exclusiva de la verdad sin derivar en la fanatización y el integrismo. Toda muerte nos repite que no debemos intentar en vano llenar nuestra vida de días porque la prolongaría de forma inútil, sino llenar nuestros días de vida, haya felicidad o desdicha, sol o sombra, frialdad o calor, mañana o noche.
La cumbre tiene su sentido, y el valle tiene el suyo. Es en el contraste de los dos donde reside la riqueza del mundo. Desde esta tribuna o ventana de la red social “facebook” agradezco tantos sentimientos de pesar, apoyo y ánimo como han llegado hasta nuestra familia en estos días a través de todos los medios, puesto que han sido varios centenares de amigos y conocidos los que se han puesto en contacto con nosotros para manifestarnos su pesar y cercanía.
