POR PEPE MONTESERÍN CORRALES, CRONISTA OFICIAL DE PRAVIA (ASTURIAS)
Me preocupa ver a un niño rodeado de adultos riéndole sus muecas, maleducándolo en masa. De los pocos besos que doy a niños al cabo del año es en Nochebuena, al Niño Jesús, a su rodillita de porcelana, ansioso porque es la señal de salida para chupar las pinzas de los bogavantes.
De niños somos abusones, sensibleros, de natural insurrectos; «Un enfant, c’est un insurgé», decía Simone de Beauvoir. Y cuando un hombre confiesa que esconde un niño en su interior me pone los pelos de punta, ¡horreur! Prefiero al lobo con una abuela dentro.
¿Sabéis el capítulo que más me estremece de los Evangelios? Aquel de Marcos: «Dejad que los niños vengan a mí»; los imagino renqueantes, acercándosele, cayéndoseles la baba, como dragones de Comodo.
Reconozco que los niños contienen sueños, que debemos mostrarles nuestras raíces y darles alas, que son nuestro porvenir, pero a mí me desmedran. Incluso en mi infancia prefería a los adultos, su riqueza de vocabulario, su altura de miras, su altura en general y los bombones que dejaban en la mesa; me interesaba, en fin, su solvencia. Me atraen los seres o enseres que estimulan mi progreso; carezco de madera de maestro y domador; de ahí que evite también alternar con animales, sean de compañía, salvajes o mosquitos, en ocasiones sangre de mi sangre. Los aprecio en un hábitat lejos del mío.
En «Una modesta proposición», Jonathan Swift, para solucionar la pobreza en Irlanda, planteó, a su irónico modo, que los pobres vendieran sus hijos como alimento para los ricos. Goya, que era un romántico, dibujó al óleo esa idea saturnal. Lo sé, lo sé, hay que ser indulgente: la infancia suele curarse con los años.
A mi edad, en cualquier cena fuera de casa, siempre me asalta alguien para mostrarme vídeos de su nieto, y al ver el monstruito de turno exclamo:
―¡Se parece a ti!. Pero lo toman a bien, vuelven a la carga y cuando debajo del mantel me defiendo de su acoso me preguntan: ¿No te gustan los niños?
Entonces me acuerdo de Swift y respondo: Sí, sí, yo como de todo.
FUENTE: https://www.lne.es/opinion/2025/05/30/alejad-nietos-118000545.html